LA NACIÓN VASCONAVARRA

La historia se compone de lo pasado y lo futuro, de esperanza y recuerdo (Novalis 1799)

En la que posiblemente sea su única novela, Santos y eruditos, Terry Eagleton afirma que lo bello de ser un conquistador era que uno jamás necesitaba preocuparse por saber quién era. Se refería a los ingleses en Irlanda. El reverso de esta reflexión en la permanente puesta en cuestión de la identidad de los conquistados. Este es el gran triunfo de los conquistadores: las cuestiones referentes a la identidad surgen en las naciones conquistadas. Las conquistadoras la tienen de “por sí”, como quien dice “de toda la vida”.

En nuestro país, cuando nos planteamos cuál será el futuro en medio de tantos avatares, incertidumbres y conflictos, una enorme duda que nos sacude es esa de la identidad. O, dicho de modo más prosaico, cuál es el sujeto de ese futuro. Porque, como se ve en la reflexión de Eagleton, también nosotros fuimos conquistados. Al no ser vencedores, ni agresores ni conquistadores, no nos asiste ningún sobreentendido que resuelva esta incógnita. Por eso, cuando nos preguntamos cómo definimos la nación vasca, quién es el sujeto, es habitual que entre las respuestas se deslicen confusiones, manipulaciones, incluso disparates sin cuento.

Sin ir muy lejos, hace unos días nos tropezamos en la prensa con una opinión que afirmaba que los distintos patriotismos que concurren en el país eran (o debían ser) compatibles. Literalmente, el vasco con el español y el francés (sic). No es fácil imaginar desde qué atalaya cósmica o autismo intelectual se puede asumir dicha compatibilidad, sin tener presentes los siglos de imperialismo, la violencia de los estados, el genocidio de nuestras lengua y cultura, y en conjunto todas las formas de dominación y sometimiento (guerras, leyes, prohibiciones…) que se han sucedido. Quizás -no lo sé- es que se puede entender la sociedad y su devenir real (no el oficial, académico o relatado) sin atender a la lógica del poder, a los intereses de dominación y a la naturaleza conflictiva -violenta- de los estados. Especialmente los que nos han tocado. Pero sería más justo afirmar que no se puede asimilar los patriotismos de uno y otro signo (de resistencia, liberación, uno; de dominio y poder imperial, otros), y sobre todo que su “compatibilidad” es un oxímoron, un chiste de mal gusto.

Por otra parte, ¡cómo entendemos la realidad nacional de una colectividad histórica sin citar siquiera la existencia de un Estado real en su pasado, Navarra, que actuó durante siglos sobre esa comunidad! Ordenándola, defendiéndola, instituyéndola, representándola…

Cuando hablamos de nuestra nación, en términos de sujeto colectivo, de futuro, hemos de tener presente que ese colectivo histórico se soporta en la convivencia real de un pueblo, en siglos de existencia comunitaria, compartida sobre unas bases que se vivían como naturales, propias: lingua navarrorum, territorio, cultura; pero también leyes, instituciones, simbología… Todo ello existió durante siglos y en cierto modo llegó al presente porque existía una realidad jurídico-política en forma de Estado que le daba un ámbito propio. Navarra. Vasconia, el pueblo vasco, actuó, perduró y se defendió a través de esa estructura institucional. Sin considerar este dato no es posible entender ni definir la nación vasca, por mucho que esgrimamos la excusa de que ‘sólo miramos al futuro’.

Decía Andoni Esparza Leibar que “los símbolos ayudan a la pervivencia de una sociedad” (“La nación vasca ya está aquí”). Por supuesto, sin nombrarse, sin reconocerse, sin dotarse simbólicamente, no puede existir el colectivo. La nación. Pero volviendo a las situaciones de conflicto y poder, no podemos pensar que los símbolos son transparentes, inmaculados o inocuos. Al contrario, pueden ser vaciados de contenido, manipulados o pervertidos. Hay que prestar atención al significado de los símbolos para que no sean utilizados contra la propia nación: para dividirla, desfigurarla, debilitarla; para que no la reconozcan ni los propios individuos. De eso, en nuestro país, tenemos buenos ejemplos. Aquello de “Nafarroa Euskadi da” puede darnos alguna pista sobre estos errores y despropósitos, máxime si pensamos qué es hoy Euskadi. Nuestra esperanza como nación vasconavarra debe incluir la referencia al Estado que la hizo posible y su simbolismo da sentido a un proyecto liberador en el concierto de los estados. Esa institución le dio significado nacional a nuestro pueblo, y sin ella hoy no tendríamos identidad vasca. Ni, probablemente, tampoco futuro

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

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EL BRAZO INCORRUPTO DE LA CONSTITUCIÓN DEL 78

El alcalde Maya (Iruñea-Pamplona) pretende cambiar el nombre de la plaza del Baluarte por el de la Constitución. No entraremos en la ocurrencia de la bandera, envoltura habitual de los canallas. Pero sí merece la pena mencionar algunos aspectos de esa querencia inesperada por la ley magna española.

Pensemos que toda Constitución formal se construye sobre una constitución real, una situación de hecho, de fondo. Cuando se formuló la española de 1978, la relación de fuerzas en el seno del Estado inspiraba unos elementos básicos, la situación de hecho, que determinaban sus artículos.

Tras la muerte de Franco el poder real del Estado no cambió de manos. Cambiaron los nombres de las instituciones, algunas personas desaparecieron de la escena política, pocas, pero la mayor parte de los apellidos que gestionaron la transición eran los que controlaban el poder en la época franquista.

Aunque se tituló como “Estado de las autonomías”, con la idea de disimular las vergüenzas de un Estado unitario, esta realidad se inscribió en el texto. En efecto, la Constitución de 1978 presenta, incluso explícitamente en su forma, una aporía. Su artículo 2 dice:

La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…

Esta constitución, pues, no se fundamenta, como sería natural, en la voluntad del pueblo español, sino en algo tan etéreo, ideológico y material al mismo tiempo como es la indisoluble unidad (de lo que sea). La UNIDAD. Poco pinta aquí la voluntad de las personas y, mucho menos, la de las naciones que quedan ahí encerradas. No es la Nación la que se constituye en Estado y define su constitución, sino el Estado quien envaina pueblos, naciones y personas en su autoridad; en su jurisdicción. En su supremacía, dominante, la española.

Enaltecer hoy la constitución del 78 es vender mercancía averiada. Su enunciado formal fue definido desde el principio por los poderes reales del Estado. Hoy diríamos el deep state. Si alguien pretendía ampliar cualquier extremo, enseguida saltaban los reajustes. Entonces se hablaba de “ruidos de sables”, o se ensayaban tejerazos y, por si fuera poco y alguien tuviera otras veleidades, en 1981 se encargaron de clausurarla en el delicado ámbito de la administración territorial (las autonomías), con la célebre Ley de Armonización (LOAPA) y el café pa’ todos.

Desde que se ensayaron las milongas constitucionalistas en el Estado español, con la Pepa en 1812 y las siete que siguieron hasta 1978, nuestra tierra nunca les ha sido propicia ni proclive. Siempre las hemos sentido como un trágala. Sin ir más lejos, en los debates previos a la aprobación de esta del 78 se produjo una insólita alianza en la Alta Navarra entre UPN y HB, que la rechazaron en un manifiesto. Desde Jesús Aizpún a Patxi Zabaleta. No podían admitirla ya que el Sistema Foral Navarro no se somete a una constitución española. No encaja, ya que procede de una soberanía previa que, aunque subordinada al régimen del Estado por la derrota en varias guerras, no responde a una constitución declarada para el “conjunto de España”.

En el presente el ‘régimen del 78’ (significado precisamente por esa fecha y por la constitución a que alude) está en entredicho por el fracaso sistemático ante todos los retos democráticos, nacionales, territoriales, que se le han presentado a ese Estado. La del 78 es la España de la corrupción, de los homenajes a Franco, del Ibex35, del rey mataelefantes, del 155 a los catalanes, del GAL, del ‘a por ellos’ y demás lamentables cualidades.

Querer disimular las incompetencias locales (el muerto de los Caídos, el destrozo del sky line de la Media Luna con el pelotazo de las Torres de Salesianos, etc.) con el brazo incorrupto de la constitución española, no parece el mejor sistema para disipar malos olores.

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

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CATALUÑA: EL DILEMA

El balance del proceso catalán desde 2006 hasta el referéndum del 1 de octubre de 2017 ofrece una gran victoria del movimiento de emancipación nacional en el Principado de Cataluña, un decidido paso hacia su independencia. El proceso consolidó un movimiento democrático de incalculable magnitud, sobre todo por el protagonismo indiscutible de la sociedad civil, y sorprendió a propios y extraños, empezando por el mismo Estado español. La decidida voluntad de la gente y la logística impecable para la realización de la consulta constituyen un hito democrático de primera magnitud a nivel europeo y mundial.

La brutal reacción del Estado español, fiel a su tradicional “cultura”, por llamarla de algún modo, política destapó alguna de las vergüenzas del propio proceso, de manera que desenmascaró y aclaró posiciones que ya se incubaban desde su comienzo.

Justo después de la consulta del 9 de noviembre de 2014, Artur Mas planteó en una conferencia una estrategia para los siguientes pasos. Consistía en acudir juntos a las elecciones los tres partidos ‘independentistas’ y así convertirlas en plebiscitarias. Reivindicaba el eslogan “la unión provoca la fuerza”. Mas fue inmediatamente replicado por Oriol Junqueras, que presentó a los pocos días, en otra conferencia, la tesis contraria, en la que defendió que era más eficaz acudir por separado para, de ese modo, recoger los flecos de los extremos que no querían someterse a un partido al que, posiblemente, aborrecían. De este modo se recogerían ‘más votos’ y se alcanzaría un resultado numérico mejor.

La opción de Junqueras no tenía en cuenta el ‘factor  humano’ que representan la ilusión y el empuje que supone acudir unidos por un objetivo tan importante como la independencia. Consideraba tan sólo los fríos números que, extrapolando votaciones anteriores o estudios de prospección, obtenía con su calculadora. La CUP se distanció inmediatamente pero ERC y los convergentes, con pocas ganas, acudieron juntos bajo la marca de Junts pel Sí. Sin mayoría absoluta, ganaron. Las tensiones internas y con la CUP provocaron el envío “a la papelera de la historia” de Artur Mas y propiciaron su recambio por Carles Puigdemont, una persona mucho más decidida y ambiciosa que Mas en el camino hacia la independencia.    

La resaca provocada por la reacción del Estado español tras el referéndum del 1-O de 2017 y la abortada declaración de independencia por el Parlament de Cataluña el 27-O, comenzó con el modo de jalear a las fuerzas de orden españolas trasladadas a Cataluña para apalear a los votantes sin distinciones de edad o sexo (“¡A por ellos!”). Siguió con el infame discurso del rey Felipe del 3-O y la imposición del artículo 155 de la Constitución española que suspendía la autonomía, destituía al Govern de la Generalitat y disolvía su Parlament y toda su estructura subsidiaria Todo ello hizo aflorar, de nuevo, dos visiones distintas de la realidad catalana.

Por un lado, Puigdemont, Ponsatí y Comín como consejeros del Govern de la Generalitat optaron por refugiarse en el exilio en Bélgica. Por otro, Junqueras y el resto de consejeros decidieron esperar a su “caza y captura”, a pesar de haber podido escoger también el exilio. Efectivamente, tras la detención de los presidentes de la ANC (Jordi Sánchez) y de Omnium (Jordi Cuixart), todos ellos fueron apresados.

Pudimos contemplar un juicio ignominioso: en Madrid, con jueces de la Audiencia Nacional, en español, con pruebas falseadas o parciales y sin opción a presentar las propias, fueron condenados a durísimas penas de prisión e inhabilitación por un delito inexistente en cualquier Estado con un mínimo de estándares democráticos.

Mientras los exiliados en Bélgica iniciaban una estrategia de denuncia del Estado español en todas las instancias posibles, éste ha tratado de desacreditarlos por todos los medios de que dispone en la UE. Ha intentado obtener su extradición para ser juzgados en su territorio. El resultado siempre ha supuesto su fracaso. El exilio catalán ha conseguido la internacionalización del conflicto, el ridículo del sistema judicial español y, en su versión proactiva, ha constituido, primero, la organización de “Junts per Catalunya” y, segundo, la creación del “Consell per la República”, con la aspiración de ser una institución exclusivamente catalana, al margen de cualquier otra dependiente del Estado español y con ambición de abarcar a todos los Países Catalanes.

La vía propuesta por Oriol Junqueras y apoyada principalmente por ERC y algunos restos de la antigua Convergencia, como el PdeCAT, se basa en la misma idea que expresó Junqueras en su réplica a Artur Mas en 2014: una perspectiva exclusivamente numérica. Tras este planteamiento se oculta la ambición de ERC de llegar a ser el partido mayoritario… ¡de la autonomía! 

Aunque los tres partidos autodenominados independentistas lograron mayoría en votos (52%) y escaños en el Parlament de Cataluña, la ERC de Junqueras pretende únicamente “ampliar la base”. Pero no es un ampliación por el empuje social, por la gente movilizada y en marcha por el objetivo de la independencia (como en el proceso), sino un crecimiento al modo “misionero”, basado en convencer a la gente de que con la independencia ‘viviría mejor’ y sin hacer referencia a la dignidad de la lengua y cultura catalanas perseguidas y maltratadas por siglos. Un crecimiento que han planteado como no nacional.

Así como la vía de Junts, al menos sobre el papel, pretende un crecimiento por el impulso masivo y el activismo de la gente, de modo que fuera capaz de catalizar la sociedad por una independencia próxima, la de ERC plantea un aplazamiento sine die de la consecución de la misma (¿2050?, no me lo invento, lo han dicho ellos) y en el “mientras tanto” gestionar la autonomía (o lo que vaya quedando de ella) al modo Pujol.

En este camino se han encontrado con otra resaca, en este caso la de la Izquierda Abertzale, que, tras final de ETA e incapaz de generar un relato propio de lo sucedido en nuestro país tras la victoria del franquismo, ha sucumbido a una idea muy semejante a la de ERC: aparcar, sine die también, la independencia y dedicarse a la gestión de la autonomía, sobre todo en la CAV y –en lo que puedan- en la CFN. De la mano del PsoE, sobre todo, en la segunda. Esta alianza, que ya se expresó en las elecciones al Parlamento Europeo de 2019 en las que la candidatura encabezada por Puigdemont venció a la del acuerdo entre ERC y la IA, se ha vuelto a manifestar en el apoyo de ambos partidos a los presupuestos del Estado.

En este momento, en Cataluña y al margen de la oferta electoral directamente española, se ofrecen dos alternativas políticas, las autodenominadas como la rupturista y la posibilista. Los segundos llaman a los primeros neoautonomistas o directamente botiflers (traidores) y los primeros a los segundos, maximalistas o hiperventilados.

Como dice Vicent Partal en sus lúcidos editoriales en Vilaweb, la línea que separa las dos opciones no es (aunque a veces coincida) entre ERC y Junts, que no son bloques homogéneos (en Junts hay neoautonomistas y en ERC los hay que apoyan la opción rupturista). La diferencia, según Partal, está entre quienes confían en la capacidad de las fuerzas propias (la nación), consideran que se puede vencer a España y que ésta no tiene derecho a decidir el futuro de Cataluña y los que, ante una situación de fuerza insuperable, piensan lo contrario.

El cambio cualitativo de la sociedad catalana con el proceso, al propiciarlo aprovechando los agravios del Estado español y con una fuerte organización de la sociedad civil, llevó al referéndum del 1-O. La fuerza generada, hoy posiblemente desanimada, sigue existiendo y es necesario que aflore de nuevo. Debe superar el complejo de derrota, recuperar la autoestima y salir de nuevo a la calle. Para ello hacen falta objetivos y mantener y mejorar las redes tejidas en el proceso. El Consell per la República, extraño al control del Estado español, podría ser el catalizador de este potencial latente. Necesita ideas, estrategia y liderazgo.

El plan del neoautonomismo que lo fía todo a una hipotética “ampliación de la base” y a una “mesa de diálogo” –en la que se puede hablar de todo menos de autodeterminación y amnistía- no es precisamente ilusionante. Ni efectivo. La mentalidad del derrotado que mendiga al vencedor, no conduce a obtener sus “graciosas concesiones” sino a ser menospreciado. Es una vía condenada a la impotencia y al fracaso.

La otra vía puede tener un camino positivo, sobre todo si es capaz de ilusionar y movilizar de nuevo todas las fuerzas que propiciaron las consultas de Arenys de Munt, la del 9-N de 2014, las multitudinarias Diadas de 2012 a 2017, el referéndum del 1-O de 2017 y su movilización y logística. Así puede presentar de nuevo una oposición estratégica al Estado español y aprovechar sus debilidades, como son su corrupción estructural, su débil posición económica internacional, su endeudamiento, su falta de credibilidad democrática… Es la única que ofrece un futuro democrático para el Principado y el resto de Países Catalanes.

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EL JUEZ LLARENA, UN CASO DE ‘ENSIMISMAMIENTO’ ESPAÑOL

Un articulo de mi amigo Jaume Renyer en su blog

La persistente, aunque por ahora fallida, persecución del juez Llarena contra el president Puigdemont y los demás miembros del Gobierno de la Generalitat exiliados hace evidente la autarquía del sistema judicial del Reino de España, aparentemente adherido a los principios y valores de la  Unión Europea, pero en la práctica ajeno, como lo demuestran las desproporcionadamente numerosas resoluciones judiciales comunitarias que obligan a modificar la legislación estatal, ya de por sí adaptada con retraso.
Además de seguir su particular batalla judicial mediante las crónicas de Josep Casulleras en Vilaweb, hay que entender el comportamiento del juez Pablo Llarena como una muestra de la mentalidad colectiva que impregna, no sólo la judicatura, sino el conjunto del integrismo  español contemporáneo cronificado en al aparato de Estado y los poderes fácticos que dominan el sistema político constitucional, un caso excepcional en la Europa democrática.
El “ensimismamiento” es una conducta colectiva que se ha convertido en rasgo identitario del nacionalismo español.  Se trata, probablemente, de un neologismo surgido del lenguaje popular a principios del siglo XIX y recogido por primera vez en el “Diccionario Nacional” (1846-1847) del erudito progresista gallego Ramón Joaquín Domínguez (1811-1848), que lo  definió como “abismarse en sí mismo;  pensar consigo de sí mismo, haciendo abstracción de todos los objetos que le rodean”.  José Ortega y Gasset fue uno de los intelectuales que en el siglo XX actualizó la noción en un texto titulado “Ensimismamiento y alteraciones”, publicado en 1939, afirmando que es “un espléndido vocablo, que solo existe en nuestro idioma”.  En nuestros días, lo reivindica Pedro Álvarez de Miranda, “Ensimismarse”, (Instituto Cervantes, 10 de abril de 2013), calificándolo de “magnífico verbo”.
A pesar de estas alabanzas, el “ensimismamiento” está poco estudiado desde un punto de vista histórico y político.  Parece evidente que nace en una etapa decadente del imperio español, afectado por las progresivas independencias de las naciones latinoamericanas que culminan con “el desastre del 98”.  Ese declive lo tratan de cambiar unos pocos intelectuales regeneracionistas (Joaquín Costa, en lugar destacado), pero, a diferencia de sus coetáneos catalanes de la Renaixença, tenían escasa incidencia en la sociedad que se esforzaban por revitalizar, eran esfuerzos individuales que no llegaron  a construir un proyecto cultural colectivo ni tuvieron ninguna proyección hacia el sistema político de la Restauración.  Ya lo dejó escrito Antoni Jutglar en su magnífico ensayo “La España que no pudo ser”.
Como acertadamente describe Lourdes Sánchez Rodrigo: “Por eso, su nostalgia del tiempo pasado, su atracción por una Castilla primitiva y medieval -la única que creían auténtica-, o su nostalgia por la infancia, que no es sino la simbolización de este pasado, la búsqueda de un paraíso perdido de clara influencia romántica, así como su admiración por los pueblos, porque aún conservan un modo de vida incontaminado de todos los cambios que había sufrido el mundo, los cambios materiales y los espirituales.  Una admiración que les llevará al desprecio por las ciudades modernas, o sea, civilizadas” (“El Regeneracionismo catalán en España”, Miscelánea Joan Fuster, Volumen V, PAM, 1992, página 226).
Hoy día el ruralismo castellano ha sido sustituido por la locura de la megalópolis madrileña, pero la pereza intelectual, la miseria moral, la actitud refractaria a las exigencias contemporáneas de libertad y prosperidad, subsisten en la mentalidad integrista y supremacista de las élites  que ejercen la hegemonía ideológica (por decirlo de alguna manera) y garantizan la continuidad del orden estatal.  De las que Pablo Llarena es exponente destacado.

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LA EXTRAÑA DERROTA

Un artículo de mi amigo Jaume Renyer en su blog:

Marc Bloch, el eminente historiador francés, combatiente voluntario en la Segunda Guerra Mundial, dejó escritas sus reflexiones sobre la derrota del verano de 1940 en un ensayo titulado “L’Étrange Défaite”, editado póstumamente tras su ejecución a manos de los colaboracionistas que no soportaban su condición de activo resistente y de judío. Fue el primer analista en señalar la responsabilidad de las élites francesas que hacía tiempo anhelaban un régimen como la Alemania nazi o la Italia fascista y abocados a una guerra que no querían de ningún modo prefirieron la victoria del nazismo antes que un eventual triunfo del frente popular. El resultado fue que el régimen de Vichy encabezado por Petain recibió el apoyo mayoritario no sólo de la burguesía sino de un amplio abanico de la clase política que optó por la rendición y la adopción de un fascismo a la francesa colaborando incluso activamente con los ocupantes alemanes en el combate contra la resistencia y los aliados.

Salvando las distancias, las deducciones de Marc Bloch son aplicables a la búsqueda de una explicación a la repentina y mayoritaria claudicación de los dirigentes independentista en el mismo octubre de 2017 divulgando, inmediatamente, el rumor de que el referéndum de autodeterminación del Primero de Octubre había sido una derrota nacional catalana. Sin autocrítica por la falta de preparación de estructuras de estado durante los años de proceso independentista, ni reflexión honesta y abierta a partir de la realidad jurídica y política de los hechos, el discurso propagandista de la derrota ha llegado a ser hegemónico a los cuatro años con la complicidad del poder español y sus adláteres entre nosotros.

La explicación radica en que muchos de los que aparentemente tenían prisa por hacer la independencia con 68 diputados, realmente no la deseaban porque su proyecto verdadero era lograr la gestión autonómica de las élites autóctonas de las que aspiran a formar parte. La larga y minuciosa deconstrucción del proceso independentista llevada por ERC ha culminado exitosamente para ese partido con la constitución del govern presidido por Pere Aragonés y bendecido por los asistentes al acto del Liceo convocado por Pedro Sánchez. La actitud de Esquerra tiene sus antecedentes en la ruptura que existe entre la etapa en que Ángel Colom y posteriormente Josep-Lluís Carod-Rovira, tenían en común la prioridad en la causa independentista, mientras que los liderazgos de Joan Puigcercós y Oriol Junqueras la subordinan a pactos con el PSOE como hicieron durante el segundo tripartito y donde reinciden desde 2017 a esta parte. ERC ha hecho suyo el modelo de partido de los capitanes del PSC y se ofrecen gratis al PSOE para la reforma del marco institucional estatal (como hicieron con la financiación autonómica de Rodríguez Zapatero). Al mismo tiempo que no tienen proyecto alguno de transformación de la situación estructural de dependencia política y expolio económico, sí lo tienen, por el contrario, de formar parte de los gestores que la perpetúan (así hay que interpretar, por ejemplo, el apoyo preferente a UGT en detrimento del sindicalismo nacional catalán).

La actitud de ERC tiene precedentes, Josep Tarradellas fue un verdadero Petain en el momento de restablecer la Generalitat, como acertadamente señaló Josep Rahola, senador de Esquerra, en el artículo que le dedicó cuando aún era president de la Generalitat, “De un pequeño De Gaulle a un Petain”. Hoy, sin embargo no hay nadie dentro del partido capaz de denunciar los nuevos ‘petains’ que lo dirigen. Hay que decir, sin embargo, que nuestra “extraña derrota” no es responsabilidad sólo de Junqueras y sus acólitos, el PDECat plenamente, y en menor medida la CUP y Junts per Catalunya, son cómplices de este abatimiento vergonzoso, de palabra o con hechos, como el ridículo abrazo de Jordi Cuixart a Miquel Iceta o la amonestación a quienes abuchean a Ada Colau. El progresismo abstracto y banal de las “luchas compartidas” es trasversal desde el PSC a la CUP, pasando por los Comunes y Òmnium, que señalan a la extrema derecha como enemigo, ocultan que el conflicto real es entre el independentismo y el poder español.

La cobertura mediática a esta operación de estado para liquidar (aplazar, dicen los serviles políticos catalanes) el independentismo es tan abrumadora como ficticios son los argumentos de los gregarios que divulgan imposturas a medida que no resisten la crítica razonada. Un muestra es el artículo “Paisaje vasco después de la batalla”, de Antoni Batista, el pasado 10 en el Ara. Equipara, “la derrota del independentismo vasco que era armado, y la derrota del independentismo catalán, que es pacífico”, para concluir que “el Estado se ha impuesto a los dos soberanismos nacionales más potentes, y ahora, uno y otro, se ven abocados a una larga travesía de autonomía aún más restringida que cuando empezaron sus respectivas luchas, y a verlas venir aún mucho peor si en España gobierna la extrema derecha”.

En primer lugar, la autonomía vasca y navarra ha incrementado competencias, en buena parte a las espaldas de los catalanes que, efectivamente, somos castigados colectivamente por haber osado desafiar el orden establecido. En segundo lugar, el final de la lucha de ETA no debería supuesto necesariamente la derrota del independentismo vasco si, por ejemplo, la disolución unilateral se hubiera adoptado a raíz de los acuerdos de Lizarra/Garazi 1998, como el final unilateral de ‘Terra Lliure’ (‘Tierra Libre’) entre 1991 y 1995 no fue una derrota del independentismo catalán a pesar de las detenciones de la operación Garzón. Por el contrario, el crecimiento de ERC y del soberanismo en general, fue espectacular a partir de ese gesto y de aquel momento. El dicurso derrotista, pues, es una interpretación distorsionada que no soporta el contraste con la argumentación jurídica de la validez del referéndum del 1 de octubre -que hizo, entre otros, el Colectivo Maspons i Anglasell-, ni la validez política que reiteradamente sustenta, entre otros, Vicent Partal en los editoriales de Vilaweb. Nunca el pueblo catalán había llegado efectivamente tan lejos, ni en el 14 de abril de 1931, ni el 6 de octubre de 1934, y nunca como ahora tiene las condiciones internas e internacionales para persistir con expectativas reales de éxito a medio plazo.

Desgraciadamente, no tenemos todavía nuestro Marc Bloch que escriba “La extraña derrota”, la nuestra; tenemos aspirantes a Petain que se ufanan del paso dado del (falso) conflicto al (real) colaboracionismo con el poder español, cuyo ‘botiflerismo‘ se irá haciendo más agresivo a medida que fracase la mesa de diálogo y deje al descubierto su actitud claudicante, como hizo Pierre Laval (¿quién será?). En estos momentos, los cómplices de la dependencia son políticamente mayoritarios, mientras que los resistentes son claramente minoritarios. ¿Quién será el De Gaulle que invierta la correlación de fuerzas? Sólo puede serlo al frente de un Consejo para la República efectivo el president Carles Puigdemont, como se atrevió a decir Julia Taurinyà en Vilaweb el 28 de enero de 2020 (6): “Hay que apostar por el govern en el exilio, Puigdemont hace pensar en De Gaulle”, unas palabras que le comportaron su retirada como delegada en la Cataluña Norte de ese organismo a instancias de su partido. Por ello, ERC contribuye al acoso español a Puigdemont boicoteando el ‘Consell per la República’ (‘Consejo para la República’).

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¿LOS REYES DE EUSKADI?

Rey de bastos

Resulta que el verano, antes pródigo en noticias fabulosas, las llamadas “serpientes de verano”, viene ahora dedicado al adoctrinamiento histórico. El nacionalismo español vuelve a su esencia, a la reconquista, en este caso de mentes y conciencias.

Si hace pocas semanas era Jaime Ignacio del Burgo quien nos aburría con sus alabanzas al emperador Carlos V, en esta ocasión es el historiador Pedro Chacón quien nos abruma con las glorias de Alfonso X de Castilla (“El rey sabio en Euskadi”. Diario Vasco, 16-VII-21). Los reyes españoles siempre son sabios, católicos, grandes, hermosos… Los nuestros tienen boina, que diría Eduardo Galeano.

El panegírico del rey hispánico nos recuerda la reflexión de Claudio Magris a propósito de otro monarca: “las iglesias, las torres, las casas patricias, las figuras esculpidas reflejan la majestad del pasado, una gloria que sólo se puede recordar y nunca poseer, que siempre ha sido y nunca es” (‘El Danubio’). Esa misma gloria apreciamos en el dominio castellano; las monsergas de siempre para justificar una violencia que nunca aceptamos; que todavía hoy dibuja nuestro mapa. Y que así se percibe en sus palabras: un elogio, una nostalgia de las épocas de expansión y batalla.

Lo cierto es que el relato de Chacón exhala todos los tufillos del discurso supremacista español. El primero, paradójico, chocante, es acusar de nacionalista a cualquiera que le discuta. “Todos estos municipios, sin excepción, están gobernados por el nacionalismo”. Los nacionalistas son los otros. Alguien que se lamenta de que un rey ajeno, castellano, no encuentra el menor recuerdo en las poblaciones vascas, cuando fue “uno de nuestros auténticos padres fundadores”, nos habla de nacionalismo. Pensamiento colonial encajado a rosca.

Otro de los rasgos que mueve a Chacón, que cruje por estar fuera de juego en nuestros días, es el de cambiar la grafía del país para describirnos con una geografía rancia, franquista. En su artículo Bergara es con v. Vergara. Kontrasta es con c, Contrasta. Como Korres, Corres. Agurain es Salvatierra. Tolosa y Segura permanecen porque no se les ha podido encontrar nombre sustitutorio (sic). Para él no es Ordizia sino ‘Villafranca de Ordicia’. No tenemos derecho a llamarnos como nos dé la gana. Bautiza quien manda, que para eso tiene la autoridad y la fuerza. Me recuerda a Humpty Dumpty. “Cuando yo empleo una palabra -insistió Humpty Dumpty en tono desdeñoso-, significa lo que yo quiero que signifique. –La cuestión está en saber quién manda” (Lewis Carroll).

El supremacismo es esa posición de un grupo humano que se considera superior a otros por tener la capacidad de someterlos y definirlos como quien define ‘un objeto propio’. Edward Said analizó cómo Egipto era definido por el dominio colonial del imperio inglés. Egipto era lo que los ingleses decidieran (a su conveniencia, obviamente). Parece que el modelo le gusta tanto a Chacón que lo adapta al pie de la letra. El rey de Castilla es nuestro padrecito fundador. Antes no existía el país. Castilla nos pone los nombres de las villas. ¿Quiénes nos creemos nosotros para cambiar esa tutela?

En conjunto el artículo de Chacón revela los tics habituales de estas lecturas interesadas de la historia. Manipulación, ocultamiento, versión oficial que legitima al vencedor… En 1200 Gipuzkoa y Araba pasaron a la órbita castellana, dice. Así; pasaron; como quien no quiere la cosa. No hubo, parece, guerra, ni violencia, ni invasión, ni ilegitimidad, ni desgarro del territorio vasconavarro. Luego vino el rey (¿de Euskadi? ¿De Castilla?) y fundó las villas para darnos una alegría. No para montar una frontera con la Navarra que no pudo ocupar, con el trozo del país que seguía siendo independiente. Tolosa, Ordizia, Segura, Agurain, Kontrasta, Korres, Kanpezu, Buradon… todas esas villas fundadas en la misma época (1256) en esa muga de guerra, recién inventada.

La fractura del país, la conquista, la violencia contra las gentes, los derechos, la aculturación de borrar hasta los nombres propios de la geografía… Todo son bagatelas ante la gloria de los reyes fundadores de la ‘patria’. ¡Supremacismo blanco y en botella.

Angel Rekalde, Luis Mª Martínez Garate

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UNA HISTORIA DE TERROR

Publicado el 27 de junio de 2021 por Shaudin Melgar-Foraster en su blog.

El 1 de julio, cada año se celebra el Día de Canadá. Pero este jueves no será como cada año para que muchos ciudadanos lo quieren cancelar, y el gobierno dice que será un día para reflexionar. Al parecer, este año no habrá ni fuegos artificiales ni prácticamente nada, porque cada día se suman más ciudades anunciando que cancelan todas las actividades que estaban programadas para este día.

Como quizás ya sospechan, se trata del resultado del descubrimiento de los restos de casi mil menores, enterrados sin identificación en fosas comunes en el terreno que pertenecían a antiguas escuelas llamadas ‘Residential Schools’, internados para niños y niñas inuit y, sobre todo, de las primeras naciones (indios canadienses), niños indígenas de Canadá arrebatados a sus familias y llevados a unos internados donde se les sometía a un adoctrinamiento brutal, en unas condiciones tan terribles que causaron la muerte de un 50% de estas criaturas -tuberculosis, infecciones de todo tipo, rotura de apéndice, accidentes, malnutrición, abusos, suicidios, homicidios y asesinatos.

La idea de los internados para asimilar niños indígenas había comenzado con los misioneros franceses en Quebec, en 1620, pero no prosperó porque los padres no enviaban los niños a las escuelas. Siglos más tarde se abrieron las primeras ‘Residential Schools’, 1883, que copiaron el modelo de las mismas escuelas en Estados Unidos (desde 1801) y de las colonias británicas. En Canadá se abrieron 130, en Estados Unidos había casi 400 y las británicas abundaban en sus colonias. En todos los casos, se trataba, en teoría, de conseguir una buena educación y la asimilación de estos niños a la cultura de quien, de hecho, ocupaba sus tierras, para así tener mejores perspectivas de futuro. La realidad, sin embargo, era mucho más siniestra.

En gran parte tenía que ver con la ‘Indian Act’, una ley aún vigente hoy en día, aunque retocada, que el gobierno federal ha usado para administrar desde el estatus indígena de una persona a la gobernanza de las reservas. También determina las obligaciones del gobierno federal hacia las primeras naciones. Los otros indígenas canadienses, los inuit (“esquimales”) y los mestizos (mezcla de indígena y no indígena) no entran porque no son indios. El ‘Indian Act’ se legisló en 1876 como herramienta imprescindible de colonización, y con la idea de eliminar la cultura de las primeras naciones y de asimilarlas a la cultura euro-canadiense. Pero hubo más: el gobierno, sobre todo por parte del departamento de asuntos indios, no quería dar a las primeras naciones todo lo que debían tener según los tratados. Por lo tanto, si enviaban a sus hijos a las ‘residential schools’, los asimilarían hasta que no se les pudiera considerar indios según la ley. De este modo, los tratados acabarían desapareciendo y se acabaría el llamado ‘Indian problem’ de una vez por todas. Y salió también del ‘Indian Act’ que ir a las ‘residential schools’ fuera absolutamente obligatorio a partir de los siete años, a pesar de que llevaban a criaturas que muchas veces no tenían más de dos años. Si no iban voluntariamente, se les iba a buscar a sus comunidades. Prácticamente, las únicas criaturas que se quedaban con sus padres eran los bebés.

Pusieron las ‘residential schools’ en manos de la iglesia, principalmente la iglesia católica que se ocupaba de un 60% de estas escuelas. El resto se repartía entre la iglesia metodista, la anglicana, la presbiteriana y la iglesia unida de Canadá. Muchas de las maestras eran monjas, pero también contrataban gente con poquísima preparación a la que a veces habían despedido de su trabajo previo. Algunas personas que se ocupaban de las escuelas, fueran curas, monjas o maestros laicas, eran buenas personas y, aunque no podían hacer mucho por el bienestar de aquellas criaturas, hacían lo que podían. Pero estas era una minoría, porque la mayoría eran verdaderos monstruos. Los alumnos debían levantarse a las 5:30 de la mañana para ordeñar las vacas y hacer todo tipo de trabajos pesados ​​y, luego, una hora en la iglesia y después a comer papillas, pero a veces les forzaban a comer estiércol. Sí. El resto del día lo pasaban haciendo trabajos duros, horas de iglesia y, con suerte, una hora de clase, que consistía en una asignatura llamada ‘civilización’, y un par de comidas ligeras.

A todos estos niños les habían forzado a dejar sus familias y la comunidad donde vivían. Algunas escuelas los dejaban pasar el verano con los suyos, pero los padres los tenían que ir a recoger y devolver, lo que en ciertos casos no era posible por la gran distancia entre las comunidades indígenas y las escuelas. Y si había que comprar pasajes de tren, muchas veces era imposible que lo pudieran pagar. Los niños que podían ir a casa, debían ser devueltos el día y hora exactos que se les decía, porque si llegaban tarde, por poco que fuera, castigaban a la criatura a no ir a casa el siguiente verano, además de golpearle. Había escuelas, sin embargo, que decidían eliminar las vacaciones de verano porque reasimilar las criaturas de nuevo era demasiado trabajo. De todos modos, los alumnos se encontraban que no se podían comunicar con la familia porque ya no hablaban su lengua y muchos padres no sabían inglés o francés.

La aniquilación de las lenguas indígenas era una de las tareas primordiales que debían conseguir las escuelas por lo que concernía a sus alumnos. Ya cuando los pequeños llegaban por primera vez, les prohibían decir una sola palabra en su lengua desde el primer día. Separaban a los hermanos, les quitaban toda la ropa que llevaban y los objetos personales, les cortaban los largos cabellos negros y les dejaban mudos con su pena, porque si hablaban con otro alumno los castigaban con crueldad, hasta el punto de que los pequeños acababan sangrando por numerosas heridas, y a veces muertos. Ningún niño, ninguna niña, osaba decir nada que no fuera en inglés o francés, según dónde estuviera la escuela. Además de las palizas, otro castigo era dejar a la criatura varios días encerrada en un armario sin nada para comer. Todo esto está documentado, como que pegaran a criaturas de dos y tres años con una correa hasta hacerlos sangrar, y cuando estaban en el suelo les daban patadas.

Las atrocidades se amontonaban en estas escuelas. Tales como dar choques eléctricos por la lengua, arrancarles las uñas o quemarles con cigarrillos. Hasta el punto que llevó varias veces a que algún alumno quemara la escuela en venganza. En estos casos, morían los otros alumnos que estaban dentro. También utilizaban a los alumnos para experimentación médica y otras o para esterilizarlos. Y, por encima de todo, destacan los abusos sexuales continuos que muchas veces llevaban al suicidio. Y hay que añadir que las niñas que quedaban embarazadas de algún cura eran generalmente asesinadas para que no hablaran; en otros casos se mataba al bebé en cuanto nacía. También hubo monjas embarazadas por los chicos de los que abusaban. Si parían, los bebés eran asesinados inmediatamente.

En 1948, el Parlamento canadiense, asombrado por algunas historias que le llegaban, recomendó cerrar las ‘residencial schools’. Pero en Quebec estas escuelas habían empezado tarde y no querían cerrar. Por lo tanto, continuaron abiertas hasta los años 70 cuando empezaron a cerrarse o a pasar a manos de las comunidades indígenas que las utilizaban de escuela normal. La última en cerrar fue en 1996.

En 2005 el gobierno federal ofreció 2 mil millones de dólares en pagos a las víctimas de las ‘residential schools’. También 125 millones para un programa de tratamiento por problemas psicológicos. Como se pueden imaginar, hay mucha gente indígena que sobrevivió a las ‘residential schools’, pero que quedó muy marcada.

Ahora, con el descubrimiento de las fosas comunes donde había habido dos de estas escuelas, mucha gente se ha horrorizado y todo el mundo habla de ‘shock’. A mí no me chocó, porque en cierto modo ya lo sabía. Me he pasado la vida leyendo sobre los indígenas de América del Norte y estoy bien enterada de cómo fue la colonización, no sólo por haberlo leído sino también gracias a las amistades que he tenido con gente de las primeras naciones, por tanto, no me podía chocar. Hace mucho que tengo información sobre las ‘residential schools’. Si me choca algo es que a mucha gente canadiense le venga de nuevas. Muchas personas pueden decir que vienen de otros lugares del mundo (en Canadá hay gente de todas partes), pero me parece que alguien les habría podido informar, ¿no? ¡Pero si incluso se han hecho documentales sobre el tema! Sin embargo, de los indígenas todo el mundo se olvida, o se quiere olvidar.

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NOAIN: EL IMPERIO CONTRAATACA

Parece broma, pero no lo es. Resulta grotesco, eso sí, pero es la sensación que despierta la intervención de Vox y de Jaime Ignacio del Burgo en el aniversario de la batalla de Noain. El imperio contraataca. Con la llegada de la fecha y unos tímidos actos que recuerdan la defensa de la independencia del reino frente a la tropa imperial, han salido los ñordos de la caverna a liarla. A vociferar. Vox, a provocar, a reventar el homenaje de Salinas de Galar. Y Jaime Ignacio del Burgo, a cantar alabanzas al emperador Carlos V de Alemania y I de España, a injuriar a los navarros defensores y justificar aquel imperio en el que no se ponía el sol ni descansaba la barbarie.

Se preveía una cierta actividad con motivo del 500 aniversario de la derrota de Noain, que significó la debacle militar de aquella Navarra independiente. En efecto, fue la última bocanada del reino como tal, en la medida en que la rebelión de 1521 recuperó el dominio navarro sobre todo el territorio, liberó el país aunque fuera por un mes, y recomenzó la tarea de institucionalizarse. Con el apoyo general y la voluntad de las gentes. Así, pues, la vuelta de la tropa española fue una nueva invasión sobre un Estado europeo libre, legítimo, sostenido por una población que se había levantado en armas para defenderse. Más tarde hubo otras luchas (Amaiur, Hondarribia, etc. Hasta el presente); pero ya no tendrían ese carácter estatal de legitimidad de un Estado libre.

Como digo, se veía venir esta conmemoración. Lo que no se esperaba es esta euforia imperial, esta contraofensiva española con un discurso arrogante. Pensar la historia a partir del derecho de conquista, de pernada, del más fuerte. En efecto, una cosa es reflexionar sobre el pasado e indagar en el origen de los conflictos. Una cosa es reivindicar el valor de la memoria, en la medida en que es patrimonio simbólico que construye la sociedad y la cohesiona. Le otorga una suerte de argamasa imaginaria; una ética de la solidaridad y los orígenes que se comparten. Y otra muy distinta levantar la bandera del duque de Alba y los tercios de Flandes, aquellos que todavía se invocan para asustar a los niños flamencos que no quieren acostarse.

Anacrónico, trasnochado, improcedente… algo está fuera de lugar al referirse a aquellos tiempos con una mirada como la que bizquea del Burgo. No sólo porque miente, porque tergiversa los hechos y los adorna con un sentido que hace tiempo quedó desenmascarado. Ya nadie sostiene que el “día 30 de junio -500 aniversario de la batalla de Noáin- diremos que aquel día fueron derrotados los franceses, no el “ejército real” de Navarra como se pretende” (sic). Sabido es que a Ignacio de Loiola, cuando defendía el cuartel español, le hirieron los propios habitantes de Pamplona, que se levantaron contra la ocupación como en tantos otros lugares. No había ‘franceses’ en el levantamiento de Iruñea, como en Lizarra, Cáseda, Zangotza… Pero es que admitir que fue la propia población la que liberó el territorio navarro deja a las claras la identidad de los combatientes.

Lo más ridículo, en todo caso, más allá de estas argumentaciones, es la posición de del Burgo, y se ve que está más cerca de los fachas de Vox, fuerza inexistente en Navarra (a excepción de los cuarteles), que de cualquier posición navarrista. En sus artículos este fulano interpreta (miente, justifica…) aquellos sucesos desde una defensa cerrada del imperio español. “Luz perpetua para el emperador Carlos”. “Maya (Amaiur) es un monumento a la reconstrucción falsaria de la historia de Navarra dirigida a provocar nuestro divorcio con la gran familia española”.

Del Burgo es un sujeto retrógrado, servil con el poderoso, con un pensamiento rupestre. “El emperador Carlos que, gracias a su firmeza y magnanimidad…” Cuando defiende, en el siglo XXI, las bondades del imperio, parece un satélite que se mueve con la mentalidad del lado oscuro de Anakin Skywalker, que va por la vida pública con una espada de rayos fosforescentes, que piensa a lo duque de Alba, en términos de autoridad, fuerza, gloria, oro que rapiñar y estrella de la muerte.

No merece la pena debatir con del Burgo. Miente siempre. Si fuera más sibilino lo meteríamos en la categoría del príncipe Fernando el falsario que Maquiavelo analizó con su arte. Pero con lo cavernario que resulta, apenas da para retratarse en la épica de la ‘Guerra de las Galaxias’, con la sonrisa perruna de Chewbacca y el perfil psicológico de Darth Vader (“soy tu padre”).

Angel Rekalde / Luis Mª Martinez Garate

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BLOG DE JAUME RENYER

Traduzco del catalán del blog de mi amigo Jaume Renyer un post de 2021/04/25 que me ha parecido de gran interés para entender la situación política en el Principado de Cataluña.

25 de abril de 2021

Anotaciones sobre la (no) conmemoración del 90 aniversario de ERC: ni unidad, ni unilateralidad, ni independencia

Hoy hace doce años que me di de baja de ERC, después de haber militado dieciocho, con un escrito que titulé “Abrir la puerta de la izquierda de la libertad“, que encuentro -por desgracia- vigente en lo sustancial, y que quiero completar y actualizar.

He observado que ni en los actos conmemorativos del 90º aniversario de la fundación de ERC, ni tampoco en las declaraciones de los actuales dirigentes, ha aparecido ni el objetivo de la independencia del país como prioritario del partido ni referencia alguna a los liderazgos precedentes (Barrera, Carod). Todo ello responde a un proceso de involución ideológica y estratégica para retrotraerlo a la etapa anterior a 1987, cuando comienza la transformación hacia la organización que tenía que aspirar a liderar y aglutinar el conjunto del movimiento independentista. Hoy, Esquerra busca integrar votantes federalistas o simplemente autonomistas, (Nuet, por ejemplo) por lo tanto, sin otra pretensión que llegar a ser una fuerza de centro dentro del orden estatal y autonómico, lejos de todo rupturismo ni conflicto para con el expolio fiscal, (España ya no nos roba), la dominación política (el PSOE puede ser un aliado), ni la minorización del catalán (bilingüismo para siempre), ni con los poderes socio-económicos (connivencia con la patronal y los sindicatos españolistas).

Coincido con el diagnóstico que hacer Francesc Abad en su blog ‘Días de furia’ el pasado 21 de marzo:

“La primera cosa que me ha llamado la atención es que ni una sola vez, en ninguno de los tuits, ni del partido, ni de los diferentes líderes, ni de militantes, han utilizado la palabra “independencia”. Nunca. Nadie. Raro, pensé. Pero lo segundo me resultaba más misterioso e inquietante: los mensajes de felicitación sólo hacían referencia al partido, como si no hubiera nada más. Como si estos 90 años pasados ​​fueran el fundamento de su legitimidad y la garantía de que cualquier cosa que hagan estará siempre bien hecha. Y, lo más importante, que no necesitan absolutamente a nadie más.

El tono tan ahistórico, en el sentido de presentar un partido que nace y llega a hoy habiendo sido siempre el partido de referencia y único me ha hecho pensar en lo extraño que sería que en una señalada celebración de cumpleaños de cualquiera de nosotros, con nuestros familiares y amigos, que quien cumple los años tome la palabra y no deje de felicitarse a sí mismo, que no hay nadie como él, que es el mejor, que está llamado a llegar muy lejos, etc. Y que no haga ni la más mínima referencia a sus padres, a sus hermanos, a su familia. Que se sitúe a sí mismo como lo único importante en su vida, y no haga referencia alguna ni a los amigos, ni a personas que le han podido ayudar, ni a personas con las que ha hecho cosas y/o espera seguirlas haciendo.

Un tono tan ahistórico también desde el punto de vista de presentarse como si siempre hubiera sido el mismo partido, el día de la fundación ahora, 90 años después, como si siempre hubiera sido igual a como es ahora. Y entonces he visto que la omisión de la palabra independencia, que no haya salido nunca, que nadie la haya citada, no era nada casual, y tenía muchas implicaciones”.

ERC se sitúa voluntariamente, pero sin atreverse a explicitarlo aún, fuera (y en contra) del independentismo: ni unidad, ni unilateralidad, ni independencia. Sólo un “trabajar duro” permanente sin norte ni cordura, como predican Puigcercós, Huguet y Codina. El partido (la herramienta) sustituye al objetivo (la independencia), adoptando un izquierdismo sectario como identidad sustitutoria de la catalanidad, la impostura intelectual contraponiendo “la Cataluña pura a la Cataluña libre” se ha convertido en la palabra de orden del nuevo discurso. El hecho de que consideren a los Comunes como sus aliados preferentes (a pesar de la nefasta gestión de Colau y el creciente españolismo que gastan) ya lo dice todo.

Mi amigo, compañero y maestro, Josep Lluís Carod-Rovira también acabó marchando unos años después del partido que había contribuido de manera determinante a relanzar ideológica y políticamente. Hoy, los que lo forzaron a partir campan en Esquerra reclamándose sus herederos pero tergiversando su mensaje hasta el punto de dar la vuelta al patriotismo catalán republicano fundacional hacia un progresismo abstracto, banal y contra identitario, que hace imposible reunir el independentismo catalán y liderarlo.

El triplete Puigcercós-Vendrell-Vall ha acabado imponiendo su modelo organizativo copiado del PSC (endogamia, cooptación, nepotismo) y una dialéctica interna sectaria que terminó desbancando a Carod-Rovira, y que ahora asume Junqueras extrapolándola al conjunto de la política catalana (liquidar a Puigdemont como objetivo). Hoy, esta Esquerra expresa una cultura política (si es que lo puede llegar a calificar así) partitocrática, desconectada de su pasado histórico y desvinculada del movimiento independentista, empeñada en deconstruir el proceso iniciado en 2010 para sustituirlo por un ‘pájaro en mano’ estéril en Madrid y en el Govern de la Generalitat. Para definir el momento presente, vuelvo a citar el apunte de Francesc Abad de hace diez días: “Nos lo estamos jugando absolutamente todo”, (refiriéndose a la independencia), el problema es que los actuales dirigentes de ERC tanto les da.

Post Scriptum, 1 de mayo de 2021.

El análisis de Odei A.-Etxearte, hoy en Vilaweb, desmenuza, el obstruccionismo de Esquerra y las ambigüidades de CUP y Òmnium a la hora de asumir que el CXR sea la dirección estratégica colegiada del independentismo: “¿’Quién para la reformulación del Consejo por la República’? El CXR emplaza a ERC a responder a la estrategia del “Preparémonos” para acoger el estado mayor y reconsiderar la estructura. La ANC y Òmnium abogan por un solo órgano de dirección colegiada del movimiento, que podría ser el Consejo si se modificara”.

Post Scriptum, 9 de mayo de 2021.

El artículo de Oriol Junqueras, de anteayer en El Periódico, “Reconstrucción republicana” (contraponiendo republicanismo en independentismo, como hacen también con el nacionalismo), es el punto culminante de la impostura, el sectarismo y la mediocridad que ha practicado ERC en los últimos años con unos efectos demoledores para el proceso independentista del que Esquerra se desdice tras tener “prisa” para hacer la independencia. Oriol Junqueras y su partido pasan a engrosar las filas del contra-independentismo, haciendo por muchos años, inviable la consecución de este objetivo. Todo dependerá, sin embargo, de la capacidad de resistencia y respuesta de Carles Puigdemont y los sectores que se reúnan a su alrededor para persistir, en tiempos de una represión más selectiva y punzante, en un conflicto que el poder español no detendrá hasta el exterminio de la nación catalana, como señala hoy Vicent Partal en Vilaweb “Cuando Junqueras pide que aguantemos esto veinte años más“.

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EUROPA: AGINTZEN DUENAK AGINTZEN DU

«Europako Batasuna sekulako espantukeria da»

Joan Ramon Resina

Pandemiak eragindako larrialdia bete-betean sartu da, harri baten antzera, harat-honat eramaten gintuen gure bizimoduaren barne makinerian. Harri horrek hondatu egin du sistema, eta, ondorioz, agerian utzi ditu haren ezkutuko mekanismo zenbait. Larritasuna eta izua sortu direlarik, ohartu gara nola jokatzen duten gobernuek, multinazionalek, hedabideek, korporazio handiek, kontinente mailako erakundeek eta abarrek. Larritasun eta izu horiek duten eraginari erreparatuz, konturatu gara gure burbuilan eguneroko agenda baldintzatzen duten argudioetako anitz faltsuak direla. Amarru hutsa. Iruzurra. Eta iruzur hori onartarazi digute xedetzat hartu beharko genituzkeen gauzetatik urrundu gaitezen.

Hala, erran ziguten nazio estatua galbidean zegoela, bereziki oraingo globalizazio prozesu azkar, masibo eta unibertsalen eraginez. Nazio estatuaren ereduak jada ez zuen balio; zaharkiturik zegoen.

Horregatik, kontatu ziguten estaturik gabeko nazioen arazoak —hobeki erranda, estatuek areriotzat dauzkaten nazioenak— konpondu eginen zirela Europako Batasunean sartzen zirenean. Arrazoibide horri zegokion premisa baten arabera, logikoki, zenbat eta Europa gehiago, orduan eta Espainia gutxiago izanen zen (baita Frantzia gutxiago ere, antza denez).

Baina ez goi mailan bakarrik. Zera ere erran ziguten, behe mailan, estatuaz azpiko erakundeen boterea handitu izanak —autonomiena, estaturik gabeko nazioena, eskualdeena, konurbazioena…— murriztu eta ahuldu egiten zituela nazio estatuen eskuduntzak eta eskumenak.

Sinetsarazi nahi izan digute subiranotasunaren kontu hori, azken batean, baso bat uretan sartzen den azukre koxkorraren parekoa zela; hau da, bizi-bizi urtzen ari zela prozesu horien guzien ondorioz. Estatuak jada ez ziren subiranotasunaren gordetzaile nagusiak.

Laburbilduz, hainbat urtez saldu digute estatua desagertzeko arriskuan zegoela, 1648an Westfalia sortuz geroztik Europan funtzionatu izan duen moduan bederen. Ederki dakigu argudio sail horren helburua gure erabakitzeko askatasunaren aldarrikapenak neutralizatzea zela. Hau da, zertarako nahi duzue estatu independente bat baldintza horietan?

Pandemiak eragindako krisiak, baina, erakusten du —argi erakutsi ere— hori falazia bat dela; hots, erraten zigutena, sinetsarazi edo saldu nahi zigutena, gezurra zela.

Europako Batasuna zalantzati ikusi dugu, ezgai, eta sinesgarritasunik, ekiteko gaitasunik eta helburu argirik gabe. Are, larrialdien eta ezbeharren erdian, mirabeen gisan makurtzen ikusi dugu enpresa handien, korporazioen eta zeresana zeukaten presio taldeen aitzinean.

Ikusi dugu Europako Batasuneko kide diren estatuen azerikeria ere; izan ere, estatu horiek izkin egiten diete jokoaren arauei; beren interesak begiratzen dituzte, eta, Joan Ramon Resinak dioen gisan, «Batasuneko legediaren lerro nagusiak urratzen dituzte». Polonia, Hungaria eta Espainia dira horren erakusgarri nabarmenak. Eta Europako Batasunak ez du bitartekorik herrialde horiei arauak bete ditzatela agintzeko, ezta jokabide komun bat ezartzeko ere. Horri dagokionez, paradigmatikoa izan da Europak bertze auzi esanguratsu bati, hots, Espainiak Kataluniako procés-aren aurka erakutsitako jarrerari emandako erantzuna. Agintzen duenak agintzen du.

Eskandalagarria izan da ikustea nolako mespretxuz eta matxismoz tratatu zuen Erdoganek Europako Batzordeko presidente Ursula von der Leyen; izan ere, Turkiako presidenteak badaki ez dela errepresaliarik izanen. Badaki Europak ez duela erantzuteko gaitasunik; ez da estatu bat; ez du nazioarteko politikarik, ez barne kohesiorik, ezta egiazko aginte ardatzik ere. Ez da gai zilegitasuna lortzeko edo Europako herritarrak mobilizatzeko ere. Hauxe dio Juan Ramon Resinak Europako Batasunaz La deslegitimación de la Unión Europea (Europako Batasunaren deslegitimazioa) artikuluan: «Ez dauzka eskura estatuek beren burua legitimatzeko darabiltzaten ohiko indarrak: nazionalismoa eta, zenbaitetan, erlijioa».

Europa ez da botere egituratzat hartzen ahal, interes eta negozio kluba baita. Bilerak egiten dituzte, negoziatzen ibiltzen dira, lagunak egiten dituzte helburu ez hagitz zuzenekin… Baina, oraindik ere, estatua da zinezko protagonista, hots, subiranotasunaren subjektua, eta hark dauka gauzak egin eta desegiteko ahalmena, baita etorkizun kolektibo bat eraiki eta defendatzekoa ere.

Estatuaz azpiko erakundeei dagokienez, lotsagarria izan da jakitea erakundeok erabakiguneetatik desagertu direla eta estatuek protagonismoa berreskuratu dutela inongo disimulu, kexa edo zalantza izpirik gabe, gainera. Espainiako Estatuak, adibidez, denak arrastoan sartu ditu, horretarako behar diren autoritatea eta eskumenak zituelako. Autonomien estatua adar jotze hutsa da.

Laburbilduz, Europak ez gaitu salbatuko. Ez dugu erreferentziatzat hartzen ahal, iruzurgilez osaturiko klub bat baizik ez baita; klub horretan, nork bere dadoekin jokatzen du, eta, jokoan parte hartu eta eserleku bat eduki ahal izateko, maila behar da. Hau da, nazio estatua izan behar duzu, betiko zentzuan: Alemania, Irlanda, Malta…

Euskal Herritarrok, nafarrok, ekimen politikoa berreskuratu behar dugu, jomuga argi batekin: estatu propioa lortzea. Eta hori lortutakoan sartuko gara kideen arteko jokoetan eta negozio klubetan. Komeni baldin bazaigu, betiere.

Angel Rekalde / Luis Mª Martinez Garate

(Erredakzioan itzulia)

BERRIA 2021/05/07

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