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MUSEO DE LA HISTORIA

Todas las naciones necesitan lograr cohesión interna con un relato compartido. Nos lo recuerda Iñaki Anasagasti en un artículo de reciente publicación, en los periódicos del grupo Noticias, al proponer la creación de un Museo Nacional de Historia.

En las naciones que disfrutan de un Estado propio, la existencia de un Museo de Historia que soporte el relato nacional viene proporcionada por el mismo y pagada religiosamente con los tributos de sus contribuyentes que, a su vez, se sienten reflejados en dicha institución.

Otra cosa sucede cuando una nación como la nuestra que soporta la actuación de dos estados impropios. Digo impropios como opuesto a propio, pero pienso que sería más correcto considerarlos como contrarios o, directamente, enemigos. En este caso el relato expresado en sus museos, históricos o de cualquier tipo, sirve para reforzar su ligazón interna y nuestra integración en sus estructuras sociales y políticas. Nuestra recuperación.

La idea de Anasagasti es pertinente, pero es una pena que su texto sea un totum revolutum de lugares comunes del imaginario hispano y, para colmo, sin referencia alguna a la máxima institución política, a nivel soberano desde el punto de vista internacional, que hemos tenido los vascos: el reino –Estado- de Navarra. Y, por lo mismo, a ninguno de sus hitos históricos: Orreaga, la organización social y política del Estado (el sistema Foral), su lucha por la supervivencia frente a sus adversarios: Castilla-España y Francia.

Precisamente la ausencia de referencias al Estado propio de los vascos hace resaltar su carencia en el momento presente. La relación de personajes del imaginario hispano sería impensable si el Museo Nacional de Historia se construyera desde nuestra propia centralidad. Parece concebida desde la perspectiva de uno de los estados impropios: el español. Personas irrelevantes para nuestra historia -la monja Alférez- o contrarios a la misma -como Loiola o Unamuno-, podrían aparecer, pero debidamente contextualizados. Sobre todo, deberían estar los que fueron mucho más importantes en el transcurrir de la historia de los vasconavarros: desde Iñigo Aritza hasta Margarita de Navarra, pasando por Sancho III, el Mayor, Sancho VI, el Sabio, el Príncipe de Viana o Francés de Jaso. O el propio redactor de los Anales del Reino, José de Moret.

La propuesta, bienintencionada y compartida, de Anasagasti queda muy coja pero podría suponer una declaración de intenciones para un próximo futuro. Incluso en la etapa contemporánea adolece de la presencia de personalidades como Zumalakarregi, Txaho, Campion, Arana Goiri o… Julio de Urkijo.

El artículo de Iñaki Anasagasti puede servir de emplazamiento a un debate, serio y sereno, de cómo una nación sin Estado propio, y con dos impropios, puede construir un Museo de su historia acorde con la perspectiva que hoy en día se tiene de los museos: no como algo estático, como un fósil, construido de una vez por todas. Un Museo debe ser una institución abierta a la propia sociedad, a sus inquietudes, a sus requerimientos memoriales y a su proyección hacia el futuro. En contacto permanente, además, con el resto de museos y academias nuestro entorno próximo y del mundo en general.

Ya irán surgiendo asuntos concretos: hechos, personajes, lugares… También, si la idea cuaja, su emplazamiento, forma legal, financiación y gestión. Creo que merece la pena abordar este proyecto.

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JORNADA SOBRE EL RELATO

Koldo 201803

El procés catalán, con sus sobresaltos, está desbaratando el discurso político del Estado español. El relato hispano se desacredita, se resquebraja. Nabarralde organiza para el mes de marzo en Agurain (día 17) una jornada de debate sobre esta situación, hasta qué punto nos alcanza o cómo podemos intervenir desde nuestra propia perspectiva vasconavarra.

Hablamos con Luis Mª Martinez Garate sobre estas cuestiones.

– ¿Hasta qué punto es importante el relato en este campo de las relaciones políticas, el Estado de Derecho, los pueblos y demás aspectos del marco en el que se inscribe nuestro país vasco-navarro?

Al igual que en otros aspectos de la realidad social no existen las “tierras de nadie” (“no man’s land”). No hay situaciones de “no relato”. Cualquier sociedad necesita para seguir existiendo como tal y para afrontar su futuro un “relato” que le dé cohesión y funcionar como tal.  El relato constituye el “punto crucial” (“turning point” que decía Fritjof Capra) necesario para que un pueblo se constituya en sujeto político. Si una sociedad sin Estado propio no construye su propio relato se verá inmersa en la de otro u otros, no será sujeto y, medio o largo plazo, recuperada en una estructura nacional extraña. Habrá sucumbido a un Estado imperial.

El uso de la palabra relato tiene el riesgo de ser identificada de modo excesivamente simple con el de narración y éste, a su vez, con el de historia. El relato va más mucho allá. Incluye la historia, pero también la memoria y, en general un imaginario mucho más amplio. Decía Josep Pla que “El meu país és aquel que quan jo dic ‘bon día’ em responen ‘bon día’”. También esto es relato. Pero la lengua por sí sola tampoco es “el” relato. Lo son las personas que la hablan, los paisajes en los que lo hacen, los modos en que trabajan, hacen la fiesta o cortejan, sus mitos…

Para los pueblos que tiene un Estado propio (no impropio o a la contra, como es nuestro caso el de Cataluña) todo esto viene implícito en las tareas “banales” que realiza, “desde la cuna hasta la sepultura”. Para los que no lo tenemos supone una tarea complicada el recuperarlo o construirlo. Hay que desmontar muchos planteamientos que se dan como implícitos y que erosionan día a día su cohesión propia. Más aún en la actual situación de mundialización de todos los procesos sociales.

En la pregunta me hablas del Estado de Derecho. En el relato de nuestros estados dominantes siempre se consideran como tales y lo proclaman a los cuatro vientos. Pero Estado de Derecho, un Estado democrático, no puede tener sojuzgados en contra de su voluntad a otros pueblos. Un Estado imperialista no puede ser democrático. Esta reflexión debe ser parte, también, de nuestro relato.

– ¿El procés catalán se mueve en este instante en el terreno del debate de ideas, teórico, o más bien, cerrado el camino del debate, estamos ante un uso de fuerza, un mero ejercicio de acción, enfrentamiento y poder?

El ‘proces’ de Cataluña creo que ha sido producto de dos factores que han actuado conjuntamente. Por un lado una larga reflexión teórica, basada un análisis muy serio 1) de la realidad histórica de Cataluña, tanto antigua como reciente (desde la Edad Media hasta los últimos 80 años e incluso de los diez últimos), 2) de la situación geopolítica de Europa y del mundo en general y 3) de los procesos de emancipación nacional ocurridos desde el principio del siglo XX. Por otro, y más necesario todavía, la existencia de un pueblo consciente de su personalidad, de su existencia como sujeto político. Ese pueblo ha sido capaz, en las condiciones más adversas (tras la derrota en la guerra de 1936-39) de acoger y, de mejor o más limitada manera, una inmigración (española primero y de fuera de Europa después) excepcional y de integrarla en sus modos de vida (lengua, cultura en general, etc.) Los atentados a la dignidad del pueblo catalán (sobre todo a nivel lingüístico y político) y a sus infraestructuras económicas provocaron su explosión.

– ¿Cómo ves el procés en este momento? ¿En qué momento se encuentra?

El ‘proces’ está en una situación muy compleja. Por una parte, la gran movilización de la propia sociedad catalana fue consecuencia de su conciencia y de la ‘mala leche’ producto del menosprecio y supremacismo por parte del Estado español y, por otra, la cesión del protagonismo a las estructuras burocráticas de los partidos políticos. El régimen español es radicalmente corrupto y los son, por lo mismo, sus apéndices burocráticos: sindicatos, partidos, administración en general… Los partidos políticos catalanes están inmersos en su dinámica y constituyen más un obstáculo que una facilidad para la emancipación de la nación catalana.

Como un aspecto muy positivo encuentro el conjunto de datos adquiridos que se han consolidado a lo largo de estos años. Existe el riesgo de dilapidarlos, pero están ahí. Uno de ellos es, precisamente, la propia movilización social. Entre estos datos está la constatación de que el independentismo es mayoría social y que es una mayoría con una gran cohesión. Constituye el núcleo de la “nación” en el sentido moderno de la palabra. Le sobran las polémicas partidistas y le falta una dirección estratégica.

La internacionalización del ‘procés’ con Puigdemont y su gobierno en Bruselas, ahora con Gabriel en Suiza, son factores positivos. La cárcel, por el contrario, es un factor negativo. Evidentemente para quienes la sufren, pero también para la actividad política del propio ‘procés’, que pierde un factor de iniciativa por la necesidad de su excarcelación.

– Como Nabarralde, ¿a qué reflexión nos debería llevar todo esto? ¿Cómo deberíamos aplicar lo que está sucediendo con el procés a nuestra propia realidad y a nuestro propio relato?

Como Nabarralde debemos ser capaces de valorar nuestra situación como pueblo dominado, como sociedad sometida. Constatar nuestras carencias y tratar de ponerles remedio. En la reflexión que hacía anteriormente sobre el ‘procés’ catalán exponía que allí existe un pueblo movilizado que aspira a su emancipación y que han logrado una reflexión teórica que, con mayor o menor éxito, está siguiendo un camino hacia ella. Estoy convencido de que nosotros tenemos la primera parte de la ecuación: un pueblo con voluntad, pero que adolecemos de la segunda. Nos falta por completo la reflexión teórica, histórica y memorial para construir el relato que nos convierta en sujeto político y nos permita encontrar el camino hacia nuestra libertad.

La consecución de la libertad necesita unas vías de acción política intensa y muy precisa, pero sin un relato asumido por la propia sociedad es imposible crear una estrategia ganadora. Nabarralde es, en mi opinión, una pieza clave en la construcción de este relato. Es nuestro reto y nuestra aportación a la Vasconia del futuro. La república de Navarra.

Entrevista en Kazeta de Nabarralde. Nº 126 (Marzo 2018)

 

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DE MAPAS Y COLORES

En la teoría de grafos funciona el famoso “teorema de los cuatro colores”. Existe también la “conjetura de los tres colores”. En ambos casos se trata de dilucidar cuántos tonos, como mínimo, son necesarios para colorear cualquier mapa de manera que todas las zonas contiguas (pero no que coincidan en un solo punto) tengan un color diferente. El teorema lo es porque ha sido demostrado. En cambio la conjetura espera ser refutada. Este teorema tuvo su origen precisamente en los mapas geográficos.
Tras las pasadas elecciones del 26 de junio, al Estado español le bastan dos colores: el azul y el morado. Ya no hacen falta tonos enrevesados para distinguir las “peculiaridades autonómicas”, siempre incómodas. Con estos resultados la España eterna, la de charanga y pandereta, la de Frascuelo y María, la picaresca y el esperpento, viste de azul. ¡Feliz signo cromático! De morado van, en cambio, los que antes lucían aquellos colores autonómicos.
¿Qué ha sucedido? En primer lugar, que en política no existen los espacios vacíos. Mientras en Cataluña el Proces hacia la independencia ha avanzado con una cierta coherencia estratégica, con la unidad de la sociedad civil y los partidos políticos, el mapa seguía diferenciado. Las manifestaciones de las Diadas de 2012 a 2015, las votaciones populares iniciadas en Arenys de Munt en 2009, el referéndum del 9 de noviembre de 2014, las elecciones plebiscitarias de septiembre de 2015… marcaban un sendero nítido, estratégico. La zarabanda posterior ha dado sus frutos y una parte de su espacio ha sido ocupado por fuerzas electorales que, no sólo responden a otros intereses, sino que son directamente opuestos al Proces. Que actúan para desplazarlo. Los catalanes han sufrido el embate a través de la victoria electoral de Catalunya si es Pot (conglomerado de Podemos con ICV y otros sectores de la seudoprogresía hispana). Esta interferencia debe suponer para las fuerzas catalanas una profunda reflexión y una revisión de su hoja de ruta hacia la independencia.
Nuestra situación resulta todavía más lamentable. En Cataluña se trabaja un proceso iniciado y encarrilado. Con problemas, por supuesto, pero en marcha. Entre nosotros no existe nada. Tenemos un discurso vacío, o mejor un no-discurso. Se terminaron las épocas del tremendismo y, ante el cambio de ciclo propiciado por el fin de la actividad armada, la falta de definición, la incapacidad de enunciar un discurso, la ausencia en suma de un relato propio, que es lo constitutivo de una nación, nos ha llevado a disputar por el espacio de “izquierda”. Como si ahí estuviera el meollo del conflicto. En ese terreno, pronto se ha impuesto la competencia española con todos los medios (televisión, prensa, redes sociales, etc.) a su favor. El resultado es que nuestro mapa cromático se asemeja -casi- al catalán y se diferencia apenas del resto del Estado español (pero, también, en colores españoles).
En el momento en que la situación europea e internacional propician un panorama proclive a la independencia, y el Estado español la bloquea como puede, parecía (y parece) el momento de trabajar por un proceso propio hacia la independencia.
La apuesta estratégica de nuestro procés debe tener capacidad de movilizar la sociedad civil. No olvidemos que, como decía Joan M. Tresserras hace pocos días, la independencia y la posibilidad de construir un nuevo Estado, es el proyecto de transformación política y social más radical y poderoso para las clases trabajadoras.
Los actuales partidos cargan con inercias (ventajas económicas, discursos pasados, comodidad, seguidismo) que serán en un principio una rémora. Es lo que pasó en Cataluña. Al final se apuntan al carro. Pero hay que arrastrarlos.
Nuestro problema es que la mayoría de lo que se llaman “movimientos sociales” tienen por detrás alguno de los partidos con toda la carga de instrumentalización que les frena. La victoria de Podemos en la CAV y su buen resultado en la CFN, marginando por completo a las fuerzas abertzales, indica que no se han establecido unas líneas de alcance estratégico.
Es necesario un relato propio, asumido con energía y sin complejos. Tampoco aquí hay “tierras de nadie”. En el presente estamos aceptando un relato (muy social y progre) que nos niega como sujeto. Por añadidura, hay bastante gente que piensa que la victoria vendrá de una bienpensante “unidad”. Pero no está claro quiénes deben unirse, ni para qué. Una “unidad” sin contenido estratégico está condenada de antemano al fracaso.
Pretender competir con el gauchismo español con un discurso “más a la izquierda”, cuando sabemos que todas estas posiciones no van más allá de la verborrea, de la mera retórica, es algo abocado a la derrota. Pretender seguir jugando a ser una “pieza clave” para la “gobernabilidad de España” es jugar un juego de perdedores y recibir la patada en cierto lugar cuando sus intereses de Estado se sobrepongan a los coyunturales de las disputas partidistas.
La única vía con visos de prosperar ha de tener un soporte directo en la sociedad civil organizada con ese fin. Sin interferencias partidistas. Así lo hicieron, y esperemos que sigan haciéndolo, en Cataluña. No podemos ni debemos imitarles, pero hemos de encontrar nuestra propia vía a la independencia. Algo que hoy por hoy no se enuncia. Para eso, hacia ese objetivo, debemos poner en marcha toda nuestra fuerza social. No sería malo aprovechar la crisis previsible que generaría un próxima independencia catalana.
En este camino (siempre que nos definamos en términos de relato propio, autoestima, estrategia) podemos ganar a todo el mundo y en cualquier campo, incluso en el de las elecciones, a pesar de los sesgos y marcas del régimen español. Pero, sobre todo, vencer en la constitución de nuestra vía a la independencia. Hay que cambiar los mapas. Sacarles los colores.
Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

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LA GESTIÓN DE LA MEMORIA

 

La guerra de España en América fue plenamente moderna, precisamente gracias a su decidida voluntad de gestionar la memoria a través de la confusión

Jorge Luís Marzo, La memoria administrada

Un episodio de la historia pamplonesa y de su memoria

Hasta hace pocos años en el monumento erigido en Pamplona, en la posguerra del 36, a Iñigo de Loyola, en una de las dos placas adosadas al mismo se leía la siguiente inscripción: Soldado y combatiente de España, Ignacio de Loyola cayó defendiendo el Castillo de la Ciudad de Pamplona el 20 de mayo de 1521. El texto refleja con exactitud la realidad histórica de lo sucedido. Loiola cayó herido defendiendo Pamplona en un conflicto en el que participaba en uno de los bandos: el español, según se indica en el texto. No obstante, a pesar de su exactitud histórica, oculta un aspecto tal vez más importante para la sociedad navarra contemporánea.

Por el hecho de aparecer en un monumento público, el texto citado pretendía presentar una connotación positiva. La acción de Loiola, considerada “heroica” por quienes ordenaron erigirlo, merecía ser recordada en un monumento –en piedra- en su honor. En 1950, en pleno franquismo, el Ayuntamiento de Pamplona lo inauguró. Con arzobispo, alcalde y el conjunto de gobernadores, civiles y militares incluidos. La Pamplonesa dirigida por el maestro Cervantes. No hay que decir que el otro bando, el enemigo, el que hirió a Iñigo, según la historia oficial, eran los franceses, seculares enemigos de España:

Tras sucesivos destrozos del monumento, con decapitación incluida, en 2005 el Ayuntamiento decidió reconstruirlo –ahora en bronce-. La placa que rezaba “Soldado y combatiente de Cristo…” se mantuvo, no así la antes citada de “Soldado y combatiente de España…”. La relación de Loiola con la capital navarra había perdido en este camino un dato de primera magnitud. Según el texto de la placa conservada, Iñigo podía ser sencillamente un mártir cristiano o estar luchando por cualquier causa.

Es evidente que a los navarros molestaba mucho la conmemoración, en positivo, de una “gesta” en la que Navarra fue derrotada. De este malestar proceden los sucesivos destrozos del monumento. Pero nos debería exasperar más aún el hecho de que, hoy todavía, no se contextualice el evento que rememora.

En este hecho intervienen historia y memoria. La historia reflejada en la placa antigua era real, pero escocía la memoria histórica de los navarros. La segunda, que pretende ser “aséptica”, pienso que se debería considerar un atentado a la realidad histórica y a la memoria. Loiola cayó por España, sí, pero eso es parte de la verdad, ya que no cayó contra los franceses, sino contra un ejército organizado por la propia Navarra en el último intento del siglo XVI por recuperar su independencia. El hecho de no reflejar esta realidad, hace al monumento cómplice del olvido de la propia historia, además del de la memoria que ya expresaba el anterior.

En contraste con la presencia en Pamplona de un monumento a Iñigo de Loiola extraña la ausencia de uno al Mariscal Pedro de Navarra. El Mariscal fue defensor acérrimo de la independencia del reino frente a la ocupación castellano-española, hecho prisionero en 1516 en Roncal, rechazó en 1518 el perdón real a cambio de reconocer la legitimidad de la conquista del reino. Murió violentamente, en circunstancias confusas, en la prisión de Simancas en 1523. Un héroe para la memoria de los navarros. Ocultación de la historia, negación de la memoria

Estos hechos, cotidianos para la experiencia del paisaje urbano de los pamploneses, resumen con bastante claridad las complejas relaciones entre historia y memoria.

Historia y memoria

Según afirma Albert Balcells (2015):

La historia busca la objetividad y asume la complejidad y las contradicciones humanas. En cambio, la memoria es subjetiva, simplificadora y polarizada, pero eso no quiere decir que sea falsa. La historia comporta contextualización, relativización y perspectiva o distanciamiento cronológico. Es sabido hoy que la inteligencia es emocional y que, por tanto, toda dicotomía es irreal en el ámbito del recuerdo del pasado. La memoria ya no se alimenta de mitos como en los tiempos más antiguos, ni de leyendas como en los tiempos medievales, sino que busca el soporte del conocimiento histórico. De aquí la confluencia entre la memoria, materia prima de la identidad colectiva, y la historia, que es una ciencia social. Como toda ciencia no es estática: está en revisión permanente. Con el paso del tiempo la perspectiva histórica es móvil y, así como el presente no se puede enfocar con los esquemas de hace cincuenta años, tampoco el pasado permanece incólume a este cambio, no por una contaminación de presentismo sino porque la perspectiva ha variado.

La memoria y la historia presentan dos aspectos de una misma realidad: los hechos sucedidos en el pasado a una sociedad concreta. La historia –ciencia social y, por ello, relativamente objetiva– habría de ser el soporte de la memoria –realidad más cercana al activismo social-. En situaciones normalizadas ambas deberían caminar unidas y de modo complementario.

La realidad en muchas ocasiones no es tan idílica. Cuando el conflicto ha desgarrado una sociedad y sus heridas permanecen abiertas la situación presenta otros aspectos más peliagudos. Siempre se ha dicho, con razón, que la historia la escriben los vencedores. La memoria es, por el contrario, el patrimonio de los derrotados. La memoria histórica representa el factor que permite a los derrotados tener posibilidad de reivindicación, reparación, resarcimiento y de acceder, a su vez, al plano de la historia. El olvido supone, tal vez, el fracaso definitivo de la sociedad que sufrió la primera capitulación desde el punto de vista militar y político.

Walter Benjamin[i] decía que los grupos humanos, sociedades, pueblos, naciones, clases sociales etc., que olvidan sus derrotas, normalmente por imposición de los triunfadores, son doblemente vencidos. La primera vez en el hecho físico de la pérdida en sí misma y la segunda, a través del olvido, de la amnesia de su derrota y de los elementos que la soportan.

Toda la historia se escribe desde los intereses del presente y trata de justificarlo. Quienes ocupan las posiciones hegemónicas en una sociedad son, normalmente, los herederos de sus victorias históricas y su historia es, en general, una justificación de su estatus. La historia, toda la historia, se construye mediante la selección de algunos hechos del pasado y su importancia e interpretación se realiza desde los intereses del presente, de modo que puedan justifica su dominio.

Para los derrotados, la memoria proporciona la posibilidad de seleccionar como hechos relevantes del pasado otros, olvidados en la historia oficial, o, por lo menos con una interpretación diferente. Como afirma Raymond Aron (1964): El pasado no está definitivamente asentado más que cuando no hay porvenir. Quienes someten y quienes son sometidos no tienen la misma historia. Los intentos de reescribirla son continuos.

Afirmaba Koselleck (2010)

’Que hay que reescribir de vez en cuando la historia mundial es algo de lo que seguramente ya queda ninguna duda en nuestros días’ escribía Goethe. ‘Pero tal necesidad no procede, por ejemplo, del hecho de que numerosas cosas pasadas hayan sido descubiertas, sino de que llegan perspectivas nuevas, de que el contemporáneo de un tiempo de progreso es conducido a un punto de vista (Standpunkt) a partir del cual se puede ver y juzgar el pasado en su conjunto’.

Y en este sentido, Edward Said (2004) era contundente cuando expresaba que la escritura de la historia es el mejor camino para dar la definición de un país. Y, a continuación, la identidad de una sociedad es, en gran parte, función de la interpretación histórica.

Gestión de la memoria

Casi parece hecho a propósito. Como preludio y ensayo de las conquistas americanas, Castilla conquistó y ocupó las Islas Canarias a finales del siglo XV. A modo de resultado de ello, encontramos uno de los ejemplos más claros de la capacidad de manipular y consolidar no sólo la historia –ellos la escriben- sino, también, la memoria. En la Isla de Tenerife, al norte del Teide, existen dos pueblos que llevan en su nombre el topónimo de origen guanche “Acentejo”. Uno es “La Matanza de Acentejo”; junto al que se encuentra “La Victoria de Acentejo”. Conmemoran dos batallas: una ganada por los guanches ante los invasores españoles (1494), la otra, a la inversa, por los españoles frente a los guanches (1495).

Canarias no es un Estado independiente y es una nación sometida a España. Por lo mismo no es difícil saber qué nombre corresponde a cada batalla. Las dos son historia, las dos tienen un fuerte contenido memorial, pero el uso de la memoria está determinado por quienes vencieron y hoy dominan. Por eso, en el uso oficial, la matanza es lo que hicieron, primero, los guanches y la victoria es lo que, después, hicieron los españoles. Hoy los guanches han perdido por completo su lengua y su estructura cultural, social y política. Los españoles tienen todo eso en plenitud a través de su Estado y, por supuesto, la capacidad de gestionar la “memoria” de los propios descendientes de los guanches del siglo XV.

La actuación española durante el Barroco, época de la conquista y sometimiento de los pueblos americanos, está repleta de este tipo de acciones. Lo que sucedió posteriormente es que estos pueblos se emanciparon, por lo menos los criollos, durante el siglo XIX y esos aspectos históricos y memoriales fueron cambiados en gran parte. La nación Canaria continúa colonizada.

El uso de los monumentos o de los nombres que designan lugares y calles cuando hacen referencia a personas o hechos “históricos” no es nunca aséptico. Siempre tiene una connotación –positiva- relacionada con la visión de quienes otorgaron el nombre o el uso correspondientes. Y su función es memorial. De modo inconsciente o banal, pero con una intención de conformar el imaginario colectivo de la sociedad subordinada, de la memoria que constituye su identidad.

Por lo mismo, Iñigo de Loiola tiene un monumento en Iruñea. Representa un momento de la gestión de la memoria llevada a cabo por quienes conquistaron y ocuparon Navarra. Manifiesta el interés de quienes lo erigieron (1950) o lo reconstruyeron (2005). Se trata siempre de ocultar o tergiversar la memoria de los sometidos. En el primero se explicaba (parte de) la historia pero se humillaba la memoria de los navarros. En el segundo, lograron ocultar todo: historia y memoria. Pero eso es imposible.

En la historia, si no se investiga y expone otra más seria, más objetiva, prevalece la académica, la oficial, en este caso la de una Navarra desgarrada por conflictos internos y por las “apetencias” francesas que Castilla-España vino a “rescatar” y “recuperar” para llevarla al “buen camino”, al de su destino histórico unido al del resto de la monarquía hispánica. Por arte de birlibirloque desaparece la historia de un Estado europeo que durante muchos siglos fue modelo de organización social y política y lo convierte en un apéndice regional de España. Y con otra perspectiva, al norte de los Pirineos, de Francia.

En el campo de la memoria no existen tierras de nadie. Si los vencidos no se esfuerzan por preservar la suya acabarán –Benjamin dixit– derrotados en una segunda, y tal vez definitiva, ocasión.

Por eso es más grave la apropiación de la memoria que la de la historia oficial. Mientras la historia se sigue escribiendo permanentemente, la memoria perdida resulta mucho más difícil de recuperar. La pervivencia de la memoria y su capacidad de movilización social son elementos fundamentales para una reescritura de la historia desde los intereses de los derrotados. Y para la reparación de ofensas y agravios sufridos, para construir la justicia.

Coda

La memoria es subjetiva y resalta la visión de los hechos o lugares que una sociedad considera relevantes en la formación de propia identidad, de su personalidad. La memoria, como dice Balcells, en la antigüedad se basaba en los mitos y en la Edad Media en las leyendas. En la modernidad debe soportarse sobre la historia. En una historia apoyada sobre los requisitos de método que la convierten en una ciencia social. De este modo adquiere un mayor grado de objetividad.

La memoria de las sociedades, de forma análoga a la de las personas, es la base de su identidad, les permite permanecer a lo largo del tiempo y afrontar los diversos avatares que encuentran en su camino y, sobre todo, les capacita para diseñar proyectos de futuro. Sin memoria no hay identidad, sin identidad no hay cohesión social y sin ambas no hay proyecto. El proyecto, los proyectos, es, son, la clave de cualquier sociedad. Son garantía de vida, de ilusión y de perspectivas de un futuro justo y atractivo.

BIBLIOGRAFÍA

Aron, Raymod. “Dimensions de la conscience historique”. Paris 1964. Editions Plon

Balcells, Albert. Introducción del libro: Pujol Enric & Queralt Solé (eds.)  “Una memòria compartida. Els llocs de memòria dels catalans del nord i del sud”. Catarroja 2015. Editorial Afers

Koselleck, Reinhart.

«L’expérience de l’histoire». Paris 1997. Gallimard/Éditions du Seuil

«historia/Historia». Madrid 2010. Editorial Trotta

Löwy, Michael. “Walter Benjamín: Avertissement d’incendie. Une lecture des thèses ‘Sur le concept d’histoire’ ». Paris 2001. Editions Presses Universitaries de France (PUF)

Mate, Reyes. «Medianoche en la historia». Madrid 2006. Editorial Trotta

Oyarzún Robles, Pablo. “Walter Benjamín. La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia”. Santiago de Chile 2009. LOM ediciones

Said, Edward. http://www.rebelion.org/noticias/2004/9/4674.pdf

[i] Tesis sobre el concepto de historia. Publicadas en 1942. Bibliografía; Löwy Michael (2001),  Mate Reyes (2006), Oyarzún Pablo (2009) y http://www.bolivare.unam.mx/traducciones/Sobre%20el%20concepto%20de%20historia.pdf

Publicado en la revista Herria 2000 Eliza. 260. zk. 2016

 

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LA MEMORIA DE LOS OTROS

Caminar, hoy, por la capital del reino de España, Madrid, me induce con frecuencia sensaciones familiares. Mi etapa de estudiante me permitió, como dicen los franceses, flâner –vagar, sería una traducción aproximada al español- por muchos barrios madrileños. Era el final de los años 60 del pasado siglo y Madrid acababa de alzar cabeza tras una triste posguerra, a pesar de haber salido vencedores en la contienda quienes de ella se reclamaban. Había dejado de ser el “poblachón manchego” que, según Mesonero Romanos, fue y, con bastante sufrimiento para mucha gente, se iba organizando como una ciudad moderna.

Todavía podías deambular por un “barrio dentro de otro barrio”, como era el Barrio de Pozas en Argüelles, junto a la calle de la Princesa, donde hoy se erige el clónico edificio de El Corte Inglés de Princesa. Fue derribado en 1972 por obra de algún alcalde “ilustrado”, en este caso el inefable Carlos Arias Navarro, el carnicero de Málaga, y posterior ilustre gobernador civil de Navarra (1954-57) como sucesor del también famoso Luís Valero Bermejo. El barrio estaba constituido por 21 edificios levantados en 1860 por el arquitecto Cirilo Urribarri.

En un recorrido por Madrid el caminante se encuentra muchos otros nombres de comercios que corresponden a apellidos o, en menor medida, nombres de indudable origen vasco. De mis paseos de aquellos años tengo en la memoria, en una calle, cuyo nombre no logro recordar, próxima a San Bernardo y Malasaña, un comercio de tintorería o de limpieza cuyo nombre era Birgin Selva.

Si nos fijamos en los nombres de calles o plazas se puede encontrar, siguiendo desde San Bernardo por los antiguos bulevares, la Glorieta de Bilbao. De ella parte una calle que lleva por nombre Luchana. Continuando por bulevares en dirección al Paseo de la Castellana se encuentra, hacia la izquierda, la calle de Monte Esquinza. También existe en Madrid una calle Oroquieta. ¿Qué tienen en común Bilbao, Luchana, Monte Esquinza, Oroquieta? Todos designan batallas de las guerras carlistas. De forma curiosa no se encuentra ninguna calle que haga mención a Oriamendi, Abárzuza o Lacar; ni tan siquiera a Arguijas. ¿Por qué unas sí y otras no? ¿De qué atributo participan las primeras que no lo hacen las segundas? ¡Premio! Que todas son victorias liberales en cualquiera de las dos guerras del siglo XIX. No hay una que haga mención a una victoria carlista.

Algo muy semejante sucede si indagamos nombres de próceres, militares, eclesiásticos o civiles, del mismo siglo que tienen calle en la Villa y Corte española. Encontraremos Espartero, Oráa, Fernández de Córdoba y, por supuesto, Espoz y Mina. Ninguna referencia a Zumalakarregi, Egia o Villarreal, de la primera guerra o Dorregaray y Elio, de la segunda. Sí la tiene en cambio Rafael Maroto, el traidor, según la opinión de los carlistas.

La historiografía española oficial ha marcado dos campos perfectamente definidos: liberales (progresistas, laicos etc.) frente a carlistas (reaccionarios, meapilas etc.). La gestión de esta memoria se ve perfectamente reflejada en el callejero de Madrid. Todas las calles que representan hechos bélicos de esa época, batallas o militares, rememoran las victorias ya citadas: Bilbao, Monte Esquinza, Archanda, Luchana…. En este sentido, parece que el actual Ayuntamiento de Madrid quiere eliminar de su nomenclátor la “calle Montejurra”. Curiosamente, en la segunda guerra Carlista hay dos batallas en esta montaña: una en noviembre de 1873, con victoria carlista, y otra en febrero de 1876, con victoria liberal. ¿Por qué la quiere suprimir? ¿Por si pretendía conmemorar la victoria carlista en lugar de la liberal? Como no saben cuál es, se quita y tira millas.

Es evidente que, para la gestión de memoria que ejerce el Estado español, no hay dos bandos en ‘una guerra civil’ en la que el conflicto se dirime entre dos bandos igualmente nacionales. Los éxitos carlistas simplemente no existen. Para esta gestión memorial, las victorias liberales se asocian a lo nacional, a España. Sus derrotas (victorias carlistas) no existen. El ejército vasconavarro representa el otro, el enemigo nacional. Sus triunfos se borran de la memoria.

Está claro que los vasconavarros de hoy -malos, separatistas- no formamos parte del imaginario nacional hispano. Nos excluyen de su memoria. La nuestra es otra. Bueno sería que tomáramos nota.

Publicado en EUSKAL MEMORIA

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VIAJE DE UN NAVARRO POR LA REBELIÓN CATALANA

 

Transcripción de la conferencia pronunciada por el autor en el Centre d’Estudis d’Altafulla el 28 de noviembre de 2015.

INTRODUCCIÓN

En los últimos años se ha producido una inversión en la perspectiva que tienen la nación vasca y la catalana entre sí. Hasta hace pocos años, era el pueblo catalán el que se encontraba entusiasmado con el “valor y capacidad” del pueblo vasco frente al Estado español. Y lo comparaban con su propia pretendida inoperancia y ajuste al sistema autonómico surgido de la “transición” mal llamada democrática. La “radicalidad” vasca se reconocía en Cataluña como un modelo de lucha y oposición a tal acomodo y pasividad. Esta visión se complementaba, desde el País Vasco (*), con un cierto “menosprecio” de la “flojera” catalana por su aceptación poco crítica de la organización autonómica del Estado español.

Hasta hace algún tiempo existía en Cataluña una especie de admiración, incluso un “enamoramiento”, de cómo se llevaba en Euskadi la lucha contra el Estado español. Se centraba sobre todo en la actividad de ETA. Existía una especie de fascinación, por sus atentados, sí, pero sobre todo por su capacidad de movilización. Podía más una aparente radicalidad que una realidad que ha ido desapareciendo como humo al terminar los fuegos artificiales. Esta simpatía se mantuvo alta hasta el atentado de Hipercor en 1987, momento en el que empezó paulatinamente a decaer.

Hoy nos encontramos en la situación inversa. Ya hace varios años que los catalanes han iniciado un proceso, serio en principio, hacia su emancipación, hacia su constitución como Estado independiente. Nosotros, en cambio, parece que estamos en una fase acelerada de integración y recuperación dentro del autonomismo y cada vez más alejados de cualquier proceso real hacia la independencia.

En este trabajo intento reflexionar sobre paralelismos, semejanzas y diferencias, entre el actual proceso catalán y un hipotético proceso vasco hacia la independencia y de los caminos por los que han transitado ambas naciones en los últimos tiempos. También proponer, a modo de hipótesis, algunas razones que los expliquen. Y, sobre todo, cómo se percibe desde Vasconia el actual proceso catalán.

Hay evidentes semejanzas entre la sociedad catalana y la vasca. Son dos naciones con lengua propia a las que el absolutismo castellanizante del Estado español ha intentado castrar y asimilar. Son dos países con una cultura social de cooperación muy rica y distinta de la “castellana” adoptada después por la española. Son dos pueblos en los que el trabajo ha sido considerado históricamente como un valor positivo. La cultura del esfuerzo y la superación es común a ambas sociedades. En ambas, el mundo asociativo es abundante: el trabajo comunal, auzolan entre los navarros, sardanas o dantzas, coros, grupos de montaña y excursionismo etc.

Hay un hecho social común a una y otra nación en esta etapa. Se trata de la fortísima inmigración española a las zonas industriales de ambas, sobre todo en la etapa del “desarrollismo” de los años sesenta del siglo pasado. Más precoz en el tiempo, anterior a la guerra del 36, y más fuerte en intensidad hacia Cataluña que hacia Vasconia. En ambos casos han sido situaciones no controladas desde la propia sociedad receptora. Son migraciones masivas de población utilizadas, en muchas ocasiones, por el Estado matriz con una función nacionalizadora en su favor.

CATALUÑA

Entre los precedentes intelectuales de la reciente eclosión independentista a nivel popular se encuentra el libro de entrevistas “Jo no soc espanyol” publicado, en su primera edición en 1999, por Víctor Alexandre. La obra consiste en un conjunto de entrevistas a personas de prestigio que se reconocen sin complejos como “no españolas”.

El malestar generalizado por el déficit fiscal de Cataluña frente al Estado español, el abandono sufrido por sus infraestructuras por parte del mismo, la presión cada vez más fuerte en contra de la lengua propia de Cataluña y el sistema de inmersión lingüística, condujeron a un intento de blindar su situación dentro de Estado español mediante un nuevo Estatuto de autonomía en 2006. La escandalosa sentencia de 2010 del Tribunal Constitucional español sobre el mismo –su “cepillado”, según el inefable Alfonso Guerra- fue la gota que colmó el vaso.

A partir de ese momento se desencadenó un proceso que parece imparable. Un movimiento que hasta esa fecha era difusamente independentista, expresado muchas veces con expresiones federalistas o de exigencia de mayor autonomía, dio un salto cualitativo y se tornó independentista por completo. Se produjeron hechos auténticamente rompedores. Las votaciones a favor de la independencia iniciadas en Arenys de Munt en 2009, seguidas por otras análogas en casi todas las poblaciones del Principado, incluyendo Barcelona; las manifestaciones multitudinarias de los últimos 11 de septiembre. Las cuatro últimas diadas del 11 de septiembre lo expresan y remachan con claridad.

La eclosión independentista fue fulminante, pero estaba soportada sobre un trabajo soterrado y silencioso de muchos años. Prácticamente desde el final de la guerra en 1939, con la derrota consiguiente, comenzó la recuperación. Una cumbre de la insumisión se alcanzó con la consulta, ilegal, del 9N de 2014. Esta consulta se realizó ante la presión de la sociedad civil, por decisión del propio presidente de la Generalitat autonómica, Artur Mas. Mas ha sido el único dirigente político de alto nivel, procedente del mundo autonomista y con responsabilidad en el régimen actual, capaz de expresar la trascendencia del proceso catalán como un proceso de emancipación “nacional”. El éxito de esta votación, reitero, “ilegal” fue tremendo. Participaron algo más de 2.200.000 personas, de las que aproximadamente 1.800.000 votaron ‘sí+sí’, es decir a favor de la independencia. La “conversión” de Mas al independentismo ha arrastrado al mundo “moderado” de Convergencia Democrática de Cataluña y ha permitido situar la reivindicación de la independencia en el corazón de las clases medias del Principado. Las elecciones del pasado 27S han sido el siguiente paso.

El proceso catalán no ha surgido de la nada, no ha sido una creación de los últimos diez años. Desde que apareció el pensamiento nacional catalán moderno a mediados del siglo XIX, y hasta la fecha actual, ha existido un profundo movimiento cultural de base, trabajado con ahínco, con la necesaria discreción cuando la situación exterior lo requería, desde la propia sociedad civil catalana.

Tras el eclipse forzado de los primeros años del franquismo, en el Principado de Cataluña se produjo, no sin dificultades, una progresiva convergencia entre la intelectualidad exiliada y las personas y grupos que habían permanecido en el interior. Cuando pudo cuajar, la colaboración entre ambos sectores dio frutos muy positivos. A nivel de personas, sociedades culturales, revistas, editoriales etc. La universidad promovió un importante conjunto de profesores, sobre todo en el ámbito de la Historia, que fueron fermento de una fuerte toma de conciencia nacional. Esta última característica también fue compartida, en parte, por la universidad del País Valenciano.

La sociedad civil catalana lleva muchos años trabajando sobre las cuestiones básicas que soportan el reconocimiento nacional de sus gentes. Omnium Cultural funciona desde 1961. Su objetivo inicial era la recuperación y normalización del catalán. Su constitución supuso un hito de gran importancia. Con un pequeño lapso entre 1963 y 1967, en el que siguió su tarea en la clandestinidad, ha trabajado incansablemente por la lengua, historia y cultura de Cataluña. Hoy en día es uno de los elementos punteros de la sociedad catalana en pro de su emancipación.

Pero no es sólo Omnium. En Cataluña la red de centros asociativos culturales ha sido y es de una amplitud inimaginable. Un ejemplo claro y manifiesto es Altafulla, donde existe un “Centre d’Estudis” con unos 300 socios para una población de… 4.000 personas. Con actividades de todo tipo: publicaciones, conferencias, viajes culturales, excursiones etc. Y en la misma población hay un Ateneu de dones, el grupo de castellers, la agrupación de bastoners, un cine club…

La potencia de la sociedad civil catalana propició en 2011 la confluencia de varios grupos y personas a favor de la consecución de la independencia del Principado de Cataluña y se constituyó a Asamblea Nacional Catalana (ANC) con una estructura suprapartidista, al margen de los mismos y con gran implantación social.

Si de algo se han preocupado los catalanes en los últimos cien años, tal vez alguno más, es por establecer una narrativa nacional, aceptada por el conjunto de la sociedad que se siente catalana, por el “pueblo catalán”. En el establecimiento de este relato se han ido clarificando conceptos como el de Países Catalanes, con el Principado de Cataluña, el País Valenciano, las Islas, etc. como elementos constituyentes. Una nación cultural con tres estados históricos diferenciados. La labor se desarrolló tanto desde instancias universitarias como estrictamente civiles concretada sobre todo en la gran aportación intelectual de personas como Joan Fuster y otros muchos.

En cierta ocasión Josep Lluis Carod Rovira escribió que “una nación es un relato”. Y en Cataluña se ha establecido este “relato”. Para conformarlo, los catalanes se han acogido a donde hay que recurrir: a la historia y a la memoria. Un relato es el único modo de ser capaces de proyectar una nación hacia su futuro. Una nación se caracteriza por tener su propia memoria, un “relato” compartido en el que se sienten incluidos sus miembros y les permite imaginar, proyectar y construir su porvenir.

El relato implica tanto los mitos originarios, como los símbolos; los personajes históricos y los lugares y paisajes representativos. Son los lugares o paisajes de memoria. Es una narración que expone y explica el desarrollo histórico y que permite abocarse al futuro sustentados en un soporte firme. La narración de la historia, el relato, siempre se hace desde los intereses del presente y, siempre también, mirando al futuro, pero con base en la historia y la memoria colectivas.

Ante la imposibilidad legal, dentro de la legalidad española, de realizar un referéndum para confirmar una nueva legalidad catalana asumida como legítima, se acordó un plan, apoyado por los partidos políticos partidarios de la independencia del Principado, consistente en unas elecciones autonómicas al Parlamento de Cataluña transformadas en plebiscitarias a favor del proceso hacia la independencia. La formación de Junts pel Sí, una inyección de optimismo para el proceso, constituyó una noticia acogida con un cierto optimismo desde el País Vasco. Su candidatura junto con la de la CUP, fueron consideradas como elementos básicos para la consecución del mismo. La victoria de las dos fuerzas favorables la independencia representó un aspecto positivo para el proceso de desconexión con España. No obstante, todavía se deben resolver muchas incógnitas.

¿Y LOS VASCOS?

EL RELATO

En abril de 2015, Eneko Bidegain publicó en el diario Berria, una interesante reflexión sobre las múltiples y contradictorias formas de narrar, contar o explicar qué y cómo es nuestro país. Bidegain planteaba cuestiones tan simples cómo cuál es el monte más alto o el río más largo de Euskal Herria o, lo que ya es el colmo, cuál es su capital. Evidentemente las respuestas son distintas según el entorno en el que se realice la pregunta o la perspectiva desde la que se haga. Bidegain denunciaba esta carencia de perspectiva global como nación, esta ausencia de relato.

Nuestro país se muestra como un País sin nombre, sin capital y sin historia. Casi sin territorio definido. La mayor parte de las historias que se escriben están hechas desde la perspectiva de sus conquistadores y dominantes. Sobre el nombre ya se ha dicho bastante (*). Su territorio, al no tener un Estado, también está sujeto a continuos debates. Sobre su capital, se podría escribir mucho. Todo esto produce un enorme tedio entre los que nos sentimos vascos y tenemos una conciencia clara de pertenencia a nuestra nación. Pero sufrimos una realidad institucional y administrativa que nos pone muy difícil el vivirlo día a día con normalidad.

Las emisoras de radio y televisión, el resto de medios de comunicación, el sistema educativo, nos insisten con pertinacia en divisiones como el País Vasco y Navarra, con alternativas como España y Francia. En ocasiones se hablará de Iparralde, en muchas otras de Francia a secas, pero casi siempre de Navarra y Euskadi. Por otro lado, Nafarroa aparece como un herrialde, una región o un territorio, más de Euskal Herria, Navarra como una comunidad autónoma del reino de España etc. etc.

El artículo de Bidegain constituye una buena exposición de los hechos, un diagnóstico acertado, de la desazón que, a muchos, nos produce esta suerte de esquizofrenia a varias bandas sobre nuestra identidad, pero no va más allá. Le falta el punto de análisis histórico del proceso que nos ha conducido a la incómoda “realidad” actual. No se explica el porqué de este troceo, de esta división en ámbitos distintos que, muchas veces, reclaman el mismo nombre. No se expone la evolución histórica que nos ha traído hasta donde estamos hoy. Tampoco se denuncian los objetivos políticos perseguidos por los estados que nos ocupan para seguir ejerciendo su dominio bajo el disfraz de “democracia”, “mayorías y minorías” ni los medios que utilizan con descaro, impunidad y prepotencia.

El intelectual palestino, fallecido en 2003, Edward W. Said en uno de sus trabajos fundamentales titulado “Orientalismo” (1978) afirmaba:

“Inglaterra conoce Egipto, Egipto es lo que Inglaterra conoce; Inglaterra sabe que Egipto no es capaz de tener autogobierno, Inglaterra confirma que, al ocupar Egipto, Egipto es para los egipcios lo que Inglaterra ha ocupado y ahora gobierna; la ocupación extranjera se convierte, pues, en ‘el fundamento principal’ de la civilización egipcia contemporánea: Egipto necesita –de hecho, exige- la ocupación británica”.

Si en la cita de Said sustituimos Inglaterra por España (y Francia) y Egipto por Vasconia, Navarra, País Vasco, Euzkadi, Euskadi…, lo veremos todo más claro. Nuestra nación es, con frecuencia, para nosotros lo que España (y Francia) han ocupado y ahora gobiernan, la dominación extranjera se convierte en el fundamento principal de la civilización vasca. Nuestra nación necesita –de hecho, exige- la ocupación hispano-francesa para reconocerse.

El colonialismo, la conquista, la ocupación, establecen como relato único el suyo propio. Quienes desde la nación dominada niegan la necesidad de un relato propio incurren, al igual que los que se dicen “no nacionalistas”, en la aceptación acrítica del relato del colonizador, del conquistador, del ocupante. Es el asunto recurrente del “nacionalismo banal”. El dominante, no se nota, no se ve, es “banal”. Su relato es aséptico, el otro relato, el propio, es “político” o, por lo menos politizado.

Navarra, Euskal Herria, es el único país que conozco en el que son legión los que afirman que la historia “no vale para nada”, que lo único que importa para la reivindicación de independencia es la “voluntad” de la sociedad del presente. Resulta una afirmación pueril. Una auténtica “petición de principio”. No responde a la cuestión primera, anterior y principal: ¿por qué esta sociedad quiere ser independiente?, ¿por qué manifiesta esa voluntad? No parece muy probable que sea por inspiración directa del Espíritu Santo. Se “olvida”, consciente o inconscientemente, su memoria y su historia.

Sin un relato propio (**), con sus mitos, símbolos, personajes, lugares de memoria, paisajes etc. Como ya se ha dicho anteriormente, sin una memoria sobre el acontecer histórico reconocida por la comunidad como propia, no se puede hablar de nación.

LA FRACTURA DE LA GUERRA DEL 36

Tras la guerra de 1936, la resistencia organizada por los partidos en el interior del Estado español se limitó a actos simbólicos de “oposición” al franquismo. No es el momento de exponer la oposición catalana al fascismo español, pero en Vasconia se produjo una fuerte oposición de masas al mismo expresada en la calle como huelgas y otras manifestaciones, también en los primeros Aberri Eguna (1964 y 1965 sobre todo), todavía no manipulados por los partidos políticos. Esto denotaba una gran fuerza social de oposición al régimen, pero se trataba de una fuerza no cualificada políticamente.

La “oposición” ordenada al régimen, el PNV, fue abandonando de modo progresivo su exigencia “nacional” ante la etapa renovadora prevista tras la muerte del dictador. Cuando ésta aconteció, se integró sin mayores problemas en el sistema surgido de la “transición” con la consiguiente aceptación de la “unidad indisoluble de España” y del “pueblo español” como único depositario de la soberanía de su nación -constitución real-, en la que nos incorporaban por las buenas o por las malas. Aceptó la constitución –formal– de 1978, el modelo autonómico y la partición en espacios administrativos y políticos distintos para la CAV (Euskadi, País Vasco o como se quiera llamar) y la CFN (Navarra o como deseemos decir). Hubo una fraudulenta apropiación de nombres (y, por ello, de identidades), apenas discutida y aceptada con pocas protestas.

ETA: UNA FUERZA DESVIADA Y, AL FINAL, PERDIDA

ETA nació como un movimiento de regeneración frente al nacionalismo clásico, anquilosado y colaboracionista, del Partido Nacionalista Vasco. Intentó revitalizar la dirección de un movimiento que tenía una amplia base social y una indiscutible fuerza. Logró importantes victorias tácticas como el atentado contra Carrero Blanco o la paralización de la construcción de la central nuclear de Lemoiz, próxima a Bilbao. Encabezó grandes movimientos de masas y se situó como elemento simbólico referencial de la oposición vasca al fascismo español.

Su perspectiva política estaba limitada por sus referentes tercermundistas. La debilidad de algunos de sus planteamientos teóricos, sobre todo la dualidad problema “nacional” frente al “social”, propició una serie de rupturas internas –españolistas frente a abertzales– de las que surgieron grupos como el Movimiento Comunista de España (MCE), la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) y otros posteriores. Su núcleo central siguió apostando por la reivindicación fundamental de la independencia, pero un mal cálculo de la relación de fuerzas en el plano de su capacidad militar y un conjunto de errores, como, el atentado de Hipercor o el asesinato de Ernest Lluch, hicieron que paulatinamente una inicial simpatía y apoyo fuera derivando a un rechazo, desde España, lógicamente, pero también desde Cataluña. La propia actuación de ETA puso en bandeja al Estado español su victoria en la guerra de la propaganda.

ETA representó la máxima expresión simbólica de la oposición vasca al fascismo. Su progresiva intención de erigirse en una vanguardia que, en lugar de potenciar y cualificar desde el punto de vista político, la demostrada capacidad de movilización social, fue sustituida por acciones violentas cada vez más alejadas del activismo independentista. Muchas personas abandonaron su protagonismo opositor en movimientos de base para cederlo en manos de la pretendida “vanguardia”. En numerosos casos se pasó de un análisis crítico de la realidad, para su transformación, a un puro seguimiento de la consigna. Al final el protagonismo de la lucha popular se transfirió a la organización armada con abdicación de la responsabilidad de las organizaciones locales, de los movimientos sociales, de las asociaciones culturales etc. Todo se subordinó a la lucha de ETA. El discurso quedaba en sus manos y también la última palabra.

Cuando llegó el momento del reflujo, cuando –ya demasiado tarde- ETA vio su guerra totalmente perdida, la vanguardia se hundió. Y la vanguardia que siempre había defendido la unidad de la nación vasca, cedió a la presión del régimen y se acomodó, también sin graves problemas aparentes, a los tres ámbitos de decisión acatados desde el principio por las burocracias que manejaron la “transición” en el ámbito vasco dominado por el Estado español -CAV y CFN-, más los territorios vascos bajo el francés. La aceptación de un relato en el que aparecen como los violentos creada desde la propaganda española, relegando toda la violencia real -física, coercitiva como amenaza y simbólica- ejercida a partir de 1936 y hasta hoy por el Estado español, es una derrota del conjunto de la nación vasca. Y en ello estamos.

“PROCESO” VASCO, ¿”NO PROCESO”?

Hoy en día no existe, por lo menos no se percibe, un proceso vasco hacia la independencia. Este es un hecho reconocido por todo el mundo, y por supuesto desde Cataluña. En Vasconia se han producido algunos tímidos intentos de copia formal del modelo catalán sobre el derecho a decidir, pero sin ningún análisis de las respectivas realidades y diferencias sociales, culturales y políticas entre Navarra y Cataluña.

En el modelo burocrático español, partidos y sindicatos están al servicio de los dos estados dominantes. Su utilización para la emancipación es difícil sin un desenmascaramiento previo y exige una estrategia clara y bien definida, ya que de otro modo se entraría en una rápida dinámica de integración y recuperación en la única realidad que se percibe como posible: la autonómica.

La sociedad civil vasca no ha propiciado la creación de un movimiento realmente fuera del mundo de los partidos políticos en pro de su independencia, fuera del autonomismo. Sin ningún tipo de reflexión, algunas burocracias de partidos se han constituido en “soporte y garantía” del “ejercicio” de un derecho a decidir que no se plasma en ninguna estrategia practicable más allá de los meros deseos. Se trata de un proceso iniciado para decidir dentro de los marcos impuestos para nuestra sumisión y que no se cuestionan. Un verdadero proceso de emancipación nacional lo primero que, en mi opinión, debería hacer en nuestro caso es desenmascarar la realidad de subordinación que suponen los actuales marcos administrativos y políticos y su aceptación acrítica como camino a la libertad. En nuestro país no existe una reflexión previa sobre el sujeto del proclamado derecho a decidir. Esto es consecuencia principalmente de la ausencia de un relato en el que los vascos nos encontremos reflejados de modo sencillo y cómodo.

En Euskal Herria se percibió el “proceso” catalán en primer lugar con una gran sorpresa, al constatar la potencia social desarrollada en todos los ámbitos. Esto provocó, también al principio, una mirada distante, escéptica y en todo caso expectante. Más tarde se expresó una envidia inconfesada por la capacidad de movilización y su expresión en una estrategia, en una hoja de ruta hacia la independencia.

Posteriormente se manifestó la tendencia a un mimetismo acrítico para copiar las organizaciones y procedimientos empleados en el Principado. Sobre todo el uso de la idea del derecho a decidir o la constitución de un ente similar a la Asamblea Nacional Catalana (ANC). Todo ello sin haber hecho previamente los deberes imprescindibles, como son la definición del sujeto político y del relato sobre el que se soporta su memoria y proyección a futuro.

Una cuestión, fundamental, y que nos atañe directamente a los navarros, es cómo reaccionará el Estado ante la hipotética secesión catalana. Ya se han empezado a escuchar voces que cuestionan los sistemas de Convenio y Concierto económicos de nuestras haciendas forales. Todo esto se va a plantear abiertamente en un plazo muy breve. Si se consuma la secesión, el Estado español intentará paliar la pérdida de los 16.000 millones anuales del déficit catalán. Los vasconavarros tenemos todos los boletos para ser chivos expiatorios en este holocausto. Por supuesto, tras la vuelta de tuerca correspondiente al País Valenciano y a Las Islas.

Ante todo ello no se percibe ninguna reflexión realista y seria realizada desde nuestras supuestas fuerzas políticas y sociales. Ni partidos, ni sindicatos, ni asociaciones empresariales, ni instituciones han emitido opinión, documento, pensamiento u orientación algunos ante la situación catalana. Las universidades también callan y se dedican a mirar el ombligo de su autocomplacencia. En la calle se percibe un cierto nivel de expectación por ver cómo evoluciona y se resuelve el conflicto. Se mira como un espectáculo, no con gestos de apoyo y solidaridad. Reina un silencio que puede ser cómplice, por omisión, de las acciones que emprenda el Estado español contra Cataluña.

También se constata una aceptación pasiva y con frecuencia sin crítica de muchas de las intoxicaciones que desde el Estado español, sus medios y sus cloacas, intentan esparcir basura sobre las personas y grupos que lideran el proceso catalán. Se asumen sin problema las críticas a Artur Mas relacionadas con la corrupción. Se justifica con alegría fácil, sin profundizar, la negativa de la CUP a apoyar a Junts pel Sí para formar gobierno.

En esta tesitura parece que sería pedir demasiado una posición de solidaridad activa con el proceso catalán, como, por ejemplo, el inicio de un proceso de emancipación paralelo, que reforzara el catalán y agudizara una crisis profunda del Estado español. Y que permitiera la negociación favorable de la desconexión catalana o de ambas, simultáneas o sucesivas.

NOTAS

(*) NOTA 1.

SOBRE LA TERMINOLOGÍA EMPLEADA

Para referirme a la realidad vasca uso, sobre todo, los términos:

  • Vasconia. Término histórico que engloba los territorios que hoy en día se encuentran divididos administrativamente entre los estados francés y español y en este último en las Comunidades Autónomas de Navarra y del País Vasco.
  • Euskal Herria: Término clásico en lengua vasca para designar al conjunto de tierras que la hablan. Utilizado por autores de los siglos XVI y XVII (Pérez de Lazarraga, Leiçarraga, Axular, etc.). Engloba los clásicos siete territorios citados por Axular en su obra clásica Gero: “Nafarroa Garaia, Nafarroa Behera, Zuberoa, Lapurdi, Bizcaya, Gipuzkoa, Araba, y otros muchos lugares” (que también lo hablaban), como el Alto Aragón o el Bearne.
  • Navarra: Realidad política que designa al reino o Estado que los vascones crearon a principios del siglo IX tras las tres batallas en las que vencieron a los francos en Roncesvalles-Orreaga. La primera, en 778, es la más famosa pues en ella fue derrotado el ejército de Carlomagno y fue difundida por La Chanson de Roland. Comenzó como reino de Pamplona y a partir de la renovación de Sancho VI el Sabio y hasta 1841, de Navarra, en que dejó de tener validez jurídica y política. En la actualidad el término ha sido degradado para designar una Comunidad Autónoma del Estado español, la Alta Navarra, y en un territorio folclorizado dentro del la región de Aquitania en el francés, la Baja Navarra.
  • Euzkadi, con su posterior evolución hacia Euskadi, corresponde a la terminología inventada por los hermanos Arana Goiri para designar al país de los vascos como nación moderna. Rebajada posteriormente por la organización política y administrativa del Estado español para designar a las tres tradicionales Provincias Vascongadas.
  • Pays Basque, Basque Country, País Vasco, País Vasconavarro constituyen expresiones normales, utilizadas a lo largo de los siglos XIX y XX para referirse al mismo conjunto.

Para designar a la Cataluña estricta emplearé indistintamente la expresión “Principado de Cataluña” o “Cataluña”. Cuando me refiera al conjunto de la nación cultural hablaré de “Países Catalanes.

(**) NOTA 2.

NAVARRA, EL RELATO DE LA NACIÓN VASCA

El pueblo vasco fue capaz, en la Alta Edad Media a principios del siglo IX, de crear un Estado: el reino de Pamplona, que ya en el XII pasó a ser de Navarra. Y este es un hecho histórico de primera magnitud. Se ha inducido el olvido de su memoria, pero, además y sobre todo, se ha ocultado su ruptura y destrucción durante el siglo XII (con 1200 como fecha decisiva) por parte del reino de Castilla que, más tarde, se convertirá en España.

Esta realidad constituyente, que está en la base de nuestro mito originario -los mitos no son necesariamente falsos- es Orreaga: la victoria de los vascones sobre el principal imperio de época, el carolingio, cuyo ejército había destruido las murallas de su capital Iruñea-Pamplona tras su fracasada incursión sobre Zaragoza.

Los acontecimientos ocurridos en el entorno de 1200, intencionadamente ocultados, supusieron la ocupación de toda la parte occidental del reino de Navarra por Castilla, casi la mitad de su territorio y, sobre todo, la totalidad de su acceso al mar de Bizkaia, al Cantábrico, con todo lo que suponía de limitación a las industrias del mar –caza de ballena, pesca en general etc.- al comercio y a las relaciones internacionales. En suma, de empobrecimiento generalizado.

Como consecuencia de esa conquista y ocupación, Castilla comenzó a fortificar la línea de separación entre ambos reinos. La “muga” –luego denominada frontera de malhechores, por los permanentes conflictos que en su derredor sucedían- fue construida sobre un conjunto de villas protegidas por Castilla que conformaron un cordón comercial sí, pero principalmente sanitario, entorno a Navarra (Tolosa, Ordizia, Agurain, etc.)

Al mismo tiempo, Castilla comenzó a diseñar un sistema administrativo provincial, con un régimen jurídico-político basado, en buena parte, en las instituciones del Derecho Pirenaico, es decir navarro, pero que tenía como finalidad el fraccionamiento de la parte del reino conquistada y ofrecía un régimen capaz de oponerse con eficacia al de la Navarra independiente mediante la utilización de las diferencias nobiliarias entre los parientes mayores favorables a Navarra unos y a Castilla los otros. Las guerras banderizas constituyeron una prolongación de la guerra de conquista hasta que en el siglo XV se estabilizó el “sistema foral” vascongado con el triunfo de las villas y su asentamiento permanente bajo el poder real castellano-español.

En el relato colonial las provincias vascas son originarias. La teoría del pacto foral las constituye casi en estados federados voluntariamente a Castilla a cambio del reconocimiento de sus primitivos fueros. Este relato sirve básicamente para justificar la partición de nuestra nación después de las conquistas del siglo XII, para mantenerlo dividido y enfrentado internamente. No fueron pactos, fueron armisticios tras una derrota. Su heredero, el actual sistema provincial y autonómico, está basado en la conquista, la ocupación y el dominio y su finalidad indudable es mantenerlos separados y enfrentados y evitar el acceso de la nación vasca a su plenitud.

En el asalto definitivo de 1512 contra lo que permanecía como Estado independiente de Navarra, la organización política de las provincias vascongadas fue utilizada, con buenos resultados, para sus fines por las acciones militares y políticas del rey Fernando II de Aragón.

Tras la conquista y ocupación de 1512 hay básicamente dos relatos que explican o justifican el régimen especial por el que se administraron los diversos territorios navarros. El primero es el que se ha llamado paradigma foral que funciona desde Garibay, en el siglo XVI, hasta el jesuita Larramendi en el XVIII y los carlistas del XIX. El segundo, conocido como bizkaitarra, concebido por los hermanos Arana Goiri, está definido ya en buena parte en clave nacional. Según Arana Goiri, los vascos no somos ni españoles ni franceses, Euzkadi es una nación y tiene derecho a su independencia. No obstante, ambos paradigmas, el foral y el bizkaitarra, mantienen sin crítica la partición y subordinación que expresan las divisiones provinciales iniciadas en las conquistas del siglo XII. En la actualidad, en Vasconia, no existe debate, ni siquiera superficial, sobre la construcción de un relato nacional en el que todos los vascos nos pudiéramos sentir incluidos.

En la etapa de finales del siglo XIX y primer tercio del XX la sociedad vasca no se caracterizó precisamente por un alto nivel de pensamiento elaborado. En Cataluña hubo en esa época historiadores, escritores, músicos y artistas en general de alto nivel. También empresarios con iniciativa y una burguesía propia, una burguesía nacional, adscrita a un proceso de emancipación. En Vasconia, por el contrario, había ingenieros, técnicos, hombres de (pequeña) empresa… pero no existían, salvo algún músico importante como Ravel, Guridi o Usandizaga, grandes artistas ni intelectuales propios. Los “intelectuales” que desde el País Vasco ejercieron como tales, tenían una adscripción nacional no vasca, inequívocamente española. Incluso contraria a su reconocimiento nacional. Con motivo de la sublevación militar y la guerra de 1936, hubo un fuerte exilio de las capas populares, pero no lo hubo, no lo pudo haber, de personajes de nivel intelectual.

La pervivencia residual de las instituciones forales posiblemente propició la vitalidad del único aspecto en el se trabajó desde el País Vasco con pensamiento propio: el Derecho, privado y público. Hay que recordar su vigencia hasta el siglo XIX. Las fechas clave de su supresión son 1841, para Navarra, y 1876, para las Provincias Vascongadas,

Un elemento importante para poder explicar esta situación es la ausencia de universidades en Vasconia hasta una etapa avanzada del siglo XX. Fueron la universidad de Deusto en Bilbao, de los jesuitas, fundada en 1886 para formar ingenieros para la industria vizcaína, y la del Opus Dei en Pamplona, en 1952, para moldear sus elites, las primeras que funcionaron en Euskal Herria. Ambas anteriores a cualquier institución de este tipo patrocinada por el Estado español. En Cataluña, por el contrario, tras la derrota de 1714 y su supresión y traslado a Cervera, es en 1842 cuando se restablece la Universidad de Barcelona. En la ciudad de Valencia ha funcionado sin pausa desde 1499.

Pocas personas trabajaron con seriedad sobre los asuntos relacionados con la historia vasca desde una perspectiva nacional y global. Dos de las más importantes fueron ajenas al mundo académico. Tanto el vizcaíno Ortueta como el bajonavarro Narbaitz resaltaron la centralidad política de Navarra en el devenir histórico de Vasconia desde el siglo IX.

Acorde con esta perspectiva, a comienzos de este siglo surge Nabarralde con la intención de divulgar el mensaje de que es Navarra, el Estado creado por el pueblo vasco, la estructura política que ha dado vida y sentido histórico a nuestra nación, que lo ha nacionalizado. Que Euskal Herria denota su aspecto lingüístico y cultural y que Navarra lo hace en el plano político. Esto es también evidente en los planos económico y social. Según las tesis de Mitxelena y Zuazo, asimismo lo ha sido en el aspecto lingüístico.

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EL FUNDAMENTO DE LOS RELATOS

Contaba el argentino Feinmann la historia de aquel gaucho que exclamaba: “donde hay humo hay asado”, y corría detrás de una locomotora. Suele ocurrir. Los actos, decisiones y objetivos de los seres humanos se guían y deslizan sobre la visión que tenemos del mundo que habitamos. Pero hemos de estar atentos al relato que manejamos, no nos ocurra lo que al gaucho que perseguía la máquina.

El pasado 5 de marzo Joxan Rekondo publicó en Noticias de Gipuzkoa un artículo que precisamente llevaba por título “Relatos”. Un artículo bien planteado, positivo, empático, con un enfoque que supera los habituales enfrentamientos y descalificaciones con que confrontamos nuestra particular visión del humo del asado. En nuestro país, sostiene Rekondo, manejamos relatos de la historia que, a partir de determinadas circunstancias, nos han permitido existir y llegar hasta el presente, con dificultades, por descontado, dejando pelos en la gatera, pero vivos y con una considerable capacidad a estas alturas del siglo XXI.

En el conjunto de relatos de nuestro país podemos distinguir tres grandes grupos. El primero, el de las posiciones de los dos estados que nos tienen sometidos. Conforman la ideología general de ambos nacionalismos y, en este momento, discurso dominante, no creo que sea de mayor interés su denuncia.

El segundo corresponde al modelo autóctono. No se define directamente desde las instancias de poder, la monarquía o los estados español y francés, sino desde aquí. Acepta la subordinación del país vasco-navarro pero con la adición de una peculiaridad, que es el “pacto” que la justifica. Garibay fue su primer exponente. Garibay era un “intelectual orgánico” al servicio de los Austrias españoles en el siglo XVI y construyó la ficción del “pacto foral”. Su versión moderna la conforman los “foralistas” que aceptaron la (mal) llamada ley Paccionada de 1841. Si aquellos barros trajeron estos lodos, ese es el origen de los actuales “navarreros”, tras el tamiz de Víctor Pradera.

La tercera posición se sitúa en la defensa del país. Tiene variantes, tres fundamentalmente, pero todas se refieren al país con pretensiones de sujeto político. En algún momento hemos definido estas variantes como los tres “paradigmas” que nos permiten un acercamiento a la realidad actual de Vasconia y su proyección al futuro. Aquí es donde Rekondo sitúa su artículo. Expone las tres variantes con respeto, aunque se inclina a destacar los valores del foralismo guipuzcoano de Larramendi.

El relato “foral” de Larramendi es intenso y radical, dentro de lo que era posible en las concepciones políticas del siglo XVIII. Incluso afronta la posibilidad de configurar una “República de las Provincias Unidas del Pirineo”, una especie de traslado al Pirineo de las “Provincias Unidas de los Países Bajos“. El final del siglo XVIII y el XIX fueron testigos de los ataques directos al corazón del sistema que, dentro de la subordinación, había permitido la supervivencia del país. Y nos llevó a dos guerras de gran intensidad en las que la causa de la defensa foral se vio imbricada con intereses de otro tipo. Algunos espurios, como los dinásticos españoles o los religiosos; y otros reales, como el ataque a las propiedades comunales con el pretexto de la desamortización de “bienes de manos muertas”, sobre todo en manos de la Iglesia católica. La derrota en ambas guerras condujo a la desaparición del Antiguo Régimen.

Más allá de Larramendi, con la idea de superar la subordinación que el “orden foral” representaba para Vasconia, y en línea con las tendencias de su época, Arana Goiri propuso un planteamiento nacional del caso vasco. Con su neologismo “Euzkadi” denominó a una nación que debería tener su lugar como Estado al mismo nivel que el resto de naciones del mundo.

Sin ser nuevo, pues data de Arturo Campión y de Anacleto de Ortueta, se ha abierto paso entre nosotros otro relato que cita Rekondo en su artículo. Se trata de Navarra como expresión política del pueblo vasco, independiente durante muchos siglos. Este enfoque no pretende retorno alguno a situaciones pasadas, de tipo medieval o monárquico como dicen quienes lo menosprecian, sino que hace hincapié en la naturaleza universal y de reconocimiento internacional de nuestro pueblo, a través de su existencia en un Estado real.

Un relato con fundamento

Esta visión del país centrada en el Estado histórico de Navarra trata de complementar dos puntos de vista. Es decir, pone en valor la existencia real de un Estado vasco independiente, responsable a su vez de la nacionalización del pueblo vasco. En este sentido la tesis sociolingüística de Koldo Zuazo del primer euskera unificado alrededor del reino de Pamplona hacia el siglo XI ofrece un modelo de interpretación que sirve para muchos otros fenómenos.

Pero este relato presenta una enorme virtualidad de cara al futuro. Navarra representa la independencia vasca y en ello es un factor de gran importancia para los retos actuales. En clave nacional, territorial, de sujeto político… Como es bien patente en el caso del Estado español, las naciones sometidas no tienen perspectivas de futuro dentro del mismo. La alternativa a plazo medio es independencia o desaparición.

A diferencia de lo que nos plantea Rekondo, para situarnos en el presente tomemos un caso actual como modelo. Lo contemplamos en la conflictividad y urgencia de las recientes elecciones griegas. Con un panorama complicado, los dirigentes griegos se enfrentan a la Troika y discuten sus intereses en Europa con un manifiesto protagonismo. De tú a tú. Son sujeto de facto, y defensores acérrimos de sus intereses. Son Estado. Hoy, para ser sujeto político en el mundo, es imprescindible ser un Estado. En nuestro caso, por el contrario, por muchas alabanzas o pegas que le otorguemos al modelo autonómico, estamos sometidos al poder español (y por otra parte al francés) y ello es nefasto. No sólo porque ese poder corresponde a la dominación, la cultura del pelotazo, el subsidio y el compadreo de algunos estados mediterráneos. Sino también, y sobre todo, porque nos inhabilita para ser nosotros sujeto. Grecia también tiene sus problemas pero, al ser Estado, dispone de una capacidad de maniobra que a catalanes y vascos nos es negada de raíz. Puede negociar aunque sus fuerzas sean pequeñas. Nosotros, al no ser Estado, no tenemos ninguna.

Volviendo así al debate de los paradigmas, el principal fallo de la visión foral y de la aranista es el de no contemplar a nuestro país en su integridad nacional. Como sujeto unitario. En el mejor de los casos asumen una nación compuesta de siete naciones o, quizás, de seis. Algunos incluso las reducen a tres. No perciben que esa división, hoy consolidada en forma de “provincias”, “comunidades autónomas” o “trozos de departamento”, corresponde a particiones inducidas desde España y Francia, a lo largo de siglos, para provocar nuestra debilidad, a generar enfrentamientos internos y, a la larga, nuestra disolución e integración en sus respectivas naciones. El valor de la perspectiva navarra es que se presenta con mayor altura y capacidad de explicación y comprensión de nuestra trayectoria histórica, por lo menos desde el siglo VIII y coincide con la que ofrece una mejor proyección de futuro. El resto de visiones son parciales y en el fondo contradictorias: es el caso del bizkaitarrismo, el navarrismo, guipuzcoanismo… Al final, localismo y paletismo.

Rekondo ensalza el modelo de Larramendi y su loa a Gipuzkoa. Es evidente que los valores que describe Larramendi de su Gipuzkoa natal son ciertos, pero no debemos olvidar que Gipuzkoa es una construcción política de Castilla para hacer frente a una Navarra que seguía siendo independiente tras haberle arrebatado su franja marítima. Castilla creó Gipuzkoa para combatir a la Navarra Oriental que permanecía y cerrar sus vías de salida al mar de Bizkaia. Fue un instrumento que favoreció la desunión y desvertebración de la nación navarra.

Aunque estemos orgullosos de nuestras raíces, de nuestras gentes, y de considerarnos guipuzcoanos, vizcaínos o alaveses, nuestro proyecto de futuro debe encararse con una perspectiva nacional completa. Otra cosa es correr tras un humo incierto que, como al gaucho argentino, nos conduce a cualquier paradero indeseado.

Angel Rekalde – Luis María Martinez Garate

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