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KOLDO MITXELENA KULTURUNEA

El Centro de Cultura Koldo Mitxelena de Donostia-San Sebastián es un equipamiento público que la Diputación Foral de Gipuzkoa destinó a biblioteca y lugar de diversas actividades culturares, como exposiciones, conferencias, representaciones de teatro o interpretaciones de diversos tipos de música.

Un equipamiento público tiene como misión dar el mejor servicio posible a sus usuarios en el ámbito en el que tiene su competencia, el de la cultura en este caso. Su nivel de calidad se mide por el grado de satisfacción de los mismos. En los 25 años de funcionamiento tanto el número de usuarios/socios, muy alto, como el de reclamaciones detectadas, bajísimas, nos dan una idea del mismo.

A la vez, Koldo Mitxelena representa un buque insignia de la cultura vasca en el nivel de bibliotecas y fondos documentales, como el Julio de Urquijo. De modo semejante a como The New York Public Library o la del Trinity College de Dublin son emblemas culturales de ambas ciudades, Koldo Mitxelena es el equipamiento que se muestra a personalidades del mundo de la cultura de otros países cuando visitan Donostia.

Koldo Mitxelena es un punto de referencia clave para cualquier persona que quiera acceder a una novela, sí, pero también a estudios de historia, geografía, sociología, economía, psicología… o de las ciencias de la naturaleza, para componer un trabajo, estudio o simplemente obtener información.

En resumen, Koldo Mitxelena es un equipamiento que funciona perfectamente. Tiene, evidentemente, los achaques de una obra con una antigüedad de 25 años, las carencias de diseño de accesibilidad inherentes a su época y los deterioros propios del paso inexorable del tiempo y del uso.

Esto nos lleva a la necesidad de cambios. Pero estos deberían ir encaminados principalmente a solucionar los citados males, vinculados a la etapa de su gestación, a las carencias en los aspectos de movilidad principalmente, a las obsolescencias de algunos de sus elementos y a los quebrantos provocados por el paso del tiempo.

De repente, aprovechando las limitaciones y fallos indicados, las instituciones forales reciben una iluminación sobre la “necesidad” de cambiar también la filosofía del equipamiento como Biblioteca y parece que tratan de convertirlo en un elemento más de lo que Guy Debord destacó como una de los atributos básicos de la sociedad actual: una pieza de la “sociedad del espectáculo”.

De las declaraciones del equipo ganador del proyecto no se puede deducir otra cosa. Las generalidades que predican del mismo son vaguedades, inconsistencias, lugares comunes y vacíos. “Versatilidad”, “nuevos programas”, “optimización”, “usos múltiples”, “sensación más diáfana”… son términos que quedan aparentes, vistosos, pero sin contenido si no se expresa a qué cuestiones concretas del mundo de la cultura se refieren.

Tratan de definir un espacio cultural por los atributos físicos del edificio: volumen, diafanidad, versatilidad etc. Y no por sus contenidos culturales en los que, para serlo, se requiere un acceso material a los soportes (libros, fundamentalmente, en este caso) y una participación activa –crítica- de sus usuarios. La “sociedad del espectáculo” los reduce a simples “consumidores pasivos” y espectadores. En ella prevalece la apariencia sobre el contenido

En las cuestiones específicas, no hay concreción. Para empezar, ¿qué va a pasar con los servicios de biblioteca, que tan bien ofrece Koldo Mitxelena actualmente,  durante los dos años que va a permanecer cerrado? Y, avanzando un poquito más en el tiempo, ¿qué va a suceder con los libros, sí los libros, esos bloques de papel impreso encuadernado que contienen información, formación y disfrute para quien los lee? En lugar alguno de las informaciones aparecidas en la prensa donostiarra se hace mención a qué va a pasar con ellos. ¿Dónde se ubicarán? ¿Quién tendrá acceso? ¿Quién los podrá tocar, sí “tocar” y leer “in situ”? ¿Se convertirá todo en un “espacio virtual” sin una concreción tangible y sólo consultable a través del plasma?

Todas estas inquietudes habrían de ser resueltas antes de emprender cualquier proyecto de remodelación de Koldo Mitxelena, así como se deberían definir también los cacareados “nuevos programas” o “usos múltiples”. Tenemos un antecedente sintomático con lo sucedido en Tabacalera. Tabacalera es un equipamiento cultural público con un inmenso volumen utilizable, pero que no se precisa en realidades positivas. Es un modelo de los “usos culturales” en la “sociedad del espectáculo”. Fachada y poco contenido. ¿Es ese el futuro que plantean las instituciones de Gipuzkoa para Koldo Mitxelena?

Ante el despropósito que, parece, pretenden perpetrar contra uno de los principales equipamientos culturales no sólo de Donostía y de Gipuzkoa, sino del conjunto de la cultura vasca, exigimos la paralización total de este Proyecto y que se convoque uno nuevo con la finalidad preferente de solucionar los problemas técnicos, originales, y los debidos a la obsolescencia o al deterioro por uso y el transcurso del tiempo.

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MUSEO DE LA HISTORIA

Todas las naciones necesitan lograr cohesión interna con un relato compartido. Nos lo recuerda Iñaki Anasagasti en un artículo de reciente publicación, en los periódicos del grupo Noticias, al proponer la creación de un Museo Nacional de Historia.

En las naciones que disfrutan de un Estado propio, la existencia de un Museo de Historia que soporte el relato nacional viene proporcionada por el mismo y pagada religiosamente con los tributos de sus contribuyentes que, a su vez, se sienten reflejados en dicha institución.

Otra cosa sucede cuando una nación como la nuestra que soporta la actuación de dos estados impropios. Digo impropios como opuesto a propio, pero pienso que sería más correcto considerarlos como contrarios o, directamente, enemigos. En este caso el relato expresado en sus museos, históricos o de cualquier tipo, sirve para reforzar su ligazón interna y nuestra integración en sus estructuras sociales y políticas. Nuestra recuperación.

La idea de Anasagasti es pertinente, pero es una pena que su texto sea un totum revolutum de lugares comunes del imaginario hispano y, para colmo, sin referencia alguna a la máxima institución política, a nivel soberano desde el punto de vista internacional, que hemos tenido los vascos: el reino –Estado- de Navarra. Y, por lo mismo, a ninguno de sus hitos históricos: Orreaga, la organización social y política del Estado (el sistema Foral), su lucha por la supervivencia frente a sus adversarios: Castilla-España y Francia.

Precisamente la ausencia de referencias al Estado propio de los vascos hace resaltar su carencia en el momento presente. La relación de personajes del imaginario hispano sería impensable si el Museo Nacional de Historia se construyera desde nuestra propia centralidad. Parece concebida desde la perspectiva de uno de los estados impropios: el español. Personas irrelevantes para nuestra historia -la monja Alférez- o contrarios a la misma -como Loiola o Unamuno-, podrían aparecer, pero debidamente contextualizados. Sobre todo, deberían estar los que fueron mucho más importantes en el transcurrir de la historia de los vasconavarros: desde Iñigo Aritza hasta Margarita de Navarra, pasando por Sancho III, el Mayor, Sancho VI, el Sabio, el Príncipe de Viana o Francés de Jaso. O el propio redactor de los Anales del Reino, José de Moret.

La propuesta, bienintencionada y compartida, de Anasagasti queda muy coja pero podría suponer una declaración de intenciones para un próximo futuro. Incluso en la etapa contemporánea adolece de la presencia de personalidades como Zumalakarregi, Txaho, Campion, Arana Goiri o… Julio de Urkijo.

El artículo de Iñaki Anasagasti puede servir de emplazamiento a un debate, serio y sereno, de cómo una nación sin Estado propio, y con dos impropios, puede construir un Museo de su historia acorde con la perspectiva que hoy en día se tiene de los museos: no como algo estático, como un fósil, construido de una vez por todas. Un Museo debe ser una institución abierta a la propia sociedad, a sus inquietudes, a sus requerimientos memoriales y a su proyección hacia el futuro. En contacto permanente, además, con el resto de museos y academias nuestro entorno próximo y del mundo en general.

Ya irán surgiendo asuntos concretos: hechos, personajes, lugares… También, si la idea cuaja, su emplazamiento, forma legal, financiación y gestión. Creo que merece la pena abordar este proyecto.

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JORNADA SOBRE EL RELATO

Koldo 201803

El procés catalán, con sus sobresaltos, está desbaratando el discurso político del Estado español. El relato hispano se desacredita, se resquebraja. Nabarralde organiza para el mes de marzo en Agurain (día 17) una jornada de debate sobre esta situación, hasta qué punto nos alcanza o cómo podemos intervenir desde nuestra propia perspectiva vasconavarra.

Hablamos con Luis Mª Martinez Garate sobre estas cuestiones.

– ¿Hasta qué punto es importante el relato en este campo de las relaciones políticas, el Estado de Derecho, los pueblos y demás aspectos del marco en el que se inscribe nuestro país vasco-navarro?

Al igual que en otros aspectos de la realidad social no existen las “tierras de nadie” (“no man’s land”). No hay situaciones de “no relato”. Cualquier sociedad necesita para seguir existiendo como tal y para afrontar su futuro un “relato” que le dé cohesión y funcionar como tal.  El relato constituye el “punto crucial” (“turning point” que decía Fritjof Capra) necesario para que un pueblo se constituya en sujeto político. Si una sociedad sin Estado propio no construye su propio relato se verá inmersa en la de otro u otros, no será sujeto y, medio o largo plazo, recuperada en una estructura nacional extraña. Habrá sucumbido a un Estado imperial.

El uso de la palabra relato tiene el riesgo de ser identificada de modo excesivamente simple con el de narración y éste, a su vez, con el de historia. El relato va más mucho allá. Incluye la historia, pero también la memoria y, en general un imaginario mucho más amplio. Decía Josep Pla que “El meu país és aquel que quan jo dic ‘bon día’ em responen ‘bon día’”. También esto es relato. Pero la lengua por sí sola tampoco es “el” relato. Lo son las personas que la hablan, los paisajes en los que lo hacen, los modos en que trabajan, hacen la fiesta o cortejan, sus mitos…

Para los pueblos que tiene un Estado propio (no impropio o a la contra, como es nuestro caso el de Cataluña) todo esto viene implícito en las tareas “banales” que realiza, “desde la cuna hasta la sepultura”. Para los que no lo tenemos supone una tarea complicada el recuperarlo o construirlo. Hay que desmontar muchos planteamientos que se dan como implícitos y que erosionan día a día su cohesión propia. Más aún en la actual situación de mundialización de todos los procesos sociales.

En la pregunta me hablas del Estado de Derecho. En el relato de nuestros estados dominantes siempre se consideran como tales y lo proclaman a los cuatro vientos. Pero Estado de Derecho, un Estado democrático, no puede tener sojuzgados en contra de su voluntad a otros pueblos. Un Estado imperialista no puede ser democrático. Esta reflexión debe ser parte, también, de nuestro relato.

– ¿El procés catalán se mueve en este instante en el terreno del debate de ideas, teórico, o más bien, cerrado el camino del debate, estamos ante un uso de fuerza, un mero ejercicio de acción, enfrentamiento y poder?

El ‘proces’ de Cataluña creo que ha sido producto de dos factores que han actuado conjuntamente. Por un lado una larga reflexión teórica, basada un análisis muy serio 1) de la realidad histórica de Cataluña, tanto antigua como reciente (desde la Edad Media hasta los últimos 80 años e incluso de los diez últimos), 2) de la situación geopolítica de Europa y del mundo en general y 3) de los procesos de emancipación nacional ocurridos desde el principio del siglo XX. Por otro, y más necesario todavía, la existencia de un pueblo consciente de su personalidad, de su existencia como sujeto político. Ese pueblo ha sido capaz, en las condiciones más adversas (tras la derrota en la guerra de 1936-39) de acoger y, de mejor o más limitada manera, una inmigración (española primero y de fuera de Europa después) excepcional y de integrarla en sus modos de vida (lengua, cultura en general, etc.) Los atentados a la dignidad del pueblo catalán (sobre todo a nivel lingüístico y político) y a sus infraestructuras económicas provocaron su explosión.

– ¿Cómo ves el procés en este momento? ¿En qué momento se encuentra?

El ‘proces’ está en una situación muy compleja. Por una parte, la gran movilización de la propia sociedad catalana fue consecuencia de su conciencia y de la ‘mala leche’ producto del menosprecio y supremacismo por parte del Estado español y, por otra, la cesión del protagonismo a las estructuras burocráticas de los partidos políticos. El régimen español es radicalmente corrupto y los son, por lo mismo, sus apéndices burocráticos: sindicatos, partidos, administración en general… Los partidos políticos catalanes están inmersos en su dinámica y constituyen más un obstáculo que una facilidad para la emancipación de la nación catalana.

Como un aspecto muy positivo encuentro el conjunto de datos adquiridos que se han consolidado a lo largo de estos años. Existe el riesgo de dilapidarlos, pero están ahí. Uno de ellos es, precisamente, la propia movilización social. Entre estos datos está la constatación de que el independentismo es mayoría social y que es una mayoría con una gran cohesión. Constituye el núcleo de la “nación” en el sentido moderno de la palabra. Le sobran las polémicas partidistas y le falta una dirección estratégica.

La internacionalización del ‘procés’ con Puigdemont y su gobierno en Bruselas, ahora con Gabriel en Suiza, son factores positivos. La cárcel, por el contrario, es un factor negativo. Evidentemente para quienes la sufren, pero también para la actividad política del propio ‘procés’, que pierde un factor de iniciativa por la necesidad de su excarcelación.

– Como Nabarralde, ¿a qué reflexión nos debería llevar todo esto? ¿Cómo deberíamos aplicar lo que está sucediendo con el procés a nuestra propia realidad y a nuestro propio relato?

Como Nabarralde debemos ser capaces de valorar nuestra situación como pueblo dominado, como sociedad sometida. Constatar nuestras carencias y tratar de ponerles remedio. En la reflexión que hacía anteriormente sobre el ‘procés’ catalán exponía que allí existe un pueblo movilizado que aspira a su emancipación y que han logrado una reflexión teórica que, con mayor o menor éxito, está siguiendo un camino hacia ella. Estoy convencido de que nosotros tenemos la primera parte de la ecuación: un pueblo con voluntad, pero que adolecemos de la segunda. Nos falta por completo la reflexión teórica, histórica y memorial para construir el relato que nos convierta en sujeto político y nos permita encontrar el camino hacia nuestra libertad.

La consecución de la libertad necesita unas vías de acción política intensa y muy precisa, pero sin un relato asumido por la propia sociedad es imposible crear una estrategia ganadora. Nabarralde es, en mi opinión, una pieza clave en la construcción de este relato. Es nuestro reto y nuestra aportación a la Vasconia del futuro. La república de Navarra.

Entrevista en Kazeta de Nabarralde. Nº 126 (Marzo 2018)

 

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HISTORIA Y OBJETIVIDAD

Cuando se toma un libro de historia, hay que estar atento a las cojeras. Si no logran descubrir ninguna, o están ciegos, o el historiador no anda.

Estudien al historiador antes de ponerse a estudiar los hechos

E.H. Carr

Ante un libro de Historia, o frente a un profesor que la imparta como asignatura, siempre existe, por parte del alumno o el lector, una actitud –muchas veces inconsciente- de sumisión o de aceptación acrítica de lo que se aprende. El historiador, autor o docente es visto, casi siempre, como autoridad. Lo que describe “es” una historia real. Relata los hechos que sucedieron a unas sociedades determinadas en unas épocas concretas. Y lo que narra se constituye en lo que sucedió realmente. Es algo objetivo.

Las cosas no son tan sencillas. Como afirma E.H. Carr, hay que estudiar al historiador, o al profesor, antes de aceptar sin crítica los hechos que describe. Lo normal es que cojeen. Si no somos capaces de percibir hacia qué lado, la credulidad distorsionará nuestro entendimiento.

Antes de iniciar la lectura de un libro o los cursos de un historiador es conveniente –tal vez necesario- visualizar un conjunto de reflexiones sobre la elaboración de los textos, sobre la profesión del historiador, sobre la narración de la Historia en general.

La perspectiva del historiador

Hace algún tiempo asistí a la presentación de un libro de historia. Historia contemporánea, del pasado siglo. Se describían hechos acontecidos en la guerra de 1936-39 en la región del Bidasoa. Este río hace de frontera entre los estados español y francés. En los hechos que se contaban abundaba la presencia del contrabando y los contrabandistas.

El contrabando en la comarca del Bidasoa es un hecho y la existencia de contrabandistas otro, asociado inextricablemente al anterior. Pero la narración de hechos y protagonistas es muy distinta según sea el marco sociopolítico y temporal en que se considere.

En el caso que cito, el historiador relata episodios de contrabando y sucesos de contrabandistas de la época de 1936, hasta los años cuarenta de la postguerra. No cuestiona el marco de los estados constituidos; son cuasi-eternos. A partir de ahí, con tal premisa, los hechos descritos se refieren a andanzas e intereses de grupos semimafiosos, movidos a corto plazo por el beneficio económico y el control del tráfico de mercaderías y personas, a medio y largo.

Si a esto se añade una perspectiva temporal reducida al propio conflicto bélico, se llegará a la conclusión de que el contrabando es una actividad de delincuencia, realizada por intereses individuales o de grupo, en su propio beneficio, al arrimo de una situación de guerra.

Por el contrario, un historiador que fuera capaz de interpretar los datos desde la perspectiva de la población que habita el territorio, al margen de las autoridades y poderes, por encima de fronteras artificiales, impuestas a lo largo de siglos, descubriría una comunidad de lengua, cultura, costumbres y modos de vida. Y a partir de ese dato tal vez entendiera que tras el contrabando actuaban unos modos de vida independientes de las fronteras estatales, gentes que trataban con parientes y amigos con la normalidad cotidiana de todos los pueblos del mundo y que las imposiciones de las autoridades se sorteaban de los modos más ingeniosos y variados. Tal es el caso de las gentes del Bidasoa.

Si, además, este hipotético historiador adoptara la perspectiva temporal de un siglo más atrás, se encontraría con dos conflictos bélicos de gran trascendencia para esta población: las dos guerras carlistas del siglo XIX. En ambas se manifestó la artificialidad de las mugas impuestas por los estados y, también en las dos, se expresaron comportamientos que permanecen explícitos en la Alta Navarra al comienzo del conflicto de 1936. Los elementos populares del carlismo sublevados contra el gobierno de la segunda República española siempre lo consideraron como un nuevo levantamiento del estilo de los del siglo anterior. Cuando se dieron cuenta del error, era ya demasiado tarde.

La consecuencia es que, con los mismos “hechos” entre las manos, según sea el marco mental del narrador, nos encontramos con dos visiones completamente distintas, incluso divergentes, de una misma realidad.

La selección de los hechos relevantes

Hannah Arendt en su trabajo “Verdad y mentira en la política” (1967) afirma:

… ¿Existen en realidad los hechos independientes de la opinión y de la interpretación? ¿Acaso generaciones enteras de historiadores y filósofos de la historia no han demostrado la imposibilidad de establecer hechos si estos no van acompañados de una interpretación, puesto que en primer lugar hay que rescatarlos del caos de los meros acontecimientos (y los principios para llevar a cabo la elección no se basan en los datos objetivos) y después hay que ordenarlos en un relato que sólo se puede transmitir desde una determinada perspectiva, la cual no tiene nada que ver con los sucesos originales? Sin duda, estas y muchas otras perplejidades inherentes a las ciencias históricas son reales, pero no constituyen un argumento contra la existencia de las cuestiones objetivas ni pueden servir para justificar que se borren las líneas divisorias entre el hecho, la opinión y la interpretación, o como excusa para que el historiador manipule los hechos a su gusto. Cuando admitimos que cada generación tiene derecho a escribir su propia historia, sólo estamos reconociendo el derecho a ordenar los acontecimientos según la perspectiva de dicha generación, no al derecho a alterar el propio asunto objetivo. Para ilustrar este punto, y como pretexto para no profundizar en él, recordemos que, al parecer, durante los años veinte, poco antes de morir, Clemenceau mantuvo una conversación amistosa con un representante de la República de Weimar sobre la cuestión de la culpa del estallido de la Primera Guerra Mundial, “En su opinión, ¿qué pensarán los futuros historiadores acerca de este asunto tan problemático y controvertido?”, fue preguntado Clemenceau, quien respondió: “No lo sé, pero estoy seguro de que no dirán que Bélgica invadió Alemania”.

En la misma línea, en 1961, E.H. Carr en su estudio “¿Qué es la historia?, ya afirmaba:”

“Los hechos no se parecen realmente en nada al mostrador de la pescadería. Más bien se asemejan a los peces que nadan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesible; y lo que el historiador pesque dependerá en parte de su suerte, pero sobre todo de la zona del mar en que decida pescar y del aparejo que haya elegido, determinados desde luego ambos factores por la clase de peces que pretenda atrapar. En general puede decirse que el historiador encontrará la clase de hechos que busca. Historiar significa interpretar”.

Y también, en la misma obra:

“Solía decirse que los hechos hablan por sí solos. Es falso, por supuesto. Los hechos sólo hablan cuando el historiador apela a ellos: él es quien decide a qué hechos se da paso, y en qué orden y contexto hacerlo. Si no me equivoco, era un personaje de Pirandello quien decía que un hecho es como un saco: no se tiene en pie más que si metemos algo dentro.”

Este aspecto, no menos importante que el anterior, y relacionado con la perspectiva del historiador, es la selección de “hechos significativos” que efectúa el constructor de la historia. La selección siempre está hecha de acuerdo con los intereses del presente y, dentro de los mismos, del lado del que “cojea” el pie del historiador.

En el mismo libro, E.H. Carr incluye una cita de Benedetto Croce:

“Los requisitos prácticos subyacentes a todo juicio histórico dan a la historia toda el carácter de ‘historia contemporánea’, porque por remotos temporalmente que nos parezcan los acontecimientos así catalogados, la historia se refiere en realidad a las necesidades presentes y a las situaciones presentes en que vibran dichos acontecimientos”. 

Este párrafo ha sido resumido frecuentemente en la frase: “Toda historia es historia del presente”. La selección de las épocas a estudiar y, dentro de las mismas, los hechos concretos siempre se efectúan según los conflictos que vive la sociedad que los escribe y los intereses de quien los relata.

Como afirma el historiador Jacques Le Goff:

“La idea de que la historia está dominada por el presente descansa ampliamente sobre una frase célebre de Benedetto Croce que afirmaba que ‘toda historia es historia contemporánea’. Croce entiende aquí que ‘por muy alejados en el tiempo que parezcan los acontecimientos que cuenta, la historia en realidad se relaciona con las necesidades presentes y con las situaciones presentes en las que resuenan esos acontecimientos”

Si se estudia la situación de Navarra en el siglo XVI, los historiadores que se ubiquen en el presente en posiciones centradas en la propia población, es decir, con una comprensión democrática de la soberanía, harán hincapié en la situación de violencia que ejerció Fernando el Falsario durante la conquista de 1512 y narrarán los acontecimientos bélicos y de represión. Por el contrario un historiador afín a las instituciones del Estado, es decir, servidor de la unidad indisoluble de España, defenderá las ventajas de la paz y el crecimiento experimentados por Navarra a partir de mediados de dicho siglo, olvidando posiblemente que el auge económico de la monarquía española en esa etapa procedía del expolio americano.

Los historiadores del primer modelo estudiarán como fenómeno el inicio del retroceso de la lengua propia de los navarros. Mientras que los del segundo insistirán en la participación de determinados autores navarros en lo que más tarde se conocerá como el “Siglo de Oro” español.

Presentismo

Esta percepción del relato del pasado desde los conflictos sociales y políticos del presente no se debe confundir con el presentismo, que es otro de los errores en que muchos historiadores incurren con frecuencia.

El presentismo consiste en aplicar categorías actuales a realidades de otras épocas e, incluso en muchas ocasiones, enjuiciarlas. Categorías como democracia, libertad, nación, etc. surgidas como conceptos políticos en la modernidad no se pueden usar de cualquier forma al estudiar, por ejemplo, las etapas medievales.

Historia ancilla politicae

En la Baja Edad Media europea, en la época de la Escolástica, se definía a la Filosofía como ancilla teologiae es decir como sierva de la Teología. En caso de conflicto entre ambas siempre prevalecía la perspectiva teológica y la Filosofía quedaba relegada al papel de instrumento formal para ponerla en valor.

Con el auge de los nacionalismos en el siglo XIX, las naciones que construyeron su Estado intentaron justificar su existencia, territorio y poder, con base en la historia. Siempre se ha dicho que la historia la escriben los vencedores, pero casi siempre también han pretendido disimular este hecho. En la etapa de la eclosión de los nacionalismos los estados no tenían reparo alguno en proclamarlo. Sirva como ejemplo el siguiente texto de Marcel Detienne citando a Maurice Barrès:

 ‘He encontrado una disciplina en los cementerios donde divagaban nuestros predecesores.’ La ‘patria francesa’ tiene el deber de convencer a los ‘profesores’ de ‘juzgar las cosas como historiadores más que como metafísicos”. Es a ellos a quienes corresponde ‘esta gran enseñanza nacional por la tierra y los muertos’

Esto equivale a suponer que los historiadores deben estar al “servicio de la patria” y que el resto es metafísica. Una interesante reflexión para quienes pontifican sobre los” hechos” y la “objetividad” de la Historia.

Un caso próximo lo encontramos en un reciente artículo de Jordi Canal publicado por el diario ‘Economía Digital’, en el que acusa a los historiadores catalanes –incluyendo ¡a Jaume Vicens Vives!- de hacer “historia” al servicio de los intereses del nacionalismo catalán. Si algo caracteriza precisamente a Jordi Canal es su descarnada defensa del Estado español unitario. Asociado a ello está su planteamiento de las guerras carlistas como fenómeno religioso, campesino o cualquier cosa menos su relación con el sistema foral. Es una forma de “defenderse atacando” pero a la que de inmediato se puede aplicar aquella máxima de Horacio que tanto gustaba a Karl Marx: “Quid rides?. Mutato nomine de te fabula narratur”. Estás hablando de ti mismo.

Finalismo

Unido a la consideración de la Historia como instrumento al servicio de los intereses políticos, normalmente, de un Estado, está lo que se conoce como “finalismo”. Es un modo de enfocar la narración histórica no como algo abierto y, en principio, aleatorio, sino como algo que conduce inexorablemente a la realidad actual.

En nuestro caso se ha repetido hasta la saciedad aquello del “evidente destino histórico de Navarra como parte de España”. Se cita a Ximénez de Rada, a las Navas de Tolosa, a las guerras civiles del siglo XV y… ¡a San Francisco Javier! para apoyar el inequívoco destino español de Navarra. La historia francesa, escrita desde la perspectiva del unitarismo parisino, está repleta de ejemplos en el mismo sentido.

A pesar de no tener soporte documental ni de tipo científico más allá de los conocimientos históricos y la imaginación de quien las crea, son de gran valor la “ucronías”. Nos permiten reconstruir un hipotético proceso histórico en el que las cosas podían haber ocurrido de otro modo de cómo sucedieron. Con verosimilitud. En nuestro entorno próximo tenemos dos recientes: Una de Héctor López Bofill, en la que especula sobre una victoria catalana en la batalla de Muret (1213) y sus consecuencias sobre la posterior evolución de Occitania, Francia, Aragón, Castilla y los Países Catalanes.  Y otra de Mikel Zuza Viniegra sobre la evolución histórica de Navarra que en el intento de recuperación del reino de octubre de 1512 hubiera salido  vencedor Juan de Labrit.

Son ejercicios de interés, ya que abren la mente a posibilidades que no cuajaron pero que hubieran podido ser. Y una mente abierta a imaginar otros destinos, otras perspectivas, tiene una mejor capacidad de plantear para su patria un futuro de éxito. Por lo menos no es una mente sumisa, sino libre.

Memoria

El historiador italiano Enzo Traverso afirma:

“Ya que memoria e historia no están separadas por barreras infranqueables sino que interaccionan permanentemente, se deduce una relación privilegiada entre las memorias ‘fuertes’ y la escritura de la historia. Cuanto más fuerte es la memoria –en términos de reconocimiento público e institucional-, tanto más el pasado del que ella es vector llega a ser susceptible de ser explorado y puesto en historia.”

Y el catalán Albert Balcells:

“La historia busca la objetividad y asume la complejidad y las contradicciones humanas. En cambio, la memoria es subjetiva, simplificadora y polarizada, pero eso no quiere decir que sea falsa. La historia comporta contextualización, relativización y perspectiva o distanciamiento cronológico. Es sabido hoy que la inteligencia es emocional y que, por tanto, toda dicotomía es irreal en el ámbito del recuerdo del pasado. La memoria ya no se alimenta de mitos como en los tiempos más antiguos, ni de leyendas como en los tiempos medievales, sino que busca el soporte del conocimiento histórico. De aquí la confluencia entre la memoria, materia prima de la identidad colectiva, y la historia, que es una ciencia social. Como toda ciencia no es estática: está en revisión permanente. Con el paso del tiempo la perspectiva histórica es móvil y, así como el presente no se puede enfocar con los esquemas de hace cincuenta años, tampoco el pasado permanece incólume a este cambio, no por una contaminación de presentismo sino porque la perspectiva ha variado.

Memoria e historia presentan dos aspectos de una misma realidad: los hechos sucedidos en el pasado a una sociedad concreta. La historia –ciencia social y, por ello, relativamente objetiva– habría de ser el soporte de la memoria –realidad más cercana al activismo social-. En cualquier caso, memoria e historia interaccionan constantemente. La memoria activa provoca investigaciones históricas y revisiones de documentos de todo tipo. Pero también estas investigaciones pueden llevar a descubrir aspectos, antes desconocidos, que reconstruyan la memoria histórica de una sociedad

Una sociedad con memoria es una sociedad viva y tiene capacidad de  imaginar y construir un futuro. Raymond Aron decía: “El pasado no está definitivamente asentado más que cuando no hay porvenir”.

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, Hannah. “Verdad y mentira en la política”. Barcelona, 2016. Página Indómita

Aron, Raymod. “Dimensions de la conscience historique”. Paris 1964. Editions Plon

Balcells, Albert. Introducción del libro. Pujol Enric & Queralt Solé (eds.)  “Una memòria compartida. Els llocs de memòria dels catalans del nord i del sud”. Catarroja 2015. Editorial Afers.

Canal, Jordi. http://ideas.economiadigital.es/analisis-politico-y-social/los-historiadores-catalanes-y-el-relato-nacional_412203_102.html

Carr, E. H.. “¿Qué es la historia?”. Barcelona 1973. Ed. Seix Barral.

Croce, Benedetto. “La historia como hazaña de la libertad”. México 2005. F.C.E.

Detienne, Marcel. “L’identité national, une enigme”. Saint-Amand (Cher) 2010. Ed. Gallimard.

Le Goff, Jacques. ”Histoire et mémoire”. Paris 1988. Éditions Gallimard.

López Bofill, Hèctor. “Germans del sud”. Barcelona 2017. Edicions 62.

Traverso, Enzo. “Le passé, mode d’emploi, histoire, mémoire, politique”. Paris 2005. La fabrique éditions.

Zuza, Mikel, “Causa perdida”. Iruñea-Pamplona 2015. Editorial Pamiela.

Artículo publicado en el número 13 (Año 2017) de la Revista GUREGANDIK del Centro de Estudios Arturo Campion

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A LA CONTRA

Todos los enemigos de España llevan boina

Cayetana Álvarez de Toledo

Las campañas electorales, al margen de su artificialidad, son períodos particularmente fecundos para observar el juego entre rituales políticos y fenómenos mediáticos: gestos, discursos, posiciones, alardes de fuerza, estadísticas fraudulentas, liderazgos histéricos, trucos, paseo de símbolos. Incluso el juego sucio. El procés catalán es un buen ejemplo, que parece haber llevado la violencia contenida de los últimos tiempos a la pasarela del desfile y el gesto histriónico.

Como decimos, es un momento propicio para analizar las posiciones de los agentes en conflicto. De paso, una oportunidad para echar un ojo al trasfondo del sistema político, que en este carnaval se muestra en su impudicia en medio de tanto artificio. Es cierto que hay mucho ruido; pero entre el petardeo y el humo los oficiantes –en un efecto freudiano- desvelan sus pensamientos más íntimos, sus esquemas mentales a menudo reprimidos.

Ha sido revelador, al respecto, el artículo de Enric Juliana que compara a Puigdemont con el carlismo. “Es el carlismo de Carles Puigdemont”. Para Juliana, que quede claro, esta metáfora negativa, insultante, es su opinión; está en su derecho: “El carlismo lleva boina y trabuco. El carlismo es una sotana mugrienta. El carlismo –esterilizado por Franco después de la Guerra Civil– evoca la España oscura y reaccionaria que se resiste a las normas unificadoras”.

Pero en medio de estas descripciones cripto-judeo-masónicas, se le escapa el lapsus; el desliz que traiciona su subconsciente, que pinta su autorretrato. “Aquellas comarcas (entonces carlistas) son hoy fuertemente independentistas. Iban a la contra en el siglo XIX. Y siguen yendo a la contra en el siglo XXI”.

A la contra de qué, nos preguntamos. No lo explica Juliana, y en ese sobreentendido se retrata el periodista: a la contra de España; a la contra del régimen del 78; que es el mismo (lo dice él; él plantea el paralelismo) que la España del XIX, la de los espadones, de los borbones, la misma España de Franco, de los militares que se enfrentaron a las tendencias disgregadoras de una España que nunca fue nación sino un poder dictatorial impuesto sobre sus pueblos. La España de la corrupción hoy, la del PP, la de la cal del PSOE y todo eso que conocemos. ¿Eso es ir ‘a la contra’? Desde luego, Juliana se ha retratado. Se ha lucido.

El lapsus de Juliana, que se pone en la centralidad del sistema (para expulsar del mismo a cualquier disidente, a quienes no comulgan con su profesión de fe), coincide con otras expresiones similares de exclusión, que implícitamente (freudianamente, diríamos) definen el modelo político español. Desde un ángulo folclórico, por ejemplo, y coincidiendo con Juliana, encontramos a Cayetana Álvarez de Toledo, aristócrata y diputada del PP, que sostiene que todos los enemigos de España usan boina. Volvemos al carlismo, y de paso a esas imágenes de Gila, el tonto del pueblo, el patán, el paleto de turno. Las metáforas hispánicas no sé si las carga el diablo, pero desde luego llevan plomo.

Este repaso a los argumentarios que sostienen el 155 (un golpe de Estado a la ‘Autonomía’ de Catalunya), nos descubre durante la campaña electoral posiciones similares entre las distintas fuerzas políticas. Como decía el humorista, va un García Albiol y diu: “Hay que desmantelar Tv3 y rehacerla con gente normal”. Los catalanes que hacen y ven Tv3, los que disienten del modelo de autoridad, son ‘anormales’. La mayor parte de la población. Así; sin tapujos. La normalidad es acatar el dominio hispano. El independentismo es anómalo. Es una anomalía de la naturaleza, se podría precisar el pensamiento (?) de García Albiol. Es probable que Goebbels lo planteara de modo similar al referirse a judíos, gitanos, homosexuales, minusválidos y otras hierbas.

El planeta ‘socialista’ no les va a la zaga, y sustenta sus discursos sobre esquemas parecidos. Va Borrell y diu: ‘hay que desinfectar el panorama catalán, empezando por los medios de comunicación’. Aquí la anomalía es sanitaria; de higiene y salud pública (sería curioso comprobar cuántos de estos esquemas argumentales tienen antecedentes en el franquismo; un tiempo en el que apenas se podía profundizar en el debate político –estaba prohibido-, y las justificaciones adoptaban estos estilos: higiene, salubridad, anormalidad… Todavía nos aplicarán la Gandula, la ley de vagos y maleantes). Los soberanistas están enfermos; infectados; lo suyo es de tratamiento hospitalario, médico, psiquiátrico, lo que sea para expresar que es insano.

En estos discursos la normalidad viene definida por quien detenta el poder. Es un canto de alabanza a la autoridad competente. Un aleluya de sumisión. Y una condena inquisitorial al disidente, al que lleva boina. Es anormal. Esto es lo que hace Juliana al asociar el independentismo de Cataluña con el carlismo histórico. Es retórica del poder. Y en todo este discurso no hay el menor sitio para la voluntad catalana; para la libertad de las gentes; para el Estado de Derecho. La única norma aceptable es el poder hispano.

Las malas lenguas sostienen que a poco que rasques la cabeza de un navarro, enseguida le sale la boina roja. A juzgar por estos argumentos, como explica la Soraya del gobierno, a catalanes y navarros, con la excusa de arreglarnos el peinado, nos quieren descabezados

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

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CATALUNYA: TAMBIÉN ES NUESTRA LUCHA

Se avecinan momentos históricos, cruciales, de los que transforman la historia de las naciones. Y, como ocurre en estos casos, son acontecimientos cargados de esperanzas pero también de amenazas para las gentes que los promueven.

Tras años de denuncias ciudadanas, movilizaciones multitudinarias, reclamaciones y la natural frustración por no ver atendidas sus demandas, la situación en Catalunya ha dado paso a un escenario inquietante. El referéndum de 1-O está ahí delante, como un horizonte de autodeterminación tangible; y a la vez, la inminencia y la certeza de su resolución ha desatado las peores tradiciones del Estado español. Vemos a jueces que emiten condenas, que prohíben derechos fundamentales, reunión, información, voto, a fiscales que abren procesos inquisitoriales; la Guardia Civil ha salido a la calle, a asaltar imprentas, a detener, a imponerse, en su mejor estilo de cuerpo represor de motines; los gobernantes no se cortan en sus advertencias y admoniciones… La maquinaria de castigo, un estado de excepción, o de sitio, o de guerra si hiciera falta, está en el aire. No está declarado, puede ser cualquier cosa, lo que los gobernantes del Estado consideren.

El conflicto está servido. La sociedad catalana, en un proceso de protesta pacífica y concienciación, de movilización pero también de argumentación y debate, se orienta a la construcción de un Estado propio, que le asegure su futuro. Pero el Gobierno español se ha cerrado en banda en todo momento, y se ha negado a cualquier argumentación, a facilitar cualquier negociación o contemplar siquiera la menor alternativa a estas pretensiones.

Conocemos la historia. Por mucho que se empeñe, España no es una nación; ni siquiera una nación de naciones, como a veces, en un rizar el rizo, se pretende. El Estado español es el resultado de una herencia que no prescribe; es la evolución de un imperio genocida, que no ha conocido ninguna interrupción en su núcleo, más allá de las colonias que a lo largo de siglos se independizan, que la desgarran y rompen. Y ello explica sus actitudes. Como en la fábula de la rana y el escorpión, se diría que los comportamientos se llevan en los genes. En estos momentos queda patente, lo dice en su Constitución, en su Carta Magna, que el principal artículo del Estado es el de la ‘indisolubilidad de la patria’. Cada independencia de una colonia ha sido, para el español, un trozo de España que se muere. No hay naciones en realidad en su ordenamiento; no hay libertades; no hay derechos; no hay ciudadanía. Todo se resume en esa unidad indivisible.

Podemos mirarnos en el espejo de Catalunya. Su lucha es la nuestra, la misma lucha contra el imperialismo que impregna los ministerios, los poderes y las esencias españolas. La justicia, el ejército, la prensa, los intelectuales… todo un régimen se posiciona al alimón contra la ‘colonia’ que aspira a ser independiente. En ese espejo catalán vemos que también nuestras libertades y derechos están en juego, que son libertades provisionales, que sirven mientras nadie toque el nervio del Estado, esa unidad esencial constituyente.

Como gentes libres, que aspiramos a un Estado libre, propio, proclamamos nuestra solidaridad y nuestro apoyo a Catalunya en sus reivindicaciones. Defendemos su derecho a ejercer la Autodeterminación sin violencia ni coacciones exteriores. Denunciamos la actitud totalitaria del Estado español y su conculcación permanente de Derechos Fundamentales.

Visca Catalunya independent!

Firman este texto:

Anastasio Agerre

Luis Mª Martínez Garate

Angel Rekalde

Para lista completa y adhesiones: Nabarralde

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LA REVOLUCIÓ D’OCTUBRE A CATALUNYA

El dilema és … matar el nacionalisme espanyol o morir amb ell

Josep Costa

Hi ha dates que fan història. L’elecció de l’1 d’octubre per celebrar el referèndum d’autodeterminació a Catalunya ha tensat tots els ressorts de la situació. Estem davant d’un punt crític. Es farà; l’Estat ho impedirà; o veurem com es resol. Però una cosa és clara; el ‘Procés’ ja no serà el que era; desemboca en una fase superior.

La seqüència d’accions (manifestacions, actes públics, concentracions, votacions insubmises, declaracions …) des que va arrencar el procés, promogut des de diferents angles per les iniciatives de Pasqual Maragall i Josep-Lluís Carod Rovira, compassades amb les corresponents reflexions teòriques, han conformat un corpus inèdit, sense parangó en la història de la Humanitat, pel que fa a l’originalitat del seu recorregut cap a l’exercici del dret d’autodeterminació.

Catalunya ofereix les condicions objectives d’una nació dominada, subordinada a la gran Nació espanyola. Va ser conquistada (1714), la seva llengua i cultura perseguides, i el seu sistema productiu, d’una gran riquesa i energia, plomat. La depredació fiscal que pateix frega l’escàndol.

Malgrat això el teixit social català és molt ric. La capacitat associativa, profunda i variada. La iniciativa empresarial i econòmica, en general, també. Un refrany molt conegut diu: “Un bon català, de les pedres en fa pa“.

El concepte del Dret d’Autodeterminació no podem limitar-lo a una simple votació. En si, el referèndum de l’1 d’octubre és tot just una fita més del procés. Catalunya es va començar a autodeterminar quan en les successives agitacions va passar de reivindicar “millores de finançament” o de “infraestructures” a proclamar “som una nació”. Aquest canvi es va veure clar a partir de la manifestació del 10 de juliol de 2010 -“Som una nació. Nosaltres decidim”-, convocada per Òmnium i, ja definitivament, a la Diada de 2012 quan es va reclamar “Catalunya, un nou Estat a Europa”. El crit es va transformar en Independència! Era la societat catalana -la nació- exigint el seu estatus polític com a Estat independent.

Caldrà veure com evolucionarà la situació. Però al plantejar-se com un exercici explícit d’autodeterminació, la possible prohibició de l’Estat espanyol potser el freni (de moment), però a costa de confirmar que no hi ha llibertats; que Espanya és una presó de pobles, que imposa una violència i ocupació sobre la societat de Catalunya. El procés segueix el seu curs, tant en un cas com en el contrari. El referèndum no és l’autodeterminació, sinó només una fita especialment significativa.

Els que lideren el procés català actuen d’acord amb els principis que s’exigeixen a nivell internacional per homologar un procés d’independència. Potser qui millor hagi estudiat aquest aspecte des de Catalunya hagi estat Josep Costa en el seu treball “O Secessió o secessió. La paradoxa espanyola davant l’independentisme “(Barcelona 2017, Editorial Acontravent). Analitza els diferents punts exigits o recomanats en aquestes circumstàncies. I els relaciona amb el succeït a Catalunya des d’abans de l’inici del “Procés”, arran dels avatars que van envoltar el fallit Estatut de 2006. No obstant això, és possible que el llibre de Costa es caracteritzi per un excés de prudència.

Segons Costa: “Espanya, la seua classe dirigent, es troba davant un dilema existencial de primera magnitud. En la seua resposta a l’independentisme català, ha de triar entre salvar la nació o salvar l’Estat. Intentar sobreviure com a estat-nació és l’opció improbable, per molt que fos la preferida per la majoria. Si no es reinventa in extremis com a estat plurinacional, la independència de Catalunya triomfarà”.

Per contrast, i mirant-nos al mirall català des del País Basc, aquest és un procés molt allunyat de les performances i actuacions escèniques que s’adopten a la nostra terra per satisfer la mala consciència dels “agents” polítics que mostren una vegada i una altra la seva incapacitat per promoure entre nosaltres un procés similar.

No trobem l’altura intel·lectual ni la imaginació necessàries per activar (més enllà d’imitacions xarones) l’energia d’aquesta societat basco-navarresa que, sens dubte, existeix i és potent, però que peca de qualificació. No tenim un relat que ens mobilitzi com a nació, de manera que totes les accions que s’intenten realitzar en el seu nom pequen d’inconsistència.

La setmana passada va morir el canceller Helmut Kohl, un polític alemany que va liderar un altre procés d’autodeterminació, també atípic, a Europa. Res és fàcil. Però tot és possible. És clar que no tenia davant a l’Estat espanyol.

Luis María Martínez Garate /  Angel Rekalde

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