COMPLEJOS DE INFERIORIDAD

Acabo de leer en un pasquín pegado en la calle, junto a mi casa, el eslogan “somos un pueblo”, a cuenta de una campaña de propaganda que reclama el “derecho a decidir”. Me ha descolocado. Algo no me cuadra… Es evidente que somos un pueblo; pero a estas alturas de la historia deberíamos saber que somos algo más. Una nación. Un sujeto colectivo de largo recorrido que ha construido un Estado. Aunque se lo hayan conquistado. Pero que ha sido capaz de organizarse y dotarse de soberanía, instituciones y territorio propio. En cualquier caso, una colectividad con fundamento, con una cualificación política de mucho más nivel, algo más sólido y con más solvencia que un pueblo.

No sé si se me entiende. Pongamos un caso. Si aspirara a un trabajo, tendría que presentar mi currículo. Lo procedente sería exhibir el doctorado en Física, además de una serie de años de experiencia en cargos y centros de investigación o en empresas de distinto ramo y, tal vez, colaboraciones en revistas científicas de determinado nivel… Lo natural. ¡Claro que podría iniciar mi presentación indicando que aprendí a leer! O que acabé el bachillerato. Pero este dato resulta irrelevante para mi currículo. Si soy doctor es porque antes me he licenciado y, por lo mismo, he superado el parvulario y el bachillerato. Es absurdo y además desmerece mi capacidad de valorar mis títulos, lo cual desacredita mi supuesta capacitación.

Es evidente que la fuerza social capaz de llevar adelante, con éxito, la lucha por la emancipación, exige un pueblo constituido en sujeto político. Algo más que un pueblo. Y, en este sentido, hay datos que deben considerarse como adquiridos, consolidados, ya que de lo contrario nos encontramos ante un retroceso en su constitución, una descomposición que se traduce en una disgregación y disolución como grupo humano.

Entre ese conjunto de datos adquiridos y consolidados los vascos tenemos el hecho nacional. Vasconia es una nación y eso se expresa afirmando que no somos españoles ni franceses. Es la gran aportación de Arana Goiri. Da por supuesto la existencia y capacidad de este pueblo y cualifica su presencia en un mundo conformado por naciones, definiendo la vasca como una más.

Otro dato adquirido es que este pueblo vasco creó un Estado, el reino de Navarra, y que su existencia de siglos contribuyó de modo decisivo a su nacionalización. Fue conquistado, en 1200, 1512-1530 y violentado en 1620, pero no se ha resignado a ello. Por lo mismo, si el pueblo, cualificado como nación y como Estado privado de su soberanía, exige su emancipación o, de otro modo, el ejercicio de la libre disposición o autodeterminación, en estas condiciones encuentra, ante las instancias internacionales, una vía de tránsito más sencilla.

Por todo ello, manifestar nuestra existencia con la fórmula de “somos un pueblo” es contentarse con un currículo de primaria o bachiller a la hora de aspirar a uno de los centros de investigación de prestigio. Es renunciar a la cualificación más elevada, a los títulos más significativos.

Como cualquier experto de psicología, social o individual, nos advertirá de inmediato, algo enfermo se revela en esas actitudes. No es natural, ni sano. Algún trastorno de identidad se expresa en ese ocultamiento de méritos. En el más simple de los casos, desconocimiento; una pérdida de memoria que conlleva el extravío de los propios recursos cognitivos, del propio valer. En casos más complicados, un diagnóstico más tortuoso; vergüenza de uno mismo, complejos de inferioridad, pérdida de autoestima…

Cabe la posibilidad de que quienes utilizan esta táctica piensen que tirando “por lo bajo” van a lograr más adhesiones a su pretendido “derecho a decidir”. Adhesiones de personas o grupos que no reconocen la “nación vasca” ni el “Estado navarro”, pero a los que cautiven con esa humildad y simpleza del “pueblo vasco”. ¡Incautos! Los que no reconocen nuestra nación ni nuestro Estado han demostrado hasta la saciedad que tampoco reconocen, ni en los términos, nuestro pueblo. Pueden seguir peleando por esa “Euskal Herria que nunca ha existido”; no les van a convencer. No hay peor ciego que el que no quiere ver. O que hace ver que no quiere ver.

El pasquín antes citado dice a continuación que “es la hora de la ciudadanía”. Olvida que la ciudadanía es un estatus que lo otorga un Estado. Sólo seremos ciudadanos vascos o navarros cuando tengamos nuestro propio Estado. Si se apela al “pueblo” hay que hacerlo de modo consecuente, liberador, y sin someterlo a “ciudadanías” que sólo nos suponen dependencia y sumisión.

Debemos reconocer nuestras capacidades y rentabilizar al máximo nuestro capital político. Por supuesto, ‘también’ somos un pueblo: “Nosotros el pueblo vasco, el pueblo del histórico Estado de Navarra, declaramos nuestra voluntad de constituirnos en…”. Pero nunca dejemos en el olvido el valor de la nación y del Estado propio. Un futuro en libertad comienza en una sociedad que se acepta a sí misma con orgullo. La autoestima es una condición sine qua non para afrontar retos colectivos. Los complejos, en cambio, un lastre derivado de la dominación, que fomenta nuestra indecisión e impotencia, y nos hace dudar de nosotros mismos.

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