ZAZPIAK BAT Y NABARRA

“Hay que tener raíces y hay que tener alas” (Ramon Vilalta. RCR)

La nación, aquí y ahora, es un proyecto del siglo XXI, en el que nosotros, “gaurko euskaldunok”, construimos nuestro futuro mediante un instrumento que nos permita navegar en el difícil océano de la globalización: nuestro propio Estado. Eso poco tiene que ver con la “restauración” de estructuras políticas de los siglos XI y XII. En esos y otros siglos, una sociedad concreta –antecesores nuestros- tuvieron el coraje y la inteligencia de construir la herramienta que correspondía al momento: el reino de Navarra. Pero no es ése nuestro referente, sino otro, a menudo mal comprendido: el sujeto colectivo. Adaptado en cada época histórica a las condiciones concretas de su tiempo, pero sujeto agente, político, y no paciente como ocurrió tras las conquistas y como sigue sucediendo, desgraciadamente, ahora.

El sociólogo Odriozola Etxabe ha publicado en Naiz y Noticias de Gipuzkoa un artículo en el que deplora el pan-nabarrismo (por llamarlo de algún modo), calificándolo de simplista, torpe, desatino, anacrónico, mantra, y de ser primo hermano del navarrismo upenista. No queda claro si el citado sociólogo es capaz de definirlo correctamente; pero como sabemos a qué se refiere, le respondemos.

Dice el sociólogo que la referencia al territorio de Navarra no nos sirve pues sus fronteras fueron móviles. “El empeño de imaginar Navarra como un continuum territorial a lo largo del tiempo se estrella ante la evidencia de las discontinuidades históricas”. Parece que su interpretación de la memoria y del mundo no va muy lejos. ¿Qué pueblo, qué nación no ha visto sus fronteras alteradas en el transcurso de los siglos, sobre todo cuando, como en nuestro caso, han sufrido duros procesos de conquista y asimilación? ¿Polonia, Alemania, Grecia, Irlanda…? No es el territorio –a pesar de su importancia-, ni el rey, ni las fronteras, lo que da significado a la memoria, sino el colectivo; el sujeto político. Se trata, sobre todo, de un continuum político, humano. El continuum de un pueblo que se reconoce ante otros y construye una estructura política para ser independiente; para defenderse; para dotarse de una convivencia a tono con su cultura, su lengua, con sus intereses y sus designios. Es un sujeto en la historia, sujeto histórico y político.

Como estos razonamientos no parecen encajar en los esquemas del sociólogo (que no sabe qué es memoria histórica y qué proyecto de nación), intentaremos ilustrarle en las debilidades de su teorización, que no es de la época de Campión sino de la de Sabino Arana. Nos viene a contar que las fronteras del Zazpiak Bat son el futuro (‘lo sensato’ en una argumentación propia de Barrio Sésamo; tú torpe, anacrónico; yo listo, sensato). Es posible que se olvide de los inconvenientes de Trebiño, Truziotz, de Eskiula como espacios desencajados. Peor aún, los siete magníficos territorios atraviesan una frontera internacional, con el tajo convivencial y de grietas en los cimientos que eso supone; además de divisiones administrativas por autonomías, provincias, mancomunidades y otras fórmulas aún más difusas. Desvertebramiento interesado, del poder dominante, que el sociólogo hace bueno (y suyo). Si eso es un proyecto nacional de futuro, que baje Blas y lo vea; porque Epi ya se ha perdido.

Para información del sociólogo Odriozola Etxabe, añadamos que Zazpiak Bat es un derivado de historiadores hispanos (Garibay fundamentalmente), que pasó por un “Hirurak Bat” y un “Laurak Bat” antes del definitivo “Zazpi”, según la etapa histórica. Una reducción marcada por el imaginario castellanizante impuesto.

El proyecto que toma a Navarra por referente no es del siglo XI; todos los proyectos nacionales actuales son del siglo XXI; otra cosa es que tome como referencia a un sujeto político que viene del pasado; para proyectarse al futuro. Desde luego, ese proyecto se basa en nuestra voluntad; pero hay que construirlo, edificarlo, alimentarlo con autoestima y conocimiento. Desde el olvido y el desprecio de lo propio, difícilmente se construirá nada consistente y que no sea subordinado.

En Barrio Sésamo tampoco aparecía el concepto de memoria histórica y, sin embargo, es útil para conocer el presente, para rastrear en la historia, para dotarse de una conciencia crítica ante el constructo del poder, para saber cómo se ha erigido la realidad, sobre la injusticia y la dominación. Aporta cohesión social y sentido de pertenencia. Sirve, de paso, para reforzar el sujeto colectivo (otro concepto impropio de Barrio Sésamo) que nos permitirá afrontar con posibilidades de éxito, individuales y colectivas, el reto de la globalización. Y la violencia del dominio impuesto.

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

Leave a comment

Filed under Uncategorized, Nación, Estado, Relato, Memoria

UNA ENTREVISTA SOBRE LOS FUEROS

La Foralidad está presente en Navarra, los Fueros son un lugar de memoria, ¿qué presencia real tienen en nuestro ordenamiento?

Del Fuero existen dos conceptos sociales distintas. Uno es propio de las sociedades que se organizan dentro del sistema jurídico derivado del llamado Derecho Pirenaico; y otro, más generalizado, que hace referencia a modos de legislar otorgados por el poder real (de los reyes) ante determinadas necesidades de unas poblaciones concretas.

Ambas realidades están presentes en la memoria histórica navarra, pero la que se manifiesta como un verdadero referente de memoria está vinculada a la primera acepción. En la teoría y en la práctica toda la organización jurídica, privada, comunal y pública, y política de Navarra que no ha sido abolida y suplantada por las potencias conquistadoras y ocupantes, España y Francia, es decir, que permanece como propia, hace referencia al sistema foral, a los Fueros.

Uno de estos elementos forales es el convenio, un pilar de la autonomía económica. ¿Cómo encaja en la foralidad?

El Convenio económico es uno de los residuos del sistema estatal navarro, abolido con el Convenio de Bergara tras el fin de la primera Guerra Carlista.

La ley de 25 de octubre de 1839 dice en su artículo 1º: “Se confirman los Fueros de las Provincias Vascongadas y Navarra, sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía”; y en su artículo 2º: “El gobierno, …, propondrá a las Cortes la modificación indispensable que en los mencionados fueros reclame el interés de las mismas, conciliado con el general de la Nación y de la Constitución de la Monarquía…”. Determinados grupos de interés de la Alta Navarra acudieron a Madrid a “negociar” esta “conciliación”. El resultado fue la ley de 16 de agosto de 1841.

A partir de la primera ley, Navarra dejó de ser un “reino de por sí” en la práctica, y con la segunda, también en la teoría. La Alta Navarra pasó a ser una “provincia” más del Estado español, a la que se reconocían un conjunto de normativas que permitían, entre otras cuestiones, la recaudación y administración de determinados impuestos y el pago al Estado español de un Cupo anual fijo. Tras diversos avatares que pasaron por situaciones de gran conflictividad, como la Gamazada en 1893, se llegó a un acuerdo de actualización del Cupo de modo periódico, aunque en un principio fuera una cantidad fija.

Tal es el origen del actual Convenio. Es un resto de una soberanía arrebatada, que permanece como un medio de administración de los recursos recaudados, cierta autonomía económica.

Cuando hablamos de Fueros, ¿a qué nos referimos? ¿Cuál era su sentido original?

Ya he indicado antes el doble uso del término fuero. Los historiadores apologistas de Castilla y de España confunden las dos acepciones y endosan a los Fueros navarros el sentido de los fueros municipales de concesión real. Pero el Fuero navarro expresa el sistema jurídico-político completo de un Estado soberano: el reino de Navarra.

Los sistemas políticos basados en el régimen de Derecho Pirenaico respondían en su origen a la costumbre. No estaban escritos como una norma general aunque su vigencia, a partir de Sancho VI el Sabio, era sobre el conjunto del territorio del Reino. Tras el fallecimiento de Sancho VII el Fuerte, el reinado pasa a la Casa de Champaña, familia educada en los principios absolutistas de la monarquía franca. Ante esta coyuntura, la élite de Navarra tomó la iniciativa de escribir el Fuero y hacérselo jurar a los nuevos monarcas.

Si nos remitimos a la historia, ¿cómo entendemos la diferencia entre fuero municipal y fuero territorial?

Son dos tipos de leyes que responden a situaciones distintas por completo. El Fuero de Navarra (El Fuero general) es la expresión jurídica y política de un Estado soberano. El fuero municipal es una concesión de los reyes a determinadas poblaciones para facilitar el comercio o la industria. En Navarra estos fueros locales se hallaban también inscritos dentro de la concepción general del derecho Pirenaico.

¿Qué vinculación tiene el elemento foral con nuestra cultura, nuestra idiosincrasia, nuestra historia?

Lo que se conoce como Derecho Pirenaico responde a una cultura social, a una forma de gestionar las relaciones de poder, propiedad, uso y disfrute de los bienes de una sociedad, sean comunes, públicos o privados. La cultura pirenaica produjo un modo de gestionar las relaciones, conflictivas o no, que fue el Derecho Pirenaico. Primero la sociedad creó su derecho consuetudinario. A lo largo de la historia, mientras fue una realidad soberana, se puso por escrito –Los Fueros-. Cuando en 1200 la parte occidental de Navarra fue sometida por Castilla, esta cultura política produjo el sistema foral de las Provincias Vascongadas, inspirado en el modelo pirenaico. También Laburdi y Zuberoa bajo el dominio inglés hasta 1453 y francés después. La Alta Navarra, tras la conquista de 1512-1530, pudo adaptarse a un sistema subordinado, pero que mantenía, en lo posible, dichas bases.

Cuando llega la modernidad y Francia y España pretenden ser estados-nación, los hechos forales son una traba para la consecución de su unidad (de mercado, administración, etc.). El  Estado francés lo resolvió a través de la Revolución de 1789. El español, mucho más débil, lo intentó a finales del siglo XVIII y el primer tercio del XIX. La primera Guerra Carlista (1833-1839) fue la expresión de este conflicto. El desenlace, menos drástico que el modelo francés, ha permitido la supervivencia del Convenio y Concierto Económico de la CFN y de la CAV respectivamente.

Los Fueros son producto de una cultura –algunos dirían incluso civilización– pirenaica. Unas formas de entender las relaciones con la naturaleza, de construir el paisaje, de relaciones interpersonales e intergrupales (con grupos internos y otros venidos de fuera, como los francos). Son la plasmación legal de esa visión del mundo: naturaleza y sociedad. Los creó una sociedad de la que somos herederos y que nos ha ido configurando, de la misma forma que la hemos ido construyendo y adaptando, incluso en condiciones de subordinación.

Esta cultura ha facilitado que actualmente exista, junto con la lengua, el euskera, una conciencia nacional activa y con voluntad de futuro. Una voluntad de resolver mediante un Estado propio las necesidades y problemas que nos inquietan. La voluntad actual de independencia no procede de una inspiración sobrenatural sino de una cultura de largo recorrido y forjada en muchos conflictos. Los Fueros son un elemento clave de esta construcción.

Entrevista para Kazeta de Nabarralde. Número 115 (2017/02)

Leave a comment

Filed under Estado, Historia, Uncategorized

UNA DE MARXCHISMO

La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música (Groucho Marx)

En los últimos tiempos las páginas de Diario de Noticias de Navarra son escenario de un amplio debate sobre la guerra de 1936, la rebelión militar, el papel jugado por el Partido Carlista y, en general, su sentido histórico. Todo ello subsumido en un trasfondo, parcial y sesgado, sobre la memoria histórica.

Resulta estimulante analizar los claroscuros de una fuerza tan compleja como el carlismo, que movilizó a grandes sectores de nuestro país, unas veces en defensa de libertades y otras lamentablemente en sentido contrario. Lo que resulta alucinante, en cambio, es la ausencia de esa misma mirada crítica hacia las andanzas de sus adversarios.

El liberalismo español, antagonista histórico del carlismo, es al liberalismo lo que la música militar es a la música. La frase de Groucho Marx matiza con la ironía necesaria el recorrido político que bajo el nombre de liberalismo se ha llevado a la práctica a lo largo de los siglos XIX y XX en el Estado español y justificado en manuales de historia y medios de comunicación.

La pesada carga de la liquidación del imperio americano, asiático y africano, fue un lastre que dejó su huella en la evolución de los acontecimientos políticos en el Estado, incluso en el origen de la guerra de 1936-1939. De hecho los principales militares del golpe eran todos africanistas.

El siglo XIX, a su vez, representa un continuo en el que los golpes militares, encabezados a menudo por los espadones rebotados del imperio, alejan la política española de cualquier veleidad liberal. Puro militarismo. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. La fase del siglo que cierra el general Pavía en 1874 con su disolución del Congreso de Diputados, y sigue con la llamada Restauración de Cánovas en 1875, es una sucesión de golpes de Estado que comienzan en la práctica con el de Riego en 1820, la mayor parte a manos de militares coloniales: O’Donnell, Espartero, Serrano…

El muy liberal sistema político español fue heredero de la monarquía absoluta en muchos sentidos pero, sobre todo, en su intento de imitar el jacobinismo francés. Este sistema procuró hacer tabla rasa de los regímenes jurídicos, administrativos y políticos forales, principalmente el de Navarra, reino subordinado desde la conquista de 1512-1530, pero con instituciones propias: Cortes y Diputación del reino hasta 1841, fecha en la que pasó de ser reino distinto de Castilla a ser una provincia española más.

Estos agravios, junto a las desamortizaciones de bienes comunes, provocaron un conjunto de conflictos dentro del Estado español que se “resolvieron” dentro del sistema corrupto que siguió con dicha Restauración de Cánovas e incluso con la dictadura de Primo de Rivera. Siempre en favor de los grupos oligárquicos, por cierto: terratenientes, militares y la jerarquía católica. Aparentemente tuvo un paréntesis en la segunda república española de 1931. Pero los próceres republicanos, también muy liberales, no dudaban, por ejemplo, de la ‘libertad’ de bombardear Barcelona como ejercicio rutinario. Como afirma Manuel Azaña en sus Memorias: “Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada 50 años”.

Y sigue: “El sistema de Felipe V era injusto y duro, pero sólido y cómodo. Ha válido para dos siglos”.

Otra muy liberal declaración del mismo, en relación a José Antonio Aguirre y Lluis Companys: “Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga poderes, dinero y más dinero”.

Al igual que todas las justificaciones nacionalistas de raíz castellana sobre la visión que de la historia de una España hipostasiada tenían dos eminentes liberales en competición: Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro.

Así pues, resulta un chute de marxismo puro (grouchiano) descubrir a unos sedicentes herederos de Basilio Lacort –guardia civil, por cierto, al igual que su padre y, eso sí, gran comecuras– que intentan vendernos mercancía averiada como el summum del “liberalismo progresista”. Puede ser ignorancia de la historia, o quizás falta de cultura universal, de principios políticos. O tal vez simple adoctrinamiento. En cualquier caso, un sarcasmo.

Leave a comment

Filed under Memoria, Uncategorized

ID-ENTIDAD

Si hoy algún fantasma recorre nuestro mundo, es el fantasma de la identidad. Para desautorizar, desde el punto de vista político, a una persona o grupo, se utiliza con frecuencia el epíteto de ‘identitario’. En un folleto, bajo el título ‘Identitatea, democrazia, ongizatea…. Vías agotadas y nuevas perspectivas para la soberanía nacional’*, se puede leer, extraído de un texto de Raul Zelik (1), escritor, politólogo alemán y unos de los mentores de Podemos: “Los discursos identitarios en Euskal Herria, ¿no son reaccionarios?” El texto, bastante largo, termina: “Euskal Herria no existe en sí, la componen las personas que participan en ese proyecto”.

En el mismo folleto, pero centrado en Cataluña, aparece un texto de Quim Arrufat (2), una de las personas con mayor peso en la CUP: “la finalidad última no consiste en reafirmar una historia, una lengua, etcétera”.

Ambos casos ofrecen una concepción simplista, estática, de línea escolástica, de un concepto tan actual y activo en nuestra época como es el de identidad. En ambos textos se describe la argumentación del contrario tal como les gustaría que fuera, no como es, y esa es una manera reduccionista de presentar los debates. Entienden la identidad como una foto fija, algo estático, petrificado, que pretende preservar el pasado, una forma de ser de validez intemporal. La identidad es una categoría que define al sujeto, al ‘mismo’ sujeto, que asegura su continuidad aun cuando ese sujeto cambie, evolucione, envejezca, etc. Pensemos en un nombre o un certificado de propiedad, que deben referirse al ‘mismo’ sujeto, aunque el individuo sufra distintos avatares; esa referencia es la identidad. La identidad, pues, cuando no se banaliza el concepto, es algo que se construye permanentemente en los conflictos y situaciones de cada día, pero que define una continuidad. Que retiene unas raíces que lo constituyen –lengua, cultura, estructura social, paisaje, organización del trabajo, folklore, etc.- y es un elemento fundamental de la cohesión del sujeto. De la cohesión social (en el caso social). La id-entidad (la misma entidad) es el soporte de esa continuidad del sujeto, de su memoria, sea individual o social, y esa memoria y continuidad es el factor fundamental para proyectar el futuro. Sin proyecto no hay futuro, ni individual ni social.

Obviamente existen identidades, y nadie las discute: identidad estatal (italiano, francés, danés…), sexual, de género, profesional (médico, obrera…). La que se cuestiona es la nacional. Es decir, el engaño es que, aunque se discute la ‘identidad nacional’, es lo nacional lo que se pone en solfa, lo que no se quiere reconocer, y no la identidad como tal.

Zelik simplifica hasta un punto grotesco el conflicto identitario. Lo despacha con el calificativo zahiriente de “reaccionario”. Trata de dar “una de cal y otra de arena” al plantear que el discurso identitario (vasco) no ha sido excluyente con las identidades sociales, culturales y sexuales. Sería interesante saber qué entiende Zelik por identidad social, cuando la primera y más importante identidad social es, precisamente, la de la pertenencia nacional. Banaliza el conflicto subyacente al reducirlo a la cuestión lingüística. En suma, hace una caricatura para denostarlo con más facilidad.

Arrufat simplemente desprecia lo que representa un elemento constitutivo de las sociedades, olvidando que su hueco será ocupado por el de las naciones dominantes. Quim Arrufat, además, demuestra un profundo nivel de idealismo al mantener que “la finalidad es construir una realidad soberana que a la postre se pueda federar con otras realidades soberanas”. ¡Aterrice, señor Arrufat! ¿Qué son esas ‘realidades soberanas’ sino estados o naciones que aspiran a tenerlo? El único modo de lograrlo es que cada nación sometida, consciente de sí misma y con aspiración a ser sujeto a nivel internacional, construya su relato, basado en la memoria (de los vencidos, de los sometidos, como diría W. Benjamin) y que le permita constituirse como tal.

En el mundo actual “hecho de naciones” (Joan F. Mira), pero también de estados, no hay tierras de nadie. Los estados son los más feroces forjadores de identidad. Defienden la de su nación, como en los  casos de España y Francia, y tratan de exportarla, mediante la imposición de su memoria, a las naciones que someten. De esta manera, con la sustitución memorial, pretenden lograr una asimilación identitaria. Si una colectividad no tiene fuerza, capacidad, para construir su propio relato, el que constituye su nación, acabará aceptando como propio el de quien le domina. Es falso que la identidad no tenga valor. Para quienes dominan e imponen la suya, es muy claro que sí lo tiene. Lo que le falta, para rematar su tarea, es convencer al dominado de que la suya es irrelevante y la puede olvidar. Y en esas estamos.

* ‘Identitatea, democrazia, ongizatea…. Vías agotadas y nuevas perspectivas para la soberanía nacional’. Instituto ‘Manu Robles Arangiz’, mayo de 2016.

(1) Texto de Raul Zelik: Los discursos identitarios en Euskal Herria ¿no son reaccionarios? Las identidades humanas son construcciones. No “somos”, “Nos hacemos” a nosotras mismas. De todas formas, el nacionalismo vasco de izquierdas, en mi opinión, siempre ha estado abierto para atraer a la gente y para transformarse. No defiende la sociedad de hace 100 años y está abierto a que la gente construya nuevas identidades, La emancipación humana y social consiste también en ser capaces de descubrir de nuevo quiénes somos. Un discurso identitario, sustentado en que hay que proteger una identidad existente, se vuelve reaccionario, porque excluye a las personas que no participan en él. El nacionalismo vasco no es un ejemplo típico, ya que ha tenido practicas trans-identitarias, aunque el discurso identitario siga ahí. No ha sido excluyente con las identidades sociales, culturales y sexuales. Pero el riesgo no desaparece. Tengo la duda de si Euskal Herria, en sí, existe: en estos momentos es fruto de una construcción, una construcción que parte del idioma. Una construcción vieja, es verdad, pero que se renueva y reinventa continuamente. Euskal Herria no existe en sí, la componen las personas que participan en ese proyecto.

(2) Texto de Quim Arrufat: …Y obviamente lo hacemos en Catalunya porque responde a una historia y una base cultural concreta que lo articula, pero la finalidad última no consiste en reafirmar una historia, una lengua, etcétera, no, la finalidad es construir una realidad soberana que a la postre se pueda federar con otras realidades soberanas. Y esto en contraposición a la concepción conservadora y nacionalista que ha hecho Convergencia.

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

Leave a comment

Filed under Uncategorized, Nación, Estado

LA NACIÓN, PRIMERA CONDICIÓN

Resulta interesante observar cómo se construyen los discursos que se autocalifican de revolucionarios, transformadores, rompedores incluso, sin poner nunca en cuestión el marco territorial (político, jurídico, administrativo), en el que se desarrollan los conflictos. Y este viene impuesto por el poder coercitivo de unos estados que nunca se han construido mediante “procesos democráticos”, sino mediante la violencia física más ilegítima: conquistas, ocupaciones, aniquilación de grupos e instituciones, genocidios.

Estos discursos olvidan que la aceptación del marco no es aséptica. Que implica tal cantidad de injusticias, situaciones de desigualdad, dominio y explotación, que frente a ellas palidecen las contradicciones “internas” con que justifican sus posiciones. Su participación en estos conflictos internos es lo que habitualmente presentan como prueba máxima de defensa de los ideales que proclaman: igualdad, libertad, democracia… Esta aceptación acrítica expresa una parte de lo que Michael Billing denominó como “nacionalismo banal”. Sólo una parte, ya que, como constata Joan F. Mira, “la fuerza de la territorialidad es enorme”… “basta con que la gente llegue a percibir la existencia de simples divisiones administrativas que afectan a su territorio para que estas divisiones comiencen a crear conciencia de “identidad”. Es decir, los marcos impuestos “crean identidad”, y, más allá, incluso determinan los circuitos simbólicos, lingüísticos, culturales, económicos, etc. con los que se erige la realidad social.

En nuestro entorno más cercano tenemos el proceso catalán hacia la independencia. Al margen de sus aciertos y errores, y de la capacidad para ser culminado con éxito, se ha demostrado con claridad que constituye la única vía para conseguir un cambio efectivo, una ruptura política y social para Cataluña. Y, como consecuencia, para España. Es la única transformación que aterra de verdad al conjunto del establishment del Estado español, del régimen.

La mayoría de la sociedad española se percibe a sí misma de modo unitario y monolítico. No admite, de hecho, ningún tipo de pluralismo lingüístico, cultural o social. Este dato corresponde a la herencia de la ideología imperial recibida y transmitida desde el siglo XIX a su cultura política. Esto lleva implícito el absoluto rechazo a cualquier planteamiento confederal en la estructuración política de su Estado. Ni tan siquiera ‘levemente’ federal. Su reforma en este sentido no será un imposible metafísico pero sí, sin duda, un impensable social.

Por eso sorprenden las recientes declaraciones de un destacado líder del PSC, Xavier Sabaté (exconsejero de Gobernación de la Generalitat con Pasqual Maragall), en las que afirma: ‘La opción de la independencia es más inviable que la reforma constitucional’. Es sabido que el PSC no quiere la independencia de Cataluña, pero esta afirmación eleva su opinión contraria a categoría universal. Y esto que expresa una personalidad del PSC es extensible, con todos los matices que se quiera, a lo que se conoce en Cataluña como el mundo de los comunes: Barcelona en Comú –Ada Colau-, En Comú Podem –Xavier Domènech, Catalunya Sí Que es Pot –Lluís Rabell-  y por supuesto a Podemos. Presentan como prioritaria, y única posible, la reforma a nivel del Estado español por encima de la independencia de Cataluña, que menosprecian como una simple (¿y deleznable?) voluntad identitaria. Es sintomático que sólo aceptarían un referéndum en el caso de que fuera “pactado” con el gobierno del Estado español. Es evidente la coincidencia de este planteamiento en el que se sacraliza la territorialidad del Estado, con todo lo que, como se ha dicho antes, lleva anexa de generación de identidad y de imposición de circuitos de interés creados y mantenidos con esmero y disimulo por las oligarquías que rigen los destinos de dicho Estado.

Estos discursos de apariencia rupturista son, en realidad, continuistas y defensores del secular statu quo de los sectores dirigentes del Estado español desde el siglo XVI. Ya lo decía Marx: El objetivo más importante de la Asociación Internacional de los obreros es acelerar la revolución social en Inglaterra. Y el único medio de lograrlo es hacer a Irlanda independiente… La tarea especial del Consejo Central de Londres es despertar en la clase obrera inglesa la conciencia de que la emancipación nacional de Irlanda no es para ella ‘a question of abstract justice or humanitarian sentiment’, (una cuestión abstracta de justicia o filantropía) sino ‘the first condition of thear owen social emancipation’ (la primera condición de su propia emancipación social) (Karl Marx, Carta a Sigfrido Meyer y August Vogt, 9 de abril de 1870)

La negativa a reconocer los hechos nacionales del actual Estado español implica una solidaridad interclasista nacional-colonial que se opone a la liberación de las naciones sometidas a su Estado por intereses muy variados, pero entre los que el beneficio económico de las élites extractivas españolas no es el menor.

Estos “rupturistas de la frase”, parafraseando a Lenin (1), no se percatan (¿no tienen el menor interés?) de que la resolución democrática de los conflictos nacionales lleva implícita la autodeterminación de las naciones sometidas. Y que por autodeterminación se debe entender su independencia, sin condiciones. Al oponerse con mayor o menor intensidad, lo único que hacen es colaborar en un sistema de dominación y explotación que si bien favorece principalmente a las citadas élites extractivas, también deja caer sus migajas (en forma de ERE’s, por ejemplo) al pueblo llano. Los beneficios de la explotación de las colonias por parte de Gran Bretaña en el siglo XIX redundaban en el conjunto de su sistema social como beneficios incluso para los sectores más desfavorecidos de la metrópoli.

En este sentido resulta claro el mensaje de Podemos. En un librito (2) que recoge un diálogo entre Iñigo Errejón  y Chantal  Mouffe aparece un par de veces la idea expresada por Errejón de que “no hablamos, sin embargo, y es fundamental apuntarlo para no errar el diagnóstico, de situaciones de crisis de Estado, sino de crisis de régimen…” Esto equivale a decir que los conflictos que se plantean en el Estado español son internos, “de régimen”. No estructurales, internacionales, “de Estado”.

A lo largo del diálogo entre ambos se incide en múltiples ocasiones sobre conceptos como “pueblo”, “país”, “fuerza patriótica”, “acuerdo patriótico”,… siempre referidos, implícita o explícitamente, a España como nación. No se percibe reflexión alguna (ni de casualidad) a los hechos nacionales catalán o vasconavarro. Tan solo aparece una referencia genérica a la “plurinacionalidad” y al “derecho a decidir”, sin concreción teórica ni práctica alguna.

En una reseña de este libro publicada en La Vanguardia y firmada por Félix Riera el pasado 22 de octubre -“Democracia sin pueblo, el juicio final”- afirma: Zizek pondrá aún más luz al observar que ‘el problema estriba en que nunca se amasa el suficiente capital de rabia transformadora y de ahí que resulte necesario tomar prestadas otras iras, o asociarse con ellas, nacionales o culturales’. Según este planteamiento las “iras nacionales o culturales” no constituyen el meollo del conflicto. Lo “nacional” aparece como algo externo, añadido, superficial al conflicto que suponen “real”. Pero ¿cuál es este conflicto “real”? Como afirma Errejón, el conflicto nacional es  “interno”, de “segundo orden”. Olvidan que lo que colocan como marginal es lo que representa, de verdad, el conflicto “estructural”, “de Estado” y con impronta internacional. Las iras que presentan como “ajenas” a los conflictos “reales” resultan ser las de fondo, las decisivas.

Tanto en su teorización como en su práctica siempre está presente un nacionalismo banal, implícito. Una españolidad incuestionable. El marco de los conflictos, las luchas, etc., es siempre una realidad estatal, nunca discutida y con un nacionalismo hegemónico, el español. Cuando es precisamente su existencia, unidad y poder, lo que permite mantener incólume un sistema retardatario, totalitario, en el que prevalecen siempre los intereses de las élites extractivas.

Estos son, en mi opinión, los límites de unos discursos que se pretenden rupturistas, pero que son, en realidad, unos aspirantes más a la gestión del Estado, a la defensa de un statu quo imperial en el que entre los dominados se encuentra Cataluña y, por supuesto, nosotros.

(1) “La frase revolucionaria sobre la guerra revolucionaria ha causado la pérdida la revolución” (Lenin, ‘Pravda’ nº 31, febrero 1918)

(2) “Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia”
Chantal Mouffe e Íñigo Errejón
Barcelona 2015. Editorial Icaria

Leave a comment

Filed under Estado, Nación, Uncategorized

DIA GRANDE EN NAVARRA

Es arrastrado el turbio mulo Mola

de precipicio en precipicio eterno

y como va el naufragio de ola en ola,

desbaratado por azufre y cuerno,

cocido en cal y hiel y disimulo,

de antemano esperado en el infierno,

va el infernal mulato, el Mola mulo

definitivamente turbio y tierno,

con llamas en la cola y en el culo.

“Mola en los infiernos” (Pablo Neruda)

Día grande de Navarra es el título de un panfleto insulso que el padre Isla escribió, con éxito en su época, en el colegio de la Compañía de Jesús en Pamplona en 1747. El título, sin embargo, es oportuno, ya que la decisión del Ayuntamiento de nuestra capital de desalojar y “vaciar” el llamado “Monumento a los Caídos” de los restos sepultados en su cripta, constituye un cambio copernicano en el campo de nuestra memoria histórica: un día grande.

El edificio en sí es un auténtico “monumento a la barbarie”, un símbolo que, para escarnio de nuestro pueblo, mantenía, a través de sus sepulcros, principalmente el de Emilio Mola, una memoria que ensalza la represión carnicera desatada en 1936 en la Alta Navarra de modo impune.

El general Mola junto con el director y factótum del Diario de Navarra, Raimundo García –Garcilaso-, fueron los responsables, intelectuales y materiales, de tal barbarie. Como dejó escrito: “Hay que sembrar el terror… hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros” (Emilio Mola). Entre ambos supieron urdir la trama y manipular la organización del carlismo, desnortado y rancio, para llevarla a participar como protagonista en la orgía de sangre que se vivió en aquella etapa histórica en beneficio de la España triunfante, negra e imperial.

Sanjurjo representa por su parte esa tendencia del carlismo podrido, contagiada e inoculada de los males del sistema político español del siglo XIX: espadones, militares, pronunciamientos, reacción… Fueron rasgos mantenidos y aumentados por la primera Restauración, la de Cánovas del Castillo. Sanjurjo es un arcaísmo; una expresión del siglo XIX. Mola, no. Mola no es anacrónico, es un auténtico genocida del siglo XX, inspirador también del bombardeo de Gernika. La guerra execrable que inició y puso en el disparadero era un fruto de su designio. Por eso es tan importante que el vaciado del Monumento haya comenzado por él.

La memoria de una colectividad se construye sobre procesos de selección y olvido, pero en ningún caso puede erigirse sobre la exaltación de la brutalidad. Y el citado ‘monumento a los caídos’ tiene precisamente ese significado. La presencia de estas sepulturas en un lugar honrado y preeminente de la capital navarra ha sido eso desde el principio, un símbolo de la victoria, de la barbarie impune.

Una vez vacío, sin la presencia de esos sujetos, el monumento pierde la mayor parte de su valor simbólico, de su bestial significado. Queda en manos de la ciudadanía debatir su porvenir. Reflexionar sobre su valor estético y su función urbana. Planear su futuro.

Leave a comment

Filed under Uncategorized

IN! INDE! INDEPENDENCIA!!!

Con la de 2016, desde 2012 se han cumplido cinco ‘diadas’ en las que el pueblo catalán ha manifestado ante todo el mundo su voluntad de constituirse como Estado, como sujeto político en el mundo; en un mundo “hecho de naciones”, que diría Joan Francesc Mira, pero también, y sobre todo en los tiempos actuales, “hecho de estados”. Si no eres un Estado, no existes.

El salto cualitativo que supuso la Diada de 2012, que se preveía como una simple reivindicación autonomista tendente, tal vez, a pedir un ‘concierto/convenio’ económico con el Estado español y pasó  a ser la primera gran exigencia independentista, se ha visto ratificada un año más en el mismo sentido.

IN! INDE! INDEPENDENCIA!!! era el grito unánime, coreado en 2012 y también en 2013 y 14, diadas de las que he sido testigo presencial activo, al igual que la de este 2016. Nunca se ha escuchado voz alguna reivindicando el ‘federalismo’ ni el ‘derecho a decidir’. Se reclamaba el primero de lo derechos humanos: la libre disposición de un pueblo, su independencia. El ‘federalismo’ era algo obsoleto, del ‘paleolitico’ político. El ‘derecho a decidir’ como un elemento constitutivo de cualquier sociedad que aspirase a ser considerada democrática, pero que no reflejaba en plenitud la reivindicación democrática del pueblo catalán.

Diada descentralizada

La Diada de este año ha presentado un formato descentralizado, más ‘casual’, tal vez más próximo a la ‘terra’, tan importante en la memoria catalana. Esto ha permitido, en mi opinión, un conjunto más espontáneo, con un nivel más discreto de normas a seguir. Que si un color por aquí, que si los unos por un lado, los del otro color a la izquierda… Pero con la misma e intensa reivindicación: la independencia de Cataluña. Desde los micrófonos se hablaba mucho de la “República catalana”, pero el grito unánime era ¡Independencia!

Esta Diada descentralizada tenia retos importantes en dos ciudades relativamente “frías” con relación al ‘proceso’: Lleida y Tarragona. En ambas el envite ha sido superado con éxito. En Tarragona fui testigo de lo que se afirma ha sido la mayor manifestación de su historia. Las “tierras del Ebro” tienen innumerables agravios históricos añadidos a los del conjunto catalán y lo expresaron el domingo pasado en la vieja Tarraco.

No se puede pasar por alto la presencia en las manifestaciones de los representantes de lo que en Cataluña se conoce como “los comunes”, es decir el conjunto de “Catalunya si es pot”, “En Comú Podem” y el mundo que se engloba en torno a la marca “Podemos”. La participación de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, es su expresión más clara. Su presencia no estaba marcada por un territorio propio, distinto, sino que formaban parte del conjunto y su reivindicación independentista. Podrán, después, decir lo que quieran, pero estaban allí. Es un dato muy positivo de la capacidad de convocatoria e integración del independentismo catalán. De la vía democrática que sigue Cataluña.

¿Que hay dudas, incógnitas, problemas por resolver? Por supuesto. Y de difícil planteamiento y resolución. Las principales proceden de la capacidad de quienes hoy ejercen como “clase política” en Cataluña. Ante muchas de las declaraciones de sus “líderes”, incluso tras una jornada tan memorable, surge la duda sobre la dificultad de superar su mentalidad “autonomista” (todavía políticamente española, sin una desconexión real, con mentalidad de Estado independiente). Planea, ominosa, una visión en la que el objetivo sigue siendo la “hegemonía” autonómica, no la constitución de un Estado libre, independiente.

No obstante, tras jornadas como la de el pasado domingo, prevalece la confianza en un pueblo que no atiende ya los “cantos de sirena” del régimen hispano. Régimen que, por otra parte, poco tiene que ofrecer a “sus” naciones sometidas, como Navarra o Cataluña, que no sea seguir en la sumisión, la decadencia y, a la postre, la extinción.

Leave a comment

Filed under Estado, Nación, Uncategorized