ID-ENTIDAD

Si hoy algún fantasma recorre nuestro mundo, es el fantasma de la identidad. Para desautorizar, desde el punto de vista político, a una persona o grupo, se utiliza con frecuencia el epíteto de ‘identitario’. En un folleto, bajo el título ‘Identitatea, democrazia, ongizatea…. Vías agotadas y nuevas perspectivas para la soberanía nacional’*, se puede leer, extraído de un texto de Raul Zelik (1), escritor, politólogo alemán y unos de los mentores de Podemos: “Los discursos identitarios en Euskal Herria, ¿no son reaccionarios?” El texto, bastante largo, termina: “Euskal Herria no existe en sí, la componen las personas que participan en ese proyecto”.

En el mismo folleto, pero centrado en Cataluña, aparece un texto de Quim Arrufat (2), una de las personas con mayor peso en la CUP: “la finalidad última no consiste en reafirmar una historia, una lengua, etcétera”.

Ambos casos ofrecen una concepción simplista, estática, de línea escolástica, de un concepto tan actual y activo en nuestra época como es el de identidad. En ambos textos se describe la argumentación del contrario tal como les gustaría que fuera, no como es, y esa es una manera reduccionista de presentar los debates. Entienden la identidad como una foto fija, algo estático, petrificado, que pretende preservar el pasado, una forma de ser de validez intemporal. La identidad es una categoría que define al sujeto, al ‘mismo’ sujeto, que asegura su continuidad aun cuando ese sujeto cambie, evolucione, envejezca, etc. Pensemos en un nombre o un certificado de propiedad, que deben referirse al ‘mismo’ sujeto, aunque el individuo sufra distintos avatares; esa referencia es la identidad. La identidad, pues, cuando no se banaliza el concepto, es algo que se construye permanentemente en los conflictos y situaciones de cada día, pero que define una continuidad. Que retiene unas raíces que lo constituyen –lengua, cultura, estructura social, paisaje, organización del trabajo, folklore, etc.- y es un elemento fundamental de la cohesión del sujeto. De la cohesión social (en el caso social). La id-entidad (la misma entidad) es el soporte de esa continuidad del sujeto, de su memoria, sea individual o social, y esa memoria y continuidad es el factor fundamental para proyectar el futuro. Sin proyecto no hay futuro, ni individual ni social.

Obviamente existen identidades, y nadie las discute: identidad estatal (italiano, francés, danés…), sexual, de género, profesional (médico, obrera…). La que se cuestiona es la nacional. Es decir, el engaño es que, aunque se discute la ‘identidad nacional’, es lo nacional lo que se pone en solfa, lo que no se quiere reconocer, y no la identidad como tal.

Zelik simplifica hasta un punto grotesco el conflicto identitario. Lo despacha con el calificativo zahiriente de “reaccionario”. Trata de dar “una de cal y otra de arena” al plantear que el discurso identitario (vasco) no ha sido excluyente con las identidades sociales, culturales y sexuales. Sería interesante saber qué entiende Zelik por identidad social, cuando la primera y más importante identidad social es, precisamente, la de la pertenencia nacional. Banaliza el conflicto subyacente al reducirlo a la cuestión lingüística. En suma, hace una caricatura para denostarlo con más facilidad.

Arrufat simplemente desprecia lo que representa un elemento constitutivo de las sociedades, olvidando que su hueco será ocupado por el de las naciones dominantes. Quim Arrufat, además, demuestra un profundo nivel de idealismo al mantener que “la finalidad es construir una realidad soberana que a la postre se pueda federar con otras realidades soberanas”. ¡Aterrice, señor Arrufat! ¿Qué son esas ‘realidades soberanas’ sino estados o naciones que aspiran a tenerlo? El único modo de lograrlo es que cada nación sometida, consciente de sí misma y con aspiración a ser sujeto a nivel internacional, construya su relato, basado en la memoria (de los vencidos, de los sometidos, como diría W. Benjamin) y que le permita constituirse como tal.

En el mundo actual “hecho de naciones” (Joan F. Mira), pero también de estados, no hay tierras de nadie. Los estados son los más feroces forjadores de identidad. Defienden la de su nación, como en los  casos de España y Francia, y tratan de exportarla, mediante la imposición de su memoria, a las naciones que someten. De esta manera, con la sustitución memorial, pretenden lograr una asimilación identitaria. Si una colectividad no tiene fuerza, capacidad, para construir su propio relato, el que constituye su nación, acabará aceptando como propio el de quien le domina. Es falso que la identidad no tenga valor. Para quienes dominan e imponen la suya, es muy claro que sí lo tiene. Lo que le falta, para rematar su tarea, es convencer al dominado de que la suya es irrelevante y la puede olvidar. Y en esas estamos.

* ‘Identitatea, democrazia, ongizatea…. Vías agotadas y nuevas perspectivas para la soberanía nacional’. Instituto ‘Manu Robles Arangiz’, mayo de 2016.

(1) Texto de Raul Zelik: Los discursos identitarios en Euskal Herria ¿no son reaccionarios? Las identidades humanas son construcciones. No “somos”, “Nos hacemos” a nosotras mismas. De todas formas, el nacionalismo vasco de izquierdas, en mi opinión, siempre ha estado abierto para atraer a la gente y para transformarse. No defiende la sociedad de hace 100 años y está abierto a que la gente construya nuevas identidades, La emancipación humana y social consiste también en ser capaces de descubrir de nuevo quiénes somos. Un discurso identitario, sustentado en que hay que proteger una identidad existente, se vuelve reaccionario, porque excluye a las personas que no participan en él. El nacionalismo vasco no es un ejemplo típico, ya que ha tenido practicas trans-identitarias, aunque el discurso identitario siga ahí. No ha sido excluyente con las identidades sociales, culturales y sexuales. Pero el riesgo no desaparece. Tengo la duda de si Euskal Herria, en sí, existe: en estos momentos es fruto de una construcción, una construcción que parte del idioma. Una construcción vieja, es verdad, pero que se renueva y reinventa continuamente. Euskal Herria no existe en sí, la componen las personas que participan en ese proyecto.

(2) Texto de Quim Arrufat: …Y obviamente lo hacemos en Catalunya porque responde a una historia y una base cultural concreta que lo articula, pero la finalidad última no consiste en reafirmar una historia, una lengua, etcétera, no, la finalidad es construir una realidad soberana que a la postre se pueda federar con otras realidades soberanas. Y esto en contraposición a la concepción conservadora y nacionalista que ha hecho Convergencia.

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

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LA NACIÓN, PRIMERA CONDICIÓN

Resulta interesante observar cómo se construyen los discursos que se autocalifican de revolucionarios, transformadores, rompedores incluso, sin poner nunca en cuestión el marco territorial (político, jurídico, administrativo), en el que se desarrollan los conflictos. Y este viene impuesto por el poder coercitivo de unos estados que nunca se han construido mediante “procesos democráticos”, sino mediante la violencia física más ilegítima: conquistas, ocupaciones, aniquilación de grupos e instituciones, genocidios.

Estos discursos olvidan que la aceptación del marco no es aséptica. Que implica tal cantidad de injusticias, situaciones de desigualdad, dominio y explotación, que frente a ellas palidecen las contradicciones “internas” con que justifican sus posiciones. Su participación en estos conflictos internos es lo que habitualmente presentan como prueba máxima de defensa de los ideales que proclaman: igualdad, libertad, democracia… Esta aceptación acrítica expresa una parte de lo que Michael Billing denominó como “nacionalismo banal”. Sólo una parte, ya que, como constata Joan F. Mira, “la fuerza de la territorialidad es enorme”… “basta con que la gente llegue a percibir la existencia de simples divisiones administrativas que afectan a su territorio para que estas divisiones comiencen a crear conciencia de “identidad”. Es decir, los marcos impuestos “crean identidad”, y, más allá, incluso determinan los circuitos simbólicos, lingüísticos, culturales, económicos, etc. con los que se erige la realidad social.

En nuestro entorno más cercano tenemos el proceso catalán hacia la independencia. Al margen de sus aciertos y errores, y de la capacidad para ser culminado con éxito, se ha demostrado con claridad que constituye la única vía para conseguir un cambio efectivo, una ruptura política y social para Cataluña. Y, como consecuencia, para España. Es la única transformación que aterra de verdad al conjunto del establishment del Estado español, del régimen.

La mayoría de la sociedad española se percibe a sí misma de modo unitario y monolítico. No admite, de hecho, ningún tipo de pluralismo lingüístico, cultural o social. Este dato corresponde a la herencia de la ideología imperial recibida y transmitida desde el siglo XIX a su cultura política. Esto lleva implícito el absoluto rechazo a cualquier planteamiento confederal en la estructuración política de su Estado. Ni tan siquiera ‘levemente’ federal. Su reforma en este sentido no será un imposible metafísico pero sí, sin duda, un impensable social.

Por eso sorprenden las recientes declaraciones de un destacado líder del PSC, Xavier Sabaté (exconsejero de Gobernación de la Generalitat con Pasqual Maragall), en las que afirma: ‘La opción de la independencia es más inviable que la reforma constitucional’. Es sabido que el PSC no quiere la independencia de Cataluña, pero esta afirmación eleva su opinión contraria a categoría universal. Y esto que expresa una personalidad del PSC es extensible, con todos los matices que se quiera, a lo que se conoce en Cataluña como el mundo de los comunes: Barcelona en Comú –Ada Colau-, En Comú Podem –Xavier Domènech, Catalunya Sí Que es Pot –Lluís Rabell-  y por supuesto a Podemos. Presentan como prioritaria, y única posible, la reforma a nivel del Estado español por encima de la independencia de Cataluña, que menosprecian como una simple (¿y deleznable?) voluntad identitaria. Es sintomático que sólo aceptarían un referéndum en el caso de que fuera “pactado” con el gobierno del Estado español. Es evidente la coincidencia de este planteamiento en el que se sacraliza la territorialidad del Estado, con todo lo que, como se ha dicho antes, lleva anexa de generación de identidad y de imposición de circuitos de interés creados y mantenidos con esmero y disimulo por las oligarquías que rigen los destinos de dicho Estado.

Estos discursos de apariencia rupturista son, en realidad, continuistas y defensores del secular statu quo de los sectores dirigentes del Estado español desde el siglo XVI. Ya lo decía Marx: El objetivo más importante de la Asociación Internacional de los obreros es acelerar la revolución social en Inglaterra. Y el único medio de lograrlo es hacer a Irlanda independiente… La tarea especial del Consejo Central de Londres es despertar en la clase obrera inglesa la conciencia de que la emancipación nacional de Irlanda no es para ella ‘a question of abstract justice or humanitarian sentiment’, (una cuestión abstracta de justicia o filantropía) sino ‘the first condition of thear owen social emancipation’ (la primera condición de su propia emancipación social) (Karl Marx, Carta a Sigfrido Meyer y August Vogt, 9 de abril de 1870)

La negativa a reconocer los hechos nacionales del actual Estado español implica una solidaridad interclasista nacional-colonial que se opone a la liberación de las naciones sometidas a su Estado por intereses muy variados, pero entre los que el beneficio económico de las élites extractivas españolas no es el menor.

Estos “rupturistas de la frase”, parafraseando a Lenin (1), no se percatan (¿no tienen el menor interés?) de que la resolución democrática de los conflictos nacionales lleva implícita la autodeterminación de las naciones sometidas. Y que por autodeterminación se debe entender su independencia, sin condiciones. Al oponerse con mayor o menor intensidad, lo único que hacen es colaborar en un sistema de dominación y explotación que si bien favorece principalmente a las citadas élites extractivas, también deja caer sus migajas (en forma de ERE’s, por ejemplo) al pueblo llano. Los beneficios de la explotación de las colonias por parte de Gran Bretaña en el siglo XIX redundaban en el conjunto de su sistema social como beneficios incluso para los sectores más desfavorecidos de la metrópoli.

En este sentido resulta claro el mensaje de Podemos. En un librito (2) que recoge un diálogo entre Iñigo Errejón  y Chantal  Mouffe aparece un par de veces la idea expresada por Errejón de que “no hablamos, sin embargo, y es fundamental apuntarlo para no errar el diagnóstico, de situaciones de crisis de Estado, sino de crisis de régimen…” Esto equivale a decir que los conflictos que se plantean en el Estado español son internos, “de régimen”. No estructurales, internacionales, “de Estado”.

A lo largo del diálogo entre ambos se incide en múltiples ocasiones sobre conceptos como “pueblo”, “país”, “fuerza patriótica”, “acuerdo patriótico”,… siempre referidos, implícita o explícitamente, a España como nación. No se percibe reflexión alguna (ni de casualidad) a los hechos nacionales catalán o vasconavarro. Tan solo aparece una referencia genérica a la “plurinacionalidad” y al “derecho a decidir”, sin concreción teórica ni práctica alguna.

En una reseña de este libro publicada en La Vanguardia y firmada por Félix Riera el pasado 22 de octubre -“Democracia sin pueblo, el juicio final”- afirma: Zizek pondrá aún más luz al observar que ‘el problema estriba en que nunca se amasa el suficiente capital de rabia transformadora y de ahí que resulte necesario tomar prestadas otras iras, o asociarse con ellas, nacionales o culturales’. Según este planteamiento las “iras nacionales o culturales” no constituyen el meollo del conflicto. Lo “nacional” aparece como algo externo, añadido, superficial al conflicto que suponen “real”. Pero ¿cuál es este conflicto “real”? Como afirma Errejón, el conflicto nacional es  “interno”, de “segundo orden”. Olvidan que lo que colocan como marginal es lo que representa, de verdad, el conflicto “estructural”, “de Estado” y con impronta internacional. Las iras que presentan como “ajenas” a los conflictos “reales” resultan ser las de fondo, las decisivas.

Tanto en su teorización como en su práctica siempre está presente un nacionalismo banal, implícito. Una españolidad incuestionable. El marco de los conflictos, las luchas, etc., es siempre una realidad estatal, nunca discutida y con un nacionalismo hegemónico, el español. Cuando es precisamente su existencia, unidad y poder, lo que permite mantener incólume un sistema retardatario, totalitario, en el que prevalecen siempre los intereses de las élites extractivas.

Estos son, en mi opinión, los límites de unos discursos que se pretenden rupturistas, pero que son, en realidad, unos aspirantes más a la gestión del Estado, a la defensa de un statu quo imperial en el que entre los dominados se encuentra Cataluña y, por supuesto, nosotros.

(1) “La frase revolucionaria sobre la guerra revolucionaria ha causado la pérdida la revolución” (Lenin, ‘Pravda’ nº 31, febrero 1918)

(2) “Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia”
Chantal Mouffe e Íñigo Errejón
Barcelona 2015. Editorial Icaria

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DIA GRANDE EN NAVARRA

Es arrastrado el turbio mulo Mola

de precipicio en precipicio eterno

y como va el naufragio de ola en ola,

desbaratado por azufre y cuerno,

cocido en cal y hiel y disimulo,

de antemano esperado en el infierno,

va el infernal mulato, el Mola mulo

definitivamente turbio y tierno,

con llamas en la cola y en el culo.

“Mola en los infiernos” (Pablo Neruda)

Día grande de Navarra es el título de un panfleto insulso que el padre Isla escribió, con éxito en su época, en el colegio de la Compañía de Jesús en Pamplona en 1747. El título, sin embargo, es oportuno, ya que la decisión del Ayuntamiento de nuestra capital de desalojar y “vaciar” el llamado “Monumento a los Caídos” de los restos sepultados en su cripta, constituye un cambio copernicano en el campo de nuestra memoria histórica: un día grande.

El edificio en sí es un auténtico “monumento a la barbarie”, un símbolo que, para escarnio de nuestro pueblo, mantenía, a través de sus sepulcros, principalmente el de Emilio Mola, una memoria que ensalza la represión carnicera desatada en 1936 en la Alta Navarra de modo impune.

El general Mola junto con el director y factótum del Diario de Navarra, Raimundo García –Garcilaso-, fueron los responsables, intelectuales y materiales, de tal barbarie. Como dejó escrito: “Hay que sembrar el terror… hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros” (Emilio Mola). Entre ambos supieron urdir la trama y manipular la organización del carlismo, desnortado y rancio, para llevarla a participar como protagonista en la orgía de sangre que se vivió en aquella etapa histórica en beneficio de la España triunfante, negra e imperial.

Sanjurjo representa por su parte esa tendencia del carlismo podrido, contagiada e inoculada de los males del sistema político español del siglo XIX: espadones, militares, pronunciamientos, reacción… Fueron rasgos mantenidos y aumentados por la primera Restauración, la de Cánovas del Castillo. Sanjurjo es un arcaísmo; una expresión del siglo XIX. Mola, no. Mola no es anacrónico, es un auténtico genocida del siglo XX, inspirador también del bombardeo de Gernika. La guerra execrable que inició y puso en el disparadero era un fruto de su designio. Por eso es tan importante que el vaciado del Monumento haya comenzado por él.

La memoria de una colectividad se construye sobre procesos de selección y olvido, pero en ningún caso puede erigirse sobre la exaltación de la brutalidad. Y el citado ‘monumento a los caídos’ tiene precisamente ese significado. La presencia de estas sepulturas en un lugar honrado y preeminente de la capital navarra ha sido eso desde el principio, un símbolo de la victoria, de la barbarie impune.

Una vez vacío, sin la presencia de esos sujetos, el monumento pierde la mayor parte de su valor simbólico, de su bestial significado. Queda en manos de la ciudadanía debatir su porvenir. Reflexionar sobre su valor estético y su función urbana. Planear su futuro.

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IN! INDE! INDEPENDENCIA!!!

Con la de 2016, desde 2012 se han cumplido cinco ‘diadas’ en las que el pueblo catalán ha manifestado ante todo el mundo su voluntad de constituirse como Estado, como sujeto político en el mundo; en un mundo “hecho de naciones”, que diría Joan Francesc Mira, pero también, y sobre todo en los tiempos actuales, “hecho de estados”. Si no eres un Estado, no existes.

El salto cualitativo que supuso la Diada de 2012, que se preveía como una simple reivindicación autonomista tendente, tal vez, a pedir un ‘concierto/convenio’ económico con el Estado español y pasó  a ser la primera gran exigencia independentista, se ha visto ratificada un año más en el mismo sentido.

IN! INDE! INDEPENDENCIA!!! era el grito unánime, coreado en 2012 y también en 2013 y 14, diadas de las que he sido testigo presencial activo, al igual que la de este 2016. Nunca se ha escuchado voz alguna reivindicando el ‘federalismo’ ni el ‘derecho a decidir’. Se reclamaba el primero de lo derechos humanos: la libre disposición de un pueblo, su independencia. El ‘federalismo’ era algo obsoleto, del ‘paleolitico’ político. El ‘derecho a decidir’ como un elemento constitutivo de cualquier sociedad que aspirase a ser considerada democrática, pero que no reflejaba en plenitud la reivindicación democrática del pueblo catalán.

Diada descentralizada

La Diada de este año ha presentado un formato descentralizado, más ‘casual’, tal vez más próximo a la ‘terra’, tan importante en la memoria catalana. Esto ha permitido, en mi opinión, un conjunto más espontáneo, con un nivel más discreto de normas a seguir. Que si un color por aquí, que si los unos por un lado, los del otro color a la izquierda… Pero con la misma e intensa reivindicación: la independencia de Cataluña. Desde los micrófonos se hablaba mucho de la “República catalana”, pero el grito unánime era ¡Independencia!

Esta Diada descentralizada tenia retos importantes en dos ciudades relativamente “frías” con relación al ‘proceso’: Lleida y Tarragona. En ambas el envite ha sido superado con éxito. En Tarragona fui testigo de lo que se afirma ha sido la mayor manifestación de su historia. Las “tierras del Ebro” tienen innumerables agravios históricos añadidos a los del conjunto catalán y lo expresaron el domingo pasado en la vieja Tarraco.

No se puede pasar por alto la presencia en las manifestaciones de los representantes de lo que en Cataluña se conoce como “los comunes”, es decir el conjunto de “Catalunya si es pot”, “En Comú Podem” y el mundo que se engloba en torno a la marca “Podemos”. La participación de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, es su expresión más clara. Su presencia no estaba marcada por un territorio propio, distinto, sino que formaban parte del conjunto y su reivindicación independentista. Podrán, después, decir lo que quieran, pero estaban allí. Es un dato muy positivo de la capacidad de convocatoria e integración del independentismo catalán. De la vía democrática que sigue Cataluña.

¿Que hay dudas, incógnitas, problemas por resolver? Por supuesto. Y de difícil planteamiento y resolución. Las principales proceden de la capacidad de quienes hoy ejercen como “clase política” en Cataluña. Ante muchas de las declaraciones de sus “líderes”, incluso tras una jornada tan memorable, surge la duda sobre la dificultad de superar su mentalidad “autonomista” (todavía políticamente española, sin una desconexión real, con mentalidad de Estado independiente). Planea, ominosa, una visión en la que el objetivo sigue siendo la “hegemonía” autonómica, no la constitución de un Estado libre, independiente.

No obstante, tras jornadas como la de el pasado domingo, prevalece la confianza en un pueblo que no atiende ya los “cantos de sirena” del régimen hispano. Régimen que, por otra parte, poco tiene que ofrecer a “sus” naciones sometidas, como Navarra o Cataluña, que no sea seguir en la sumisión, la decadencia y, a la postre, la extinción.

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UN NAVARRO DE OÑATI

Por edad era, evidentemente, una persona mayor de casi 96 años. Pero nadie que hablara con él podría pensar que estaba frente a un anciano. Se encontraba ante alguien de una vitalidad portentosa, de una capacidad de plantear la realidad –social, económica, política- del mundo y de Euskal Herria sin ningún tipo de complejos. Sonará a tópico pero Juan Zelaia era un hombre rebelde y crítico, joven en una palabra.

Los años le aportaron una capacidad constructiva de la que dio muestras toda su vida. Apoyó prácticamente todas las iniciativas surgidas en nuestro país en apoyo de su lengua, de su cultura, de su actividad política, no entendida al modo cortoplacista de los partidos que actualmente sufrimos, sino en su pleno sentido liberador de una nación sometida, ocupada, en una palabra sin libertad.

Desde el primer momento en que conoció el proyecto Nabarralde se sintió vinculado al mismo con la intensidad e ilusión propias de un joven. Como consecuencia de su implicación y como reconocimiento a su continua labor en pro de las iniciativas que fueran positivas para construir la nación que hoy debe ocupar su lugar en el concierto internacional como sujeto político, como un Estado, recibió en 2014 el Nabarralde Saria en su casa de Oñati.

Se ha hablado de Juan Zelaia como mecenas de la cultura vasca. El concepto se queda corto para Juan Zelaia. Era mecenas en el sentido de apoyar de modo económico las causas relacionadas con la lengua, la cultura (incluyendo el deporte), la política que posibilitaran su emancipación, pero era mucho más. Participaba en todas las actividades con una enorme ilusión y empuje. No estaba detrás de las actividades que apoyaba, estaba a su frente tomando, en muchas ocasiones, la iniciativa.

Por su origen familiar, Gebara casa gamboina pronavarra por tanto, en la actual Araba; por su nacimiento, vida y, hoy, muerte en un territorio atípico, distinto, independiente en cierto modo, que no se incorporó a la provincia de Gipuzkoa hasta 1845, fue un vasco alejado de los conflictos “provincianos” que tanto mal nos han hecho a los vascos.

Lo que sí defendía Juan Zelaia con energía era su adscripción a Navarra como Estado histórico de los vascos y como perspectiva de futuro de una nación baqueteada por dos potencias imperiales, España y Francia, durante muchos siglos. Demasiados.

Esker anitz, Juan Zelaia.

 

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DE MAPAS Y COLORES

En la teoría de grafos funciona el famoso “teorema de los cuatro colores”. Existe también la “conjetura de los tres colores”. En ambos casos se trata de dilucidar cuántos tonos, como mínimo, son necesarios para colorear cualquier mapa de manera que todas las zonas contiguas (pero no que coincidan en un solo punto) tengan un color diferente. El teorema lo es porque ha sido demostrado. En cambio la conjetura espera ser refutada. Este teorema tuvo su origen precisamente en los mapas geográficos.
Tras las pasadas elecciones del 26 de junio, al Estado español le bastan dos colores: el azul y el morado. Ya no hacen falta tonos enrevesados para distinguir las “peculiaridades autonómicas”, siempre incómodas. Con estos resultados la España eterna, la de charanga y pandereta, la de Frascuelo y María, la picaresca y el esperpento, viste de azul. ¡Feliz signo cromático! De morado van, en cambio, los que antes lucían aquellos colores autonómicos.
¿Qué ha sucedido? En primer lugar, que en política no existen los espacios vacíos. Mientras en Cataluña el Proces hacia la independencia ha avanzado con una cierta coherencia estratégica, con la unidad de la sociedad civil y los partidos políticos, el mapa seguía diferenciado. Las manifestaciones de las Diadas de 2012 a 2015, las votaciones populares iniciadas en Arenys de Munt en 2009, el referéndum del 9 de noviembre de 2014, las elecciones plebiscitarias de septiembre de 2015… marcaban un sendero nítido, estratégico. La zarabanda posterior ha dado sus frutos y una parte de su espacio ha sido ocupado por fuerzas electorales que, no sólo responden a otros intereses, sino que son directamente opuestos al Proces. Que actúan para desplazarlo. Los catalanes han sufrido el embate a través de la victoria electoral de Catalunya si es Pot (conglomerado de Podemos con ICV y otros sectores de la seudoprogresía hispana). Esta interferencia debe suponer para las fuerzas catalanas una profunda reflexión y una revisión de su hoja de ruta hacia la independencia.
Nuestra situación resulta todavía más lamentable. En Cataluña se trabaja un proceso iniciado y encarrilado. Con problemas, por supuesto, pero en marcha. Entre nosotros no existe nada. Tenemos un discurso vacío, o mejor un no-discurso. Se terminaron las épocas del tremendismo y, ante el cambio de ciclo propiciado por el fin de la actividad armada, la falta de definición, la incapacidad de enunciar un discurso, la ausencia en suma de un relato propio, que es lo constitutivo de una nación, nos ha llevado a disputar por el espacio de “izquierda”. Como si ahí estuviera el meollo del conflicto. En ese terreno, pronto se ha impuesto la competencia española con todos los medios (televisión, prensa, redes sociales, etc.) a su favor. El resultado es que nuestro mapa cromático se asemeja -casi- al catalán y se diferencia apenas del resto del Estado español (pero, también, en colores españoles).
En el momento en que la situación europea e internacional propician un panorama proclive a la independencia, y el Estado español la bloquea como puede, parecía (y parece) el momento de trabajar por un proceso propio hacia la independencia.
La apuesta estratégica de nuestro procés debe tener capacidad de movilizar la sociedad civil. No olvidemos que, como decía Joan M. Tresserras hace pocos días, la independencia y la posibilidad de construir un nuevo Estado, es el proyecto de transformación política y social más radical y poderoso para las clases trabajadoras.
Los actuales partidos cargan con inercias (ventajas económicas, discursos pasados, comodidad, seguidismo) que serán en un principio una rémora. Es lo que pasó en Cataluña. Al final se apuntan al carro. Pero hay que arrastrarlos.
Nuestro problema es que la mayoría de lo que se llaman “movimientos sociales” tienen por detrás alguno de los partidos con toda la carga de instrumentalización que les frena. La victoria de Podemos en la CAV y su buen resultado en la CFN, marginando por completo a las fuerzas abertzales, indica que no se han establecido unas líneas de alcance estratégico.
Es necesario un relato propio, asumido con energía y sin complejos. Tampoco aquí hay “tierras de nadie”. En el presente estamos aceptando un relato (muy social y progre) que nos niega como sujeto. Por añadidura, hay bastante gente que piensa que la victoria vendrá de una bienpensante “unidad”. Pero no está claro quiénes deben unirse, ni para qué. Una “unidad” sin contenido estratégico está condenada de antemano al fracaso.
Pretender competir con el gauchismo español con un discurso “más a la izquierda”, cuando sabemos que todas estas posiciones no van más allá de la verborrea, de la mera retórica, es algo abocado a la derrota. Pretender seguir jugando a ser una “pieza clave” para la “gobernabilidad de España” es jugar un juego de perdedores y recibir la patada en cierto lugar cuando sus intereses de Estado se sobrepongan a los coyunturales de las disputas partidistas.
La única vía con visos de prosperar ha de tener un soporte directo en la sociedad civil organizada con ese fin. Sin interferencias partidistas. Así lo hicieron, y esperemos que sigan haciéndolo, en Cataluña. No podemos ni debemos imitarles, pero hemos de encontrar nuestra propia vía a la independencia. Algo que hoy por hoy no se enuncia. Para eso, hacia ese objetivo, debemos poner en marcha toda nuestra fuerza social. No sería malo aprovechar la crisis previsible que generaría un próxima independencia catalana.
En este camino (siempre que nos definamos en términos de relato propio, autoestima, estrategia) podemos ganar a todo el mundo y en cualquier campo, incluso en el de las elecciones, a pesar de los sesgos y marcas del régimen español. Pero, sobre todo, vencer en la constitución de nuestra vía a la independencia. Hay que cambiar los mapas. Sacarles los colores.
Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

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MONTEJURRA 40 AÑOS DESPUÉS

EL CARLISMO EN 1976

El fenómeno carlista siempre ha constituido una especie de “sapo” difícil de digerir por parte de los historiadores españoles, y por supuesto sus medios de comunicación y propaganda. Vapuleado a diestro y siniestro, muy pocas veces ha sido contextualizado en la realidad en que nació y en los problemas sociales y políticos a lo que trató de dar, con más o menos éxito, respuesta.

No trataremos aquí de analizar el carlismo, pero sí intentaremos entender cómo una fuerza política que puso sus recursos al servicio del golpe militar de 1936, muy pronto expresó su disconformidad con el régimen que le siguió, ya durante la propia guerra –Decreto de Unificación con Falange en abril de 1937- y en la creación del “Nuevo Estado” tras la victoria después.

Los años negros de la dictadura fueron cuajando focos de oposición a la misma. Los problemas nacionales de Cataluña y País Vasco, no aniquilados por el fascismo, fueron núcleos de resistencia. La capacidad clandestina y su disciplinada organización hicieron del PCE otro puntal de la oposición. No ocurrió lo mismo con otros partidos históricos, como el PSOE u otros movimientos republicanos.

Durante esta etapa el carlismo pasó por fases de acercamiento y alejamiento a Franco. Javier de Borbón Parma, titular de su jefatura legítima para la mayoría de los carlistas, participó en la resistencia al nazismo en Francia y fue internado en el campo de Natzweiler, en Alsacia, primero, y luego en Dachau. Durante la guerra 1936-39 Franco lo había expulsado de su territorio.

La evolución de las distintas naciones a nivel del Estado español y europeo, su vivencia por las personas de base del propio carlismo, unida a los cambios producidos en el seno de la Iglesia Católica –de la que los carlistas eran siempre fieles seguidores- sobre todo con el Concilio Vaticano II, condujo a una radicalización social y política de muchos militantes. El relevo como líder del carlismo del hijo de Javier, Carlos Hugo, de excelente preparación universitaria, conocedor de la realidad europea y mundial y alejado de las tendencias integristas del carlismo sobre todo en la etapa de la segunda república española, remachó un profundo cambio en el mismo.

El acto de Montejurra se venía celebrando con carácter conmemorativo desde el final de la guerra 1936-39, pero a partir de 1957, con la incorporación de Carlos Hugo, toma un carácter de clara oposición al Régimen. El carlismo presentaba una doble oposición: por un lado, constituía una fuerza política con una importante militancia, sobre todo en los territorios forales –Euskal Herria, Cataluña, País Valenciano- y, por otro, Carlos Hugo representaba una alternativa al heredero de Franco: Juan Carlos.

En 1974 el Partido Carlista participaba de la “Junta Democrática” con el PCE, el PTE o el PSP de Tierno Galván. Tras la unión con la “Plataforma de Convergencia Democrática”, impulsada por el PSOE, todos conformaron la llamada “Platajunta”. El carlismo estaba en la primera línea de oposición al Régimen.

Dentro del conjunto de grupos que se reclamaban del carlismo, había también sectores, minoritarios desde el punto de vista social e irrelevantes desde el político, partidarios de continuar en su soporte al Régimen. En ellos se sustentó la “Operación Reconquista”.

OPERACIÓN RECONQUISTA (1976)

Nunca los servicios secretos españoles se han caracterizado por su pericia en gestionar las operaciones de las cloacas del Estado. Su estilo chapucero lo vimos, algo más tarde, en los GAL. En Montejurra la “Operación Reconquista” fue una escenificación de la “división” del carlismo para dar una cierta verosimilitud de ‘enfrentamiento entre facciones’ del partido carlista.

Entre el Ministro de la Gobernación español, Manuel Fraga, el director de la Guardia Civil, Angel Campano, y su jefe de Estado Mayor, José Antonio Sáenz de Santamaría, buscaron la complicidad de Sixto Enrique, hermano de Carlos Hugo, para encabezar lo que debería ser “la otra facción”. Se apoyaron en mercenarios, despojos del fascismo español, italiano y argentino, para formar una banda paramilitar de apoyo.

Para intentar construir un relato algo creíble, utilizaron a José Arturo Márquez de Prado, antiguo dirigente del requeté y apartado de cualquier responsabilidad política en el partido carlista. Los días precedentes Márquez de Prado frecuentó la Dirección General de la Guardia Civil y participó en reuniones del Estado Mayor con su director general y mandos implicados en la organización de los actos. Márquez de Prado solicitó para sus militantes, que desde la víspera iban a concentrarse en la cima de Montejurra, que la Guardia Civil les facilitara radio-teléfonos y armamento pesado, en concreto ametralladoras.

Entre esta barahúnda aparece el “hombre de la gabardina”, Marín García-Verde, comandante retirado del ejército español, que fue quien el 9 de mayo disparó a sangre fría a Aniano Jiménez Santos en las campas de Iratxe. Aniano falleció pocos días después.

Desde la víspera, el grupo paramilitar ocupó la cumbre del monte y una ametralladora, con munición habitual del Ejército español, disparó entre la niebla a los carlistas que pretendían alcanzar la cima. A consecuencia de los disparos murió Ricardo García Pellejero.

Los guardias civiles y la policía que vigilaban la zona dijeron que tenían órdenes de “no intervenir”. La participación del Ministerio del Interior español y su responsabilidad en la organización de estos actos fueron evidentes. La ficción de las “dos facciones” fue una burda patraña urdida por la propaganda española para justificar su agresión.

TERRORISMO DE ESTADO PARA LIQUIDAR EL CARLISMO

El resultado de dos muertos y más de veinte heridos, varios de ellos graves, constituye la parte más gráfica y dolorosa, desde el punto de vista humano, del balance del terrorismo estatal español en Montejurra. Desde la perspectiva política, el terror consiguió una parte importante de sus objetivos. No eliminó físicamente la figura de Carlos Hugo, a pesar de que muchos consideraron que era uno de los objetivos previstos. Pero logró el declive progresivo del peso del Partido carlista y, al final, el eclipse de Carlos Hugo como líder político.

Tras muchas investigaciones y revisión de testimonios, se ha podido construir un relato veraz de lo ocurrido. El ataque de Montejurra supuso, en la práctica, el ocaso del partido más antiguo del Estado español, de las Españas como dicen los carlistas, que llevaba vigente desde que en 1833 se alzó con la bandera de los fueros y la defensa de los bienes comunes frente al unitarismo de los gobiernos españoles, mal llamados liberales, y las desamortizaciones de los mismos a favor de los caciques locales.

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