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DEBILIDAD DE ESTADO

Afirma el sociólogo Salvador Cardús que con el juicio al independentismo catalán el Tribunal Supremo está cavando la tumba del Estado español. Su propia tumba. Y no tanto por el exceso de represión que vaya a demostrar; sino precisamente por lo contrario; por la extrema debilidad que muestra al esconderse bajo las togas de los magistrados a causa de la ineptitud del resto de instituciones.

No es una reflexión baladí. La paradoja, y a veces el disparate, se amontonan en la crónica de este proceso independentista que hace tambalear las estructuras del Estado hispano. En torno a esta causa se está escribiendo mucho, tanto por la dimensión histórica del proceso independentista que se pretende enterrar, como por la torpeza que el poder ha demostrado a lo largo del mismo, entre cepillados, piolines, demandas de extradición, baile de togas y discursos rancios.

Por citar un ejemplo, el periodista Juan López Alegre escribe en Economía Digital (‘Juicio a España’) que “El juicio es la traca final de un proceso de reescritura de la historia que el independentismo puso en marcha en noviembre de 2017”. Más adelante, el mismo autor añade: “El juicio no está analizando si hubo rebelión o sedición. La sentencia, el separatismo ya la tiene dictada: nadie tiene derecho a juzgarles porque su derecho a la autodeterminación emana del más allá como de allí venía el poder del Rey Sol en la Francia prerrevolucionaria”.

Este comentario, representativo de un sentir colectivo que se manifiesta de uno u otro modo, nos ofrece dos claves centrales que están en juego. Por un lado, para los españoles, más grave que la secuencia de los hechos en sí es el derrumbe del relato hispano. La ‘reescritura de la historia’. Lo que está en juicio es la relación Cataluña-España. Se hace evidente, ante la escena internacional pero también ante los propios sujetos peninsulares, tan resignados a formas corruptas de dominación y gobierno, que ya no se sostiene la unidad de destino en lo universal, que ni catalanes ni vascos se ven en este engendro, y que tal ‘destino’ nunca fue otra cosa que el invado, ordeno y mando del duque o mariscal de turno. En esta quiebra del relato nacional se hunde el imperio, la monarquía, la democracia, la Transición y todo lo que quedara atado y bien atado.

Relato, por cierto, que no es de hoy. Como decía Quevedo, El catalán es la criatura más triste y miserable que diós crió i que son los catalanes el ladrón de tres manos. Quevedo murió en 1640, año en que comenzó la Guerra de Els Segadors; el desencuentro viene de lejos.

Más aun, en el segundo apunte tenemos la madre del cordero. Es decir, que el Derecho de Autodeterminación que aquí se juzga es para la cultura política española un invento del demonio. Satanás. El vade retro. Y que nos salve la Santa Inquisición. Un enunciado premoderno que viene de la esfera de autoridad de una realeza que acabó con el cuello rebanado. ¡Hay que ser cazurro! Que el derecho más básico de la legislación internacional y que está en la solución de tantos conflictos coloniales se vea como un concepto caprichoso, absolutista, monárquico, nos da la medida de la altura de la democracia española que defienden jueces, periodistas y gobiernos.

En el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, en su artículo 1, párrafo 1 se reconoce: Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de este derecho establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural (1966, ONU).

Se puede, pues, afirmar, que el Derecho a la Libre Determinación es el primero, es el soporte de los derechos humanos, ya que garantiza la existencia de los mismos. En efecto, quien otorga la ciudadanía es el Estado –quien no pertenece a un Estado no tiene derechos-, y por ello el derecho a un Estado propio es el fundamento del resto.

En resumen, en este juicio farsa contra el Derecho de Autodeterminación, en realidad a quien se está juzgando es al pueblo de Cataluña, al conjunto de los ciudadanos que han osado enfrentarse de modo pacífico a un Estado supremacista y xenófobo. Todas estas circunstancias concurren para que podamos considerar que en este juicio el auténtico delincuente es el Estado español, en permanente acto de prevaricación.

Con estas líneas queremos manifestar, desde otro pueblo sometido al mismo Estado durante siglos, nuestro apoyo y solidaridad a la sociedad catalana y sus presos políticos, y desearles el triunfo político –el ejercicio del Derecho de Autodeterminación y la independencia- en el plazo más breve posible.

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

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MUSEO DE LA HISTORIA

Todas las naciones necesitan lograr cohesión interna con un relato compartido. Nos lo recuerda Iñaki Anasagasti en un artículo de reciente publicación, en los periódicos del grupo Noticias, al proponer la creación de un Museo Nacional de Historia.

En las naciones que disfrutan de un Estado propio, la existencia de un Museo de Historia que soporte el relato nacional viene proporcionada por el mismo y pagada religiosamente con los tributos de sus contribuyentes que, a su vez, se sienten reflejados en dicha institución.

Otra cosa sucede cuando una nación como la nuestra que soporta la actuación de dos estados impropios. Digo impropios como opuesto a propio, pero pienso que sería más correcto considerarlos como contrarios o, directamente, enemigos. En este caso el relato expresado en sus museos, históricos o de cualquier tipo, sirve para reforzar su ligazón interna y nuestra integración en sus estructuras sociales y políticas. Nuestra recuperación.

La idea de Anasagasti es pertinente, pero es una pena que su texto sea un totum revolutum de lugares comunes del imaginario hispano y, para colmo, sin referencia alguna a la máxima institución política, a nivel soberano desde el punto de vista internacional, que hemos tenido los vascos: el reino –Estado- de Navarra. Y, por lo mismo, a ninguno de sus hitos históricos: Orreaga, la organización social y política del Estado (el sistema Foral), su lucha por la supervivencia frente a sus adversarios: Castilla-España y Francia.

Precisamente la ausencia de referencias al Estado propio de los vascos hace resaltar su carencia en el momento presente. La relación de personajes del imaginario hispano sería impensable si el Museo Nacional de Historia se construyera desde nuestra propia centralidad. Parece concebida desde la perspectiva de uno de los estados impropios: el español. Personas irrelevantes para nuestra historia -la monja Alférez- o contrarios a la misma -como Loiola o Unamuno-, podrían aparecer, pero debidamente contextualizados. Sobre todo, deberían estar los que fueron mucho más importantes en el transcurrir de la historia de los vasconavarros: desde Iñigo Aritza hasta Margarita de Navarra, pasando por Sancho III, el Mayor, Sancho VI, el Sabio, el Príncipe de Viana o Francés de Jaso. O el propio redactor de los Anales del Reino, José de Moret.

La propuesta, bienintencionada y compartida, de Anasagasti queda muy coja pero podría suponer una declaración de intenciones para un próximo futuro. Incluso en la etapa contemporánea adolece de la presencia de personalidades como Zumalakarregi, Txaho, Campion, Arana Goiri o… Julio de Urkijo.

El artículo de Iñaki Anasagasti puede servir de emplazamiento a un debate, serio y sereno, de cómo una nación sin Estado propio, y con dos impropios, puede construir un Museo de su historia acorde con la perspectiva que hoy en día se tiene de los museos: no como algo estático, como un fósil, construido de una vez por todas. Un Museo debe ser una institución abierta a la propia sociedad, a sus inquietudes, a sus requerimientos memoriales y a su proyección hacia el futuro. En contacto permanente, además, con el resto de museos y academias nuestro entorno próximo y del mundo en general.

Ya irán surgiendo asuntos concretos: hechos, personajes, lugares… También, si la idea cuaja, su emplazamiento, forma legal, financiación y gestión. Creo que merece la pena abordar este proyecto.

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JORNADA SOBRE EL RELATO

Koldo 201803

El procés catalán, con sus sobresaltos, está desbaratando el discurso político del Estado español. El relato hispano se desacredita, se resquebraja. Nabarralde organiza para el mes de marzo en Agurain (día 17) una jornada de debate sobre esta situación, hasta qué punto nos alcanza o cómo podemos intervenir desde nuestra propia perspectiva vasconavarra.

Hablamos con Luis Mª Martinez Garate sobre estas cuestiones.

– ¿Hasta qué punto es importante el relato en este campo de las relaciones políticas, el Estado de Derecho, los pueblos y demás aspectos del marco en el que se inscribe nuestro país vasco-navarro?

Al igual que en otros aspectos de la realidad social no existen las “tierras de nadie” (“no man’s land”). No hay situaciones de “no relato”. Cualquier sociedad necesita para seguir existiendo como tal y para afrontar su futuro un “relato” que le dé cohesión y funcionar como tal.  El relato constituye el “punto crucial” (“turning point” que decía Fritjof Capra) necesario para que un pueblo se constituya en sujeto político. Si una sociedad sin Estado propio no construye su propio relato se verá inmersa en la de otro u otros, no será sujeto y, medio o largo plazo, recuperada en una estructura nacional extraña. Habrá sucumbido a un Estado imperial.

El uso de la palabra relato tiene el riesgo de ser identificada de modo excesivamente simple con el de narración y éste, a su vez, con el de historia. El relato va más mucho allá. Incluye la historia, pero también la memoria y, en general un imaginario mucho más amplio. Decía Josep Pla que “El meu país és aquel que quan jo dic ‘bon día’ em responen ‘bon día’”. También esto es relato. Pero la lengua por sí sola tampoco es “el” relato. Lo son las personas que la hablan, los paisajes en los que lo hacen, los modos en que trabajan, hacen la fiesta o cortejan, sus mitos…

Para los pueblos que tiene un Estado propio (no impropio o a la contra, como es nuestro caso el de Cataluña) todo esto viene implícito en las tareas “banales” que realiza, “desde la cuna hasta la sepultura”. Para los que no lo tenemos supone una tarea complicada el recuperarlo o construirlo. Hay que desmontar muchos planteamientos que se dan como implícitos y que erosionan día a día su cohesión propia. Más aún en la actual situación de mundialización de todos los procesos sociales.

En la pregunta me hablas del Estado de Derecho. En el relato de nuestros estados dominantes siempre se consideran como tales y lo proclaman a los cuatro vientos. Pero Estado de Derecho, un Estado democrático, no puede tener sojuzgados en contra de su voluntad a otros pueblos. Un Estado imperialista no puede ser democrático. Esta reflexión debe ser parte, también, de nuestro relato.

– ¿El procés catalán se mueve en este instante en el terreno del debate de ideas, teórico, o más bien, cerrado el camino del debate, estamos ante un uso de fuerza, un mero ejercicio de acción, enfrentamiento y poder?

El ‘proces’ de Cataluña creo que ha sido producto de dos factores que han actuado conjuntamente. Por un lado una larga reflexión teórica, basada un análisis muy serio 1) de la realidad histórica de Cataluña, tanto antigua como reciente (desde la Edad Media hasta los últimos 80 años e incluso de los diez últimos), 2) de la situación geopolítica de Europa y del mundo en general y 3) de los procesos de emancipación nacional ocurridos desde el principio del siglo XX. Por otro, y más necesario todavía, la existencia de un pueblo consciente de su personalidad, de su existencia como sujeto político. Ese pueblo ha sido capaz, en las condiciones más adversas (tras la derrota en la guerra de 1936-39) de acoger y, de mejor o más limitada manera, una inmigración (española primero y de fuera de Europa después) excepcional y de integrarla en sus modos de vida (lengua, cultura en general, etc.) Los atentados a la dignidad del pueblo catalán (sobre todo a nivel lingüístico y político) y a sus infraestructuras económicas provocaron su explosión.

– ¿Cómo ves el procés en este momento? ¿En qué momento se encuentra?

El ‘proces’ está en una situación muy compleja. Por una parte, la gran movilización de la propia sociedad catalana fue consecuencia de su conciencia y de la ‘mala leche’ producto del menosprecio y supremacismo por parte del Estado español y, por otra, la cesión del protagonismo a las estructuras burocráticas de los partidos políticos. El régimen español es radicalmente corrupto y los son, por lo mismo, sus apéndices burocráticos: sindicatos, partidos, administración en general… Los partidos políticos catalanes están inmersos en su dinámica y constituyen más un obstáculo que una facilidad para la emancipación de la nación catalana.

Como un aspecto muy positivo encuentro el conjunto de datos adquiridos que se han consolidado a lo largo de estos años. Existe el riesgo de dilapidarlos, pero están ahí. Uno de ellos es, precisamente, la propia movilización social. Entre estos datos está la constatación de que el independentismo es mayoría social y que es una mayoría con una gran cohesión. Constituye el núcleo de la “nación” en el sentido moderno de la palabra. Le sobran las polémicas partidistas y le falta una dirección estratégica.

La internacionalización del ‘procés’ con Puigdemont y su gobierno en Bruselas, ahora con Gabriel en Suiza, son factores positivos. La cárcel, por el contrario, es un factor negativo. Evidentemente para quienes la sufren, pero también para la actividad política del propio ‘procés’, que pierde un factor de iniciativa por la necesidad de su excarcelación.

– Como Nabarralde, ¿a qué reflexión nos debería llevar todo esto? ¿Cómo deberíamos aplicar lo que está sucediendo con el procés a nuestra propia realidad y a nuestro propio relato?

Como Nabarralde debemos ser capaces de valorar nuestra situación como pueblo dominado, como sociedad sometida. Constatar nuestras carencias y tratar de ponerles remedio. En la reflexión que hacía anteriormente sobre el ‘procés’ catalán exponía que allí existe un pueblo movilizado que aspira a su emancipación y que han logrado una reflexión teórica que, con mayor o menor éxito, está siguiendo un camino hacia ella. Estoy convencido de que nosotros tenemos la primera parte de la ecuación: un pueblo con voluntad, pero que adolecemos de la segunda. Nos falta por completo la reflexión teórica, histórica y memorial para construir el relato que nos convierta en sujeto político y nos permita encontrar el camino hacia nuestra libertad.

La consecución de la libertad necesita unas vías de acción política intensa y muy precisa, pero sin un relato asumido por la propia sociedad es imposible crear una estrategia ganadora. Nabarralde es, en mi opinión, una pieza clave en la construcción de este relato. Es nuestro reto y nuestra aportación a la Vasconia del futuro. La república de Navarra.

Entrevista en Kazeta de Nabarralde. Nº 126 (Marzo 2018)

 

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A LA CONTRA

Todos los enemigos de España llevan boina

Cayetana Álvarez de Toledo

Las campañas electorales, al margen de su artificialidad, son períodos particularmente fecundos para observar el juego entre rituales políticos y fenómenos mediáticos: gestos, discursos, posiciones, alardes de fuerza, estadísticas fraudulentas, liderazgos histéricos, trucos, paseo de símbolos. Incluso el juego sucio. El procés catalán es un buen ejemplo, que parece haber llevado la violencia contenida de los últimos tiempos a la pasarela del desfile y el gesto histriónico.

Como decimos, es un momento propicio para analizar las posiciones de los agentes en conflicto. De paso, una oportunidad para echar un ojo al trasfondo del sistema político, que en este carnaval se muestra en su impudicia en medio de tanto artificio. Es cierto que hay mucho ruido; pero entre el petardeo y el humo los oficiantes –en un efecto freudiano- desvelan sus pensamientos más íntimos, sus esquemas mentales a menudo reprimidos.

Ha sido revelador, al respecto, el artículo de Enric Juliana que compara a Puigdemont con el carlismo. “Es el carlismo de Carles Puigdemont”. Para Juliana, que quede claro, esta metáfora negativa, insultante, es su opinión; está en su derecho: “El carlismo lleva boina y trabuco. El carlismo es una sotana mugrienta. El carlismo –esterilizado por Franco después de la Guerra Civil– evoca la España oscura y reaccionaria que se resiste a las normas unificadoras”.

Pero en medio de estas descripciones cripto-judeo-masónicas, se le escapa el lapsus; el desliz que traiciona su subconsciente, que pinta su autorretrato. “Aquellas comarcas (entonces carlistas) son hoy fuertemente independentistas. Iban a la contra en el siglo XIX. Y siguen yendo a la contra en el siglo XXI”.

A la contra de qué, nos preguntamos. No lo explica Juliana, y en ese sobreentendido se retrata el periodista: a la contra de España; a la contra del régimen del 78; que es el mismo (lo dice él; él plantea el paralelismo) que la España del XIX, la de los espadones, de los borbones, la misma España de Franco, de los militares que se enfrentaron a las tendencias disgregadoras de una España que nunca fue nación sino un poder dictatorial impuesto sobre sus pueblos. La España de la corrupción hoy, la del PP, la de la cal del PSOE y todo eso que conocemos. ¿Eso es ir ‘a la contra’? Desde luego, Juliana se ha retratado. Se ha lucido.

El lapsus de Juliana, que se pone en la centralidad del sistema (para expulsar del mismo a cualquier disidente, a quienes no comulgan con su profesión de fe), coincide con otras expresiones similares de exclusión, que implícitamente (freudianamente, diríamos) definen el modelo político español. Desde un ángulo folclórico, por ejemplo, y coincidiendo con Juliana, encontramos a Cayetana Álvarez de Toledo, aristócrata y diputada del PP, que sostiene que todos los enemigos de España usan boina. Volvemos al carlismo, y de paso a esas imágenes de Gila, el tonto del pueblo, el patán, el paleto de turno. Las metáforas hispánicas no sé si las carga el diablo, pero desde luego llevan plomo.

Este repaso a los argumentarios que sostienen el 155 (un golpe de Estado a la ‘Autonomía’ de Catalunya), nos descubre durante la campaña electoral posiciones similares entre las distintas fuerzas políticas. Como decía el humorista, va un García Albiol y diu: “Hay que desmantelar Tv3 y rehacerla con gente normal”. Los catalanes que hacen y ven Tv3, los que disienten del modelo de autoridad, son ‘anormales’. La mayor parte de la población. Así; sin tapujos. La normalidad es acatar el dominio hispano. El independentismo es anómalo. Es una anomalía de la naturaleza, se podría precisar el pensamiento (?) de García Albiol. Es probable que Goebbels lo planteara de modo similar al referirse a judíos, gitanos, homosexuales, minusválidos y otras hierbas.

El planeta ‘socialista’ no les va a la zaga, y sustenta sus discursos sobre esquemas parecidos. Va Borrell y diu: ‘hay que desinfectar el panorama catalán, empezando por los medios de comunicación’. Aquí la anomalía es sanitaria; de higiene y salud pública (sería curioso comprobar cuántos de estos esquemas argumentales tienen antecedentes en el franquismo; un tiempo en el que apenas se podía profundizar en el debate político –estaba prohibido-, y las justificaciones adoptaban estos estilos: higiene, salubridad, anormalidad… Todavía nos aplicarán la Gandula, la ley de vagos y maleantes). Los soberanistas están enfermos; infectados; lo suyo es de tratamiento hospitalario, médico, psiquiátrico, lo que sea para expresar que es insano.

En estos discursos la normalidad viene definida por quien detenta el poder. Es un canto de alabanza a la autoridad competente. Un aleluya de sumisión. Y una condena inquisitorial al disidente, al que lleva boina. Es anormal. Esto es lo que hace Juliana al asociar el independentismo de Cataluña con el carlismo histórico. Es retórica del poder. Y en todo este discurso no hay el menor sitio para la voluntad catalana; para la libertad de las gentes; para el Estado de Derecho. La única norma aceptable es el poder hispano.

Las malas lenguas sostienen que a poco que rasques la cabeza de un navarro, enseguida le sale la boina roja. A juzgar por estos argumentos, como explica la Soraya del gobierno, a catalanes y navarros, con la excusa de arreglarnos el peinado, nos quieren descabezados

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

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JOANIKOT PASTORALA

Este verano, el 30 de julio y el 6 de agosto, se representó la Pastoral Joanikot en las poblaciones de Altzai y Lakarri de Zuberoa. Varios miles de personas presenciaron la representación (se calcula que unas 3.000 en la primera y 2.500 en la segunda); y se prevé que el próximo 10 de septiembre se volverá a representar en la Sala Baluarte de Pamplona.

Con un guión de la escritora zuberotarra Joana Etxart, esta escenificación popular narra la historia personal del capitán Joanikot que, en origen partidario del bando beaumontés, a la vista de las atrocidades de la tropa española tras la conquista de Navarra, se pasó al campo de los insurrectos y defendió la fortaleza de Donibane Garazi frente a la fuerza imperial. Apresado tras la derrota, fue (como nos explica Pello Esarte en su obra sobre la conquista de 1512) conducido a Pamplona, condenado, paseado por las calles, colgado, descolgado, decapitado y descuartizado, “poniendo su cabeza en lo alto de la horca”.

La pastoral, como cuenta Joana Etxart, es un homenaje a los defensores de Navarra, no tanto en la persona de reyes y reinas, habituales figuras de representación política, que hoy se nos atragantan, sino a través de la lucha de personajes populares, con menos intereses privativos y más comprometidas con la causa colectiva.

Pello Esarte detalla las circunstancias que rodean la historia y la intervención de Joanikot en la insurrección de 1521, su captura y la venganza hispana. “En agosto de 1521 Luis de Beaumont –condestable de Navarra, conde de Lerín y vizconde de Farfany- llegó a desempeñar el cargo de lugarteniente del virrey y capitán general, en ausencia del conde de Miranda y como tal acudirá a la toma de San Juan de Pie de Puerto al mando del ejército”. Recordamos que el relato nos sitúa en la tercera etapa de la guerra de Navarra, en el levantamiento colectivo facilitado por la insurrección de los Comuneros de Castilla y la liberación del país a cargo del ejército dirigido por el general Asparrots. En aquel entonces, “mientras tanto, la fortaleza de San Juan de Pie de Puerto (Donibane Garazi), a cuyo frente figuraba el capitán Johanot de Arbela o Arbeloa, Juanicot, acompañado de navarros como Juan Remíriz de Baquedano y Juan de Jaso, resistió el bombardeo al que sometió la artillería castellana durante 21 días. Tras ellos, la plaza cayó conquistada al asalto de la caballería de Diego de Vera. El enfrentamiento armado entre las partes se saldó con la muerte de 300 defensores del fuerte. El alcaide de la fortaleza, Juanicot, fue apresado junto a sus compañeros y las cuatro banderas, y conducidos a Pamplona”.

La suerte de Joanikot fue trágica, ya que los españoles se ensañaron con él por su resistencia. Esarte nos cuenta: “Respecto al alcaide de la fortaleza, el capitán Juanicote, y según el relato de un espía: el 25 de este mes (agosto de 1521) fue traído a Pamplona (…) el cual vino prisionero en manos del capitán Villars”. Su ejecución se efectuó al día siguiente.

El capitán Martín de Ursúa testimonió que el único delito del capitán Joanikot fue el de defender la fortaleza con sueldo de los ‘franceses’. Según su posterior testimonio vio: en la ciudad de Pamplona al dicho Juanicot, arrastrarlo, justiciándolo y después que lo justiciaron vio sus cuartos desperdigados (…) fuera de los portales de Pamplona.

La historia quedó registrada, documentada como una cumplida venganza; lo confirman algunos testigos de la ejecución de la sentencia, como el notario de la Corte, Miguel de Arbizu, que señaló haber visto al reo ‘pasar por la calle a ser ajusticiado’, o Sancho de Estella, que manifestó la crueldad y atrocidad del castigo infligido a Juanikote: “vio (este testigo) que lo tajaron e hicieron cuartos.” (Pello Esarte)

El relato de Joana Etxart goza de algunos aciertos, que pocas veces encontramos en estas historias recreadas, que le dan fuerza e interés. Por ejemplo, es una narración que se centra en Navarra, que toma a nuestro país como eje de la historia, y sitúa así la trama, las posiciones de los personajes, sus intereses y referencias. Ello nos permite, de esta manera, observar un escenario que pocas veces reconocemos, como es un país en su realidad perdida, sin divisiones territoriales, en una recreación de lo que entonces era. Es, pues, una epopeya navarra, en unos términos que hoy se nos escapan.

Por la Pastoral de Etxart, a diferencia de tantas versiones poco contextualizadas, circulan muchos de los personajes relevantes de la época histórica, tanto de Navarra como de Castilla, y así nos encontramos con la presencia parlante de protagonistas tales como el cardenal Cisneros, o incluso vascongados como Iñigo de Loiola o el duque de Nájera.

En Altzai y Lakarri participaron en la escenificación de la Pastoral más de 90 actores locales, entre ellos 15 niños. Jean Pierra Rekalt se hizo cargo de la dirección y Jean Louis Aranburu fue el responsable del canto y la música. La representación de esta obra en el Baluarte de Pamplona es una oportunidad excepcional para acercarnos a nuestro pasado, a nuestra cultura, a una visión de nosotros mismos que nos hace buena falta.

Angel Rekalde / Luis María Martinez Garate

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ZAZPIAK BAT Y NABARRA

“Hay que tener raíces y hay que tener alas” (Ramon Vilalta. RCR)

La nación, aquí y ahora, es un proyecto del siglo XXI, en el que nosotros, “gaurko euskaldunok”, construimos nuestro futuro mediante un instrumento que nos permita navegar en el difícil océano de la globalización: nuestro propio Estado. Eso poco tiene que ver con la “restauración” de estructuras políticas de los siglos XI y XII. En esos y otros siglos, una sociedad concreta –antecesores nuestros- tuvieron el coraje y la inteligencia de construir la herramienta que correspondía al momento: el reino de Navarra. Pero no es ése nuestro referente, sino otro, a menudo mal comprendido: el sujeto colectivo. Adaptado en cada época histórica a las condiciones concretas de su tiempo, pero sujeto agente, político, y no paciente como ocurrió tras las conquistas y como sigue sucediendo, desgraciadamente, ahora.

El sociólogo Odriozola Etxabe ha publicado en Naiz y Noticias de Gipuzkoa un artículo en el que deplora el pan-nabarrismo (por llamarlo de algún modo), calificándolo de simplista, torpe, desatino, anacrónico, mantra, y de ser primo hermano del navarrismo upenista. No queda claro si el citado sociólogo es capaz de definirlo correctamente; pero como sabemos a qué se refiere, le respondemos.

Dice el sociólogo que la referencia al territorio de Navarra no nos sirve pues sus fronteras fueron móviles. “El empeño de imaginar Navarra como un continuum territorial a lo largo del tiempo se estrella ante la evidencia de las discontinuidades históricas”. Parece que su interpretación de la memoria y del mundo no va muy lejos. ¿Qué pueblo, qué nación no ha visto sus fronteras alteradas en el transcurso de los siglos, sobre todo cuando, como en nuestro caso, han sufrido duros procesos de conquista y asimilación? ¿Polonia, Alemania, Grecia, Irlanda…? No es el territorio –a pesar de su importancia-, ni el rey, ni las fronteras, lo que da significado a la memoria, sino el colectivo; el sujeto político. Se trata, sobre todo, de un continuum político, humano. El continuum de un pueblo que se reconoce ante otros y construye una estructura política para ser independiente; para defenderse; para dotarse de una convivencia a tono con su cultura, su lengua, con sus intereses y sus designios. Es un sujeto en la historia, sujeto histórico y político.

Como estos razonamientos no parecen encajar en los esquemas del sociólogo (que no sabe qué es memoria histórica y qué proyecto de nación), intentaremos ilustrarle en las debilidades de su teorización, que no es de la época de Campión sino de la de Sabino Arana. Nos viene a contar que las fronteras del Zazpiak Bat son el futuro (‘lo sensato’ en una argumentación propia de Barrio Sésamo; tú torpe, anacrónico; yo listo, sensato). Es posible que se olvide de los inconvenientes de Trebiño, Truziotz, de Eskiula como espacios desencajados. Peor aún, los siete magníficos territorios atraviesan una frontera internacional, con el tajo convivencial y de grietas en los cimientos que eso supone; además de divisiones administrativas por autonomías, provincias, mancomunidades y otras fórmulas aún más difusas. Desvertebramiento interesado, del poder dominante, que el sociólogo hace bueno (y suyo). Si eso es un proyecto nacional de futuro, que baje Blas y lo vea; porque Epi ya se ha perdido.

Para información del sociólogo Odriozola Etxabe, añadamos que Zazpiak Bat es un derivado de historiadores hispanos (Garibay fundamentalmente), que pasó por un “Hirurak Bat” y un “Laurak Bat” antes del definitivo “Zazpi”, según la etapa histórica. Una reducción marcada por el imaginario castellanizante impuesto.

El proyecto que toma a Navarra por referente no es del siglo XI; todos los proyectos nacionales actuales son del siglo XXI; otra cosa es que tome como referencia a un sujeto político que viene del pasado; para proyectarse al futuro. Desde luego, ese proyecto se basa en nuestra voluntad; pero hay que construirlo, edificarlo, alimentarlo con autoestima y conocimiento. Desde el olvido y el desprecio de lo propio, difícilmente se construirá nada consistente y que no sea subordinado.

En Barrio Sésamo tampoco aparecía el concepto de memoria histórica y, sin embargo, es útil para conocer el presente, para rastrear en la historia, para dotarse de una conciencia crítica ante el constructo del poder, para saber cómo se ha erigido la realidad, sobre la injusticia y la dominación. Aporta cohesión social y sentido de pertenencia. Sirve, de paso, para reforzar el sujeto colectivo (otro concepto impropio de Barrio Sésamo) que nos permitirá afrontar con posibilidades de éxito, individuales y colectivas, el reto de la globalización. Y la violencia del dominio impuesto.

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

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DE MAPAS Y COLORES

En la teoría de grafos funciona el famoso “teorema de los cuatro colores”. Existe también la “conjetura de los tres colores”. En ambos casos se trata de dilucidar cuántos tonos, como mínimo, son necesarios para colorear cualquier mapa de manera que todas las zonas contiguas (pero no que coincidan en un solo punto) tengan un color diferente. El teorema lo es porque ha sido demostrado. En cambio la conjetura espera ser refutada. Este teorema tuvo su origen precisamente en los mapas geográficos.
Tras las pasadas elecciones del 26 de junio, al Estado español le bastan dos colores: el azul y el morado. Ya no hacen falta tonos enrevesados para distinguir las “peculiaridades autonómicas”, siempre incómodas. Con estos resultados la España eterna, la de charanga y pandereta, la de Frascuelo y María, la picaresca y el esperpento, viste de azul. ¡Feliz signo cromático! De morado van, en cambio, los que antes lucían aquellos colores autonómicos.
¿Qué ha sucedido? En primer lugar, que en política no existen los espacios vacíos. Mientras en Cataluña el Proces hacia la independencia ha avanzado con una cierta coherencia estratégica, con la unidad de la sociedad civil y los partidos políticos, el mapa seguía diferenciado. Las manifestaciones de las Diadas de 2012 a 2015, las votaciones populares iniciadas en Arenys de Munt en 2009, el referéndum del 9 de noviembre de 2014, las elecciones plebiscitarias de septiembre de 2015… marcaban un sendero nítido, estratégico. La zarabanda posterior ha dado sus frutos y una parte de su espacio ha sido ocupado por fuerzas electorales que, no sólo responden a otros intereses, sino que son directamente opuestos al Proces. Que actúan para desplazarlo. Los catalanes han sufrido el embate a través de la victoria electoral de Catalunya si es Pot (conglomerado de Podemos con ICV y otros sectores de la seudoprogresía hispana). Esta interferencia debe suponer para las fuerzas catalanas una profunda reflexión y una revisión de su hoja de ruta hacia la independencia.
Nuestra situación resulta todavía más lamentable. En Cataluña se trabaja un proceso iniciado y encarrilado. Con problemas, por supuesto, pero en marcha. Entre nosotros no existe nada. Tenemos un discurso vacío, o mejor un no-discurso. Se terminaron las épocas del tremendismo y, ante el cambio de ciclo propiciado por el fin de la actividad armada, la falta de definición, la incapacidad de enunciar un discurso, la ausencia en suma de un relato propio, que es lo constitutivo de una nación, nos ha llevado a disputar por el espacio de “izquierda”. Como si ahí estuviera el meollo del conflicto. En ese terreno, pronto se ha impuesto la competencia española con todos los medios (televisión, prensa, redes sociales, etc.) a su favor. El resultado es que nuestro mapa cromático se asemeja -casi- al catalán y se diferencia apenas del resto del Estado español (pero, también, en colores españoles).
En el momento en que la situación europea e internacional propician un panorama proclive a la independencia, y el Estado español la bloquea como puede, parecía (y parece) el momento de trabajar por un proceso propio hacia la independencia.
La apuesta estratégica de nuestro procés debe tener capacidad de movilizar la sociedad civil. No olvidemos que, como decía Joan M. Tresserras hace pocos días, la independencia y la posibilidad de construir un nuevo Estado, es el proyecto de transformación política y social más radical y poderoso para las clases trabajadoras.
Los actuales partidos cargan con inercias (ventajas económicas, discursos pasados, comodidad, seguidismo) que serán en un principio una rémora. Es lo que pasó en Cataluña. Al final se apuntan al carro. Pero hay que arrastrarlos.
Nuestro problema es que la mayoría de lo que se llaman “movimientos sociales” tienen por detrás alguno de los partidos con toda la carga de instrumentalización que les frena. La victoria de Podemos en la CAV y su buen resultado en la CFN, marginando por completo a las fuerzas abertzales, indica que no se han establecido unas líneas de alcance estratégico.
Es necesario un relato propio, asumido con energía y sin complejos. Tampoco aquí hay “tierras de nadie”. En el presente estamos aceptando un relato (muy social y progre) que nos niega como sujeto. Por añadidura, hay bastante gente que piensa que la victoria vendrá de una bienpensante “unidad”. Pero no está claro quiénes deben unirse, ni para qué. Una “unidad” sin contenido estratégico está condenada de antemano al fracaso.
Pretender competir con el gauchismo español con un discurso “más a la izquierda”, cuando sabemos que todas estas posiciones no van más allá de la verborrea, de la mera retórica, es algo abocado a la derrota. Pretender seguir jugando a ser una “pieza clave” para la “gobernabilidad de España” es jugar un juego de perdedores y recibir la patada en cierto lugar cuando sus intereses de Estado se sobrepongan a los coyunturales de las disputas partidistas.
La única vía con visos de prosperar ha de tener un soporte directo en la sociedad civil organizada con ese fin. Sin interferencias partidistas. Así lo hicieron, y esperemos que sigan haciéndolo, en Cataluña. No podemos ni debemos imitarles, pero hemos de encontrar nuestra propia vía a la independencia. Algo que hoy por hoy no se enuncia. Para eso, hacia ese objetivo, debemos poner en marcha toda nuestra fuerza social. No sería malo aprovechar la crisis previsible que generaría un próxima independencia catalana.
En este camino (siempre que nos definamos en términos de relato propio, autoestima, estrategia) podemos ganar a todo el mundo y en cualquier campo, incluso en el de las elecciones, a pesar de los sesgos y marcas del régimen español. Pero, sobre todo, vencer en la constitución de nuestra vía a la independencia. Hay que cambiar los mapas. Sacarles los colores.
Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

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