ZENHERRIA Y EL EJÉRCITO DE OCUPACIÓN

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?
Jorge Luis Borges

Apostaría por que fuera un imperio lo que se apaga, pero mucho me temo que sea una sencilla luciérnaga entre muchas que no alcanzan a proyectar un foco capaz de orientar un país con sensación de derrota y rumbo perdido.

El imperio, los imperios, que soportamos sufren todos los quehaceres derivados de un mundo en transformación a no se sabe dónde ni en qué condiciones: transiciones energéticas, cambios climáticos, modelos sociales y económicos, organizaciones políticas… pero, en contra de lo anunciado décadas atrás, no acaban de apagarse. Los estados, modelo paradigmático de su organización, permanecen activos y protagonistas.

Vuelve a tomar auge la idea de identidad. La identidad no es principalmente un buscar en un pasado, más o menos idílico, las características comunes que definen un grupo humano, pueblo, sociedad, nación… sino los proyectos que se plantea hacia el futuro. Normalmente los problemas identitarios, los nacionales, no surgen hasta cuando el transcurrir de un pueblo o nación se encuentra obstruido, interceptado, destruido muchas veces, por intervenciones extrañas. La identidad como problema emerge cuando un grupo humano interfiere sobre los modos de organización social, lingüística, política, festiva, religiosa, etc., de otro y pretende imponer los suyos. Las definiciones nacionales se expresan en este contexto. Siempre una identidad o una nación se problematizan y se expresan con relación a otras, sobre todo cuando esas otras pretenden anularla.

En nuestro caso podemos tratar de construir nuestro relato con base en un modelo de organización social, una lengua, una historia, una memoria… y todos son elementos importantes para construir el sujeto histórico que en una nación desestructurada y sometida es el soporte para constituirse en sujeto político. Pero muchas veces, y es nuestro caso, parece que no es suficiente esta perspectiva del sujeto social. Es tan importante, o más, la percepción externa, sobre todo cuando procede de alguien que pretende disolver, o incluso aniquilar, la identidad colectiva o nacional del sujeto. De este modo, la objetiviza en los dos sentidos del término: por un lado la convierte en un objeto, pero, por otro, al ser distante, puede ser más objetiva.

A lo largo de los conflictos que la sociedad vasca ha sufrido a partir del siglo XIX, como consecuencia inmediata de los intentos de emulación del modelo de Estado francés por parte del español, hay una constante que nos define como sujeto —objeto para ellos—,  y es el Norte. Ya sabemos que nosotros tenemos nuestros puntos cardinales propios: nuestros norte, sur, este y oeste están bastante claros, o deberían estarlo. Pero para los españoles somos el Norte, su norte.

La guerras carlistas eran, para los cronistas hispanos, las guerras del Norte. Cuando en plena efervescencia del franquismo montaron un plan especial contra la insurrección vasca lo denominaron Zona Especial Norte (ZEN). Nosotros que andamos enfrascados en la descripción de un relato que nos dé sentido de nación, nos posibilite constituirnos como sujeto, lo podemos aprovechar también. Es el enemigo quien define nuestra identidad, nuestra nación. Ellos se proclamaban como el ejército de ocupación. Nosotros, los zen, los ocupados.

¿Por qué vamos a discutir que si Euskadi, Euskal Herria, Vasconia, Navarra… si ya nos han dado un nombre de resonancias culturales universales: ZEN-Herria? Ya nos han definido: el pueblo del ZEN. Bien sé que adoptar la definición que otorga el enemigo es, normalmente, contrario a los intereses del dominado, pero en este caso, tanto su autodefinición como la marginalidad simplemente geográfica en que nos ubica, expresan su cultura imperial.

El Zen es, también, la variante japonesa del budismo mahāyāna (el ‘gran vehículo’). Un modo característico de expresión del Zen son los haikus o formas poéticas muy breves (tres versos en general) en relación con situaciones cotidianas, pero siempre con una disrupción final que provoca asombro o emoción. Modelo Borges. Aspiramos a ser luciérnagas en nuestro caos.

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